jueves, 25 de julio de 2024

Sofía (2ª parte: La misión)

 

Uno siempre espera comportarse de manera que produzca el bien o tratando de evitar un mal. Esa es mi forma de ser. Lo que no entiendo por qué me dejé llevar a sabiendas de que estaba haciendo algo que me perjudicaba. La razón irrazonable de dejarme convencer por Justiniano de que siguiera a Sofía en algunas de sus salidas de la manera más vulgar como espía doméstico, era algo apartado del sentido común del que un jubilado debe hacer gala. ¿Acepté por ayudar a un amigo, por el simple hecho de que mi vida era demasiado aburrida y buscaba darle un punto de emoción? Será que tengo menos sesos que un muñeco.

Había recibido un wsap de Justiniano pocos días después de encontrarnos en el Corte Inglés y contarme qué había sido de su vida. Me habló de Sofía, su actual esposa a la que le lleva veinte años. De su absoluto bienestar económico lo deduje por los signos externos y de cómo habló de pasada de sus negocios. Así que al menos cuento con un amigo rico, que yo sepa –pensé-. Él podía vivir tranquilo agradecido a su buena suerte, pero un desasosiego se movía en el fondo de sus pensamientos, me dejó entrever. Sofía no era el bálsamo para su proterva edad. “Amigo –me dijo cariacontecido-, tendría motivos para estar despreocupado, pero dedico mi tranquilidad a una intranquilidad propiciada por tener una mujer de bandera más joven y que por culpa de la funesta biología humana la estoy desatendiendo.”

Habíamos quedado en una cafetería frente a la Catedral de Málaga. Los naranjos con su flor de azahar exhalaban un perfume que invitaba a la seducción, al amor, a la expansión de los sentidos. La naturaleza estaba en plena ebullición fecundadora. Desde mi lugar solo tenía la vista en las mujeres que pasaban con sus piernas tornasoladas, mientras mi amigo se debatía en los celos que le sobrevolaban en círculo como buitres conocedores de su debilidad y esperando probar fortuna.

-Así que esto es lo que te propongo. Como tienes tiempo de sobra, el ejercicio que tengas que hacer lo haces siguiendo a Sofía. De lo único que me tienes que dar cuenta es de sus movimientos y decirme con quién habla y la manera de hablarle. Yo te mando un wsap para que te pongas en acción. Tú la esperas. Quedaremos aquí, que no es mal sitio, para darme cuenta de qué hace.

-Ni hablar –le dije firme- No cuentes conmigo. Contrata a un detective profesional si quieres espiarla. Además, de qué te sirve. ¿Puedo hablarte con total confianza? ¿Me prometes no enfadarte, te diga lo que te diga?

Y le solté el manido discurso que suele venir gratis en los tabloides para atraer la atención del lector e inundarle de publicidad. Estadísticas acerca de las infidelidades, el abanico de relaciones entre parejas entre las que podía elegir, cuando él quería optar por la más tradicional y en completa decadencia. Una relación basada en la confianza dejaba al albur de las vicisitudes lo que tuviese que llegar, pero nunca imaginando y provocando escenarios que destruirían su felicidad. Que el control era un producto de su inseguridad y no valorar lo que esa persona le estaba dando. Terminé mi exposición con: a la postre, ojos que no ven, corazón que no siente. Quise reírme, pero la expresión amargada de su rostro me lo impidió.

Al final hubo una rebaja en mi cometido de espía de pacotilla. Sólo tendría que apuntarme al gimnasio que ella iba. Era como un muestreo de campo. Si no había gato encerrado, podía correlacionarse con los demás ámbitos y exonerarla de fantasiosos descarríos. Acepté.

Estuvimos dando un paseo por alrededores de la catedral. Él me hablaba de una casa que se estaba construyendo en Marbella, piscina, jardines… Hacía como que le atendía, pero mi vista iba a la caza de aquellas extranjeras de muslos prietos como jamones de rifa de Navidad a los que daba la gana acariciar si uno tuviese la suerte de que le tocasen. ¡Un búnker! Esa palabra me hizo reparar, porque para qué quería un refugio. ¿Acaso esperaba que se produjera un desastre nuclear?

-Ya te contaré cuando quedemos para que me digas cómo te han ido las pesquisas. –soltó una risa y dudó un momento de la palabra a emplear para no provocar de nuevo mi rechazo- Tú diviértete. Tómatelo en plan aventurero y pasa de moralinas. Si quieres te pago un curso de detective y te quitas el prurito de ser un gafapasta.

Sin saber lo que me había querido llamar, nos despedimos quedando a la espera de recibir el mensaje que me pusiese en marcha. Mi conciencia andaba difusa entre lo que debía o no debía hacer.  Salí de divagaciones al fijarme en un cielo luminoso, pronto estaríamos en Semana Santa. A mi alrededor, se convocaba una manifiesta invitación a la concupiscencia, a distraerse de los sinsabores, a celebrar la vida produciendo más vida. Empecé a relativizar el asunto en el momento que mi vista se fue tras, como nunca lo había hecho, de las treintañeras sacándole ese punto de madurez que se vislumbra cuando se estaban apagando los últimos vestigios de la juventud.

 Acaso las sospechas de mi amigo en torno a su turgente esposa habían despertado mi libido y lascivia. Lo que me faltaba, con lo tranquila que llevaba mi jubilación.

(Continuará)

1 comentario:

  1. Dios mío en los líos q te metes..ahora en un gimnasio de tías buenas😜

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