domingo, 21 de julio de 2024

Sofía

 

            Lo malo de haberte casado con una mujer veinte años más joven es que cuando crees que te haría rejuvenecer, consigues sentirte cada vez más viejo.

         Esas fueron las palabras de mi amigo Justiniano, compañero del instituto en Archidona, dejó caer cuando nos encontramos después de tantos años en el Corte Inglés. Fue pura casualidad. Él estaba en la sección de perfumería. Acaba de pagar una cantidad muy respetable por una colonia. Ambos tenemos 63 años, a pesar de la metamorfosis en nuestro aspecto, logramos reconocernos y con la alegría de ver antiguos amigos y compañeros, después de evaluarnos uno al otro quién se conservaba mejor, con las correctas hipocresías de dejarlo en tablas con un te veo estupendamente y un yo a ti también, me invitó a la cafetería.

            Ya sentados, le conté a rasgos generales lo que había sido mi vida: el magisterio, la familia y cómo no, a qué dedicaba el tiempo de la jubilación. Cuando empezó a hablar de la suya hubo un salto cualitativo. Nadaba en dinero. Se había separado, y tenía dos hijos de la primera mujer. A su pareja de ahora, Sofía, le llevaba veinte años. Empecé a sentir cierto empequeñecimiento, como si sus palabras me estuviesen jibarizando. Puse el rictus que se suele utilizar en estos casos de condescendencia, de estar a la altura y no sentir las puñaladas de la envidia en el costado, hasta que soltó la frase con la que he comenzado: lo malo de haberte casado con una mujer más joven… Fue cuando respiré porque en el éxito también hay zonas de penumbra y frías umbrías.

         -La conocí en una reunión de negocios –continuó mientras miraba los posos del café como una pitoniso-. Era la amiga de la hija de un empresario. El caso es que me quedé prendado de ella. En un visto y no visto, me separé y mis dos hijos me retiraron la palabra. Mi ex me odia hasta la exacerbación y me desea todo lo peor.

         Estuvo un breve tiempo como ausente con el pensamiento en otro lugar, meditando. Su interior se había llenado de palabras que debía de vaciarme como a un confesor. Por mi parte, nunca había escuchado nada parecido. La órbita de seres en los que me muevo no dan tanto juego. Sus vidas son tan planas, comparándolas con las de mi antiguo compañero, como la mía. Quizá sea lo mejor después de lo que me siguió contando.

         -Para asegurarme hice separación de bienes. Si una mujer preciosa, joven, busca a un hombre maduro que siente dolores en las articulaciones por el simple hecho de bajarse del coche, lo lógico es asegurarse. Ella respondió que le daba igual. Que estaba enamorada. Mi propuesta fue generosa –y soltó una risas-: conseguiría una renta en caso de enviudar, la cual iría aumentando cada año que sobreviviera en matrimonio conmigo. Con esta propuesta que aceptó yo conseguía que le fuese rentable continuar a mi lado.

Para que viese que le seguía, a pesar de mi perplejidad, le dije que me parecía muy inteligente. Nunca he sido de los que desmerecen los ingenios prácticos que se montan algunos en esta vida para asegurarse la supervivencia.

-Mis hijos temerosos de perder su herencia me propusieron que me no me casase, que probase un tiempo. Los mandé a freír espárragos. Sofía tiene cuarenta y tres. Los hombres se la comen con los ojos, y yo qué puedo hacer. –entraba en un terreno de pesadumbre y sufrimiento- Me entran ganas de ir detrás de ella y decirle al baboso qué puñetas mira. Lo llevo mal. Si vamos a algún acto, es un imán para los varones que son los hijos jóvenes de mi círculo de amistades que rondan mi edad. Las esposas la miran con un odio cerril.

-Ella me quiere. Y me da muestras. Está todo en mi cabeza.  Me está costando llevar este matrimonio. No estoy a la altura, la diferencia de edad la noto día a día. Las pastillas para dar la talla las tengo prohibidas por eso de la tensión. Así que te puedes imaginar el numerito.

Miró el reloj. Le dio premura por contarme más, pero empezó a inquietarse. Le sugerí si tenía que marcharse que por mí no había problema. Que nos diésemos los números de teléfono y así estaríamos en contacto. Eso hicimos.

Ya de pie, me dijo:

-Hubo un tiempo con Sofía que todo iba bien, nunca muy bien, solo bien. Fui perdiendo la esperanza de alcanzar la gloria. Amigo, quemé mis naves. Ya solo me quedaba seguir adelante: Sofía y los negocios. A veces me siento que estoy embarcado en un trasatlántico, que soy el único pasajero, sin tripulación, a la deriva…

Antes de que siguiese por ese derrotero que seguro que acabaría en naufragio, para quitarle dramatismo le insinué que al menos el barco iba repleto de provisiones e imagino de comodidades.

Nos despedimos con la descreída ilusión de que seguiríamos en contacto. 

Mi sorpresa fue que a los pocos días recibí un mensaje suyo para quedar de nuevo.

(Continuará)

7 comentarios:

  1. No noto ya diferencias entre este blog y una buena novela comprada en el mismo Corte Inglés que mencionas...Enhorabuena!

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    1. Esto es tener amigos o amigas. Ánimo que no me falte. Saludos.

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  2. Oju con Justiniano, más enamorao que Ramio. Haga lo que haga sera un miura.

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  3. Estaremos a la espera de los acontecimientos. La cosa promete.

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  4. Yo cómo asesor de nutrición celular, le recomiendo a Justiniano buena nutrición para descumplir años 👌😆
    Si buscan su equilibrio, seguro que serán muy felices..
    Gran relato !!

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