sábado, 16 de diciembre de 2023

Algo que me llama. (Segunda parte de "Mi pueblo")

 

        En aquel momento, mi padre se tomaba una yema con coñac que le preparaba mi madre para que tuviera fuerzas. Mientras, yo me tomaba el desayuno mirando por la ventana de la cocina los montes de Sierra Arcas. A los que aún le faltaban más de treinta años para tener aerogeneradores.

         Dos casas más abajo, en aquel momento, el tendero de la casa que hacía esquina, comprobaba que le faltaba harina y moyuelo. A escasos veinte metros, el panadero se acercaba con su furgoneta Renault 4 con las banastas de pan y cajas de bollos de azúcar.

         En aquel momento, en otra casa de la misma calle, en la cuadra aneja, el hombre y padre de cinco hijos, cinchaba la mula aparejándola para salir, como todos los días, salvo los días festivos, a su huerta en las afueras del pueblo. En la capacha llevaba el almuerzo y una cerveza el Alcázar. Del agua se servía del nacimiento que llenaba una alberca.

         Tres horas más tarde, el alcalde, en la alcaldía, atendería a un padre de familia y vecino, que le solicitaría una vivienda para su incontable prole. El alcalde le prometería que mandaría al Maestro de la Villa para que le acotara una parcela en unos terrenos baldíos del Ayuntamiento donde se podría construir su casa respetando los linderos que se le marcase. El hombre agradecido le regalaría un pollo. El alcalde llamaría al jefe de los municipales para que se lo llevase a su casa.

         Aquella misma mañana, mientras el alcalde despacharía otros asuntos. un grupo de jornaleros, tenían previsto reunirse con el cura del pueblo para organizar una cooperativa. Sería la primera de tantas que acabarían con el paro y pocos ingresos de muchas familias. El cooperativismo era una forma para que los trabajadores se hiciesen con los medios de producción y manejar ellos los ingresos de la fuerza del trabajo. Pocos años más tarde, no quedaría nada de las cooperativas que con tanta ilusión se crearon. Desaparecieron por la fuerza del capitalismo, decían algunos. Otros, mal pensados, opinaban que la causa fue que todos querían mandar. “Porque mandar nos gusta a todos”, aseveraban.

         Regresemos a las horas previas de aquella mañana. A mi padre, cuando disponíamos a subirnos en el 127, aparcado en una cochera, se daba cuenta de que había olvidado las llaves del coche. Él se lo tomó de buen humor gracias a la energía extra de la yema de huevo con coñac.

En aquel momento, uno de los autobuses que hacía la ruta por las pedanías recogiendo alumnado para llevarlo al colegio, permanecía averiado en el garaje, a veinte de kilómetros, y no había modo de sustituirlo. Niños y niñas esperaban inquietos en los caminos. Su ausencia la notamos en el comedor escolar. La jefa de las cocineras nos forzaba a repetir el segundo plato. Huevos con salchichas y tomate frito.

En aquel momento, todavía faltaba una hora, después de habernos marchado para el colegio, para que mi abuela entrara por la casa y colaborar en las faenas. Dos horas para que un chacho, tío de mi madre, se llegase. Cuatro horas para que “el tío de los huevos” dejara un cartón de huevos. Y ocho horas para que mi padre y yo regresáramos del colegio.

 

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