En aquel momento, mi padre se tomaba una
yema con coñac que le preparaba mi madre para que tuviera fuerzas. Mientras, yo
me tomaba el desayuno mirando por la ventana de la cocina los montes de Sierra
Arcas. A los que aún le faltaban más de treinta años para tener
aerogeneradores.
Dos
casas más abajo, en aquel momento, el tendero de la casa que hacía esquina,
comprobaba que le faltaba harina y moyuelo. A escasos veinte metros, el panadero
se acercaba con su furgoneta Renault 4 con las banastas de pan y cajas de
bollos de azúcar.
En
aquel momento, en otra casa de la misma calle, en la cuadra aneja, el hombre y
padre de cinco hijos, cinchaba la mula aparejándola para salir, como todos los
días, salvo los días festivos, a su huerta en las afueras del pueblo. En la capacha
llevaba el almuerzo y una cerveza el Alcázar. Del agua se servía del nacimiento
que llenaba una alberca.
Tres
horas más tarde, el alcalde, en la alcaldía, atendería a un padre de familia y
vecino, que le solicitaría una vivienda para su incontable prole. El alcalde le
prometería que mandaría al Maestro de la Villa para que le acotara una parcela
en unos terrenos baldíos del Ayuntamiento donde se podría construir su casa
respetando los linderos que se le marcase. El hombre agradecido le regalaría un
pollo. El alcalde llamaría al jefe de los municipales para que se lo llevase a
su casa.
Aquella
misma mañana, mientras el alcalde despacharía otros asuntos. un grupo de
jornaleros, tenían previsto reunirse con el cura del pueblo para organizar una
cooperativa. Sería la primera de tantas que acabarían con el paro y pocos
ingresos de muchas familias. El cooperativismo era una forma para que los
trabajadores se hiciesen con los medios de producción y manejar ellos los
ingresos de la fuerza del trabajo. Pocos años más tarde, no quedaría nada de
las cooperativas que con tanta ilusión se crearon. Desaparecieron por la fuerza
del capitalismo, decían algunos. Otros, mal pensados, opinaban que la causa fue
que todos querían mandar. “Porque mandar nos gusta a todos”, aseveraban.
Regresemos
a las horas previas de aquella mañana. A mi padre, cuando disponíamos a
subirnos en el 127, aparcado en una cochera, se daba cuenta de que había olvidado
las llaves del coche. Él se lo tomó de buen humor gracias a la energía extra de
la yema de huevo con coñac.
En aquel momento, uno de
los autobuses que hacía la ruta por las pedanías recogiendo alumnado para
llevarlo al colegio, permanecía averiado en el garaje, a veinte de kilómetros,
y no había modo de sustituirlo. Niños y niñas esperaban inquietos en los caminos.
Su ausencia la notamos en el comedor escolar. La jefa de las cocineras nos
forzaba a repetir el segundo plato. Huevos con salchichas y tomate frito.
En aquel momento,
todavía faltaba una hora, después de habernos marchado para el colegio, para
que mi abuela entrara por la casa y colaborar en las faenas. Dos horas para que
un chacho, tío de mi madre, se llegase. Cuatro horas para que “el tío de los
huevos” dejara un cartón de huevos. Y ocho horas para que mi padre y yo
regresáramos del colegio.
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