En aquella época fue
cuando la gente comenzó a ir acelerada. Y como todo comienzo, empezó
adueñándose de una parte del día.
Así, mi padre se
apresuraba por llegar al colegio antes que nadie. Yo debía apresurarme para que
no me esperase. En la calle iba la gente apresurada a sus quehaceres.
Por poner ejemplos, el
director de la Caja de Ahorros se apresuraba y cuando llegaba, su misión era
comprobar que los empleados iban y venían apresurados. El encargado del taller
de reparaciones de automóviles abría el portón para que sus empleados se
apresuraran en comenzar a trabajar. El médico iba al dispensario para recetarle
a los apresurados enfermos, entre otras cosas, que dejasen de fumar y beber
para poder seguir con sus apresuradas vidas…
La vida en el pueblo se modernizaba y corría en pos del futuro,
acelerada. Los cambios eran rápidos y los habitantes tenían que ir con los
tiempos. La calma se fue desvaneciendo como la niebla. Daba paso a una época de
nervio y empuje. Los archidoneses se transformaban por la mañana en seres
vitalistas y briosos.
Mi
padre, con la presión de los tiempos, cuando le fallaban las energías en el
colegio, buscaba el empuje tomándose un café a media mañana. El efecto que le
producía no era el que buscaba. La cafeína lo alteraba. Iba de un lado a otro,
abriendo y cerrando cajones, moviendo papeles… Se disponía a poner algo al día,
y sin darse cuenta saltaba a otro asunto que le absorbía unos instantes para
dejarlo y pasar a otro. Y así transcurría la mañana. Acelerado, activo,
enérgico. Pero nada resolutivo. Sabía que era el efecto del café aquella
inquietud que lo dejaba exhausto. Pensaba que lo mejor era no tomarlo.
“La
imagen que daba a los demás - me contó-, era la de un hombre muy ocupado. Pero
mi mente discurría de un tema a otro como un torbellino. Si llegaba un maestro
y me hablaba de algún asunto importante, le atendía y quedaba que lo
arreglaría. Al poco rato ya no me acordaba de qué era lo que tenía que hacer. Entonces
me ponía a buscar algo… Abandonaba porque tampoco sabía qué estaba buscando.”
Y
como si sonase una campana, a una señal imperceptible, todos nos
desacelerábamos. Una legión de hombres, terminada la jornada de la mañana, se
iban derechos a las tabernas y bares. De allí a sus casas. Las mujeres
desaparecían de las calles esperándolos. Ir y volver. La tarde invitaba a estar
más calmado. El director de la Caja de Ahorros podía reposar los pies en alto,
dormitar con la televisión encendida. El jefe de taller se dedicaba a poner las
facturas al día. Pedía que no le molestaran. El médico atendía por lo privado
en su casa a los pacientes de manera más calmada…
A mi padre se le había
pasado el efecto de la cafeína.
Caía la noche y la
modorra invadía las calles. ¿Dónde estaba aquella pulsión por comerse el mundo?
Las tabernas y los bares volvían a cobrar la inquietud. Pero ahora había menos
fogosidad. Muchos ya no aguantaban más el día y optaban por irse a casa. A los
niños el tiempo después del colegio era un visto y no visto. Quedaba poco para
irte a la cama. Apenas quedaba nada para otro nuevo día y comenzar a
apresurarte.
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