miércoles, 20 de diciembre de 2023

Algo que me llama (Tercera parte de "Mi pueblo")

 

En aquella época fue cuando la gente comenzó a ir acelerada. Y como todo comienzo, empezó adueñándose de una parte del día.

Así, mi padre se apresuraba por llegar al colegio antes que nadie. Yo debía apresurarme para que no me esperase. En la calle iba la gente apresurada a sus quehaceres.

Por poner ejemplos, el director de la Caja de Ahorros se apresuraba y cuando llegaba, su misión era comprobar que los empleados iban y venían apresurados. El encargado del taller de reparaciones de automóviles abría el portón para que sus empleados se apresuraran en comenzar a trabajar. El médico iba al dispensario para recetarle a los apresurados enfermos, entre otras cosas, que dejasen de fumar y beber para poder seguir con sus apresuradas vidas…

           La vida en el pueblo se modernizaba y corría en pos del futuro, acelerada. Los cambios eran rápidos y los habitantes tenían que ir con los tiempos. La calma se fue desvaneciendo como la niebla. Daba paso a una época de nervio y empuje. Los archidoneses se transformaban por la mañana en seres vitalistas y briosos.

         Mi padre, con la presión de los tiempos, cuando le fallaban las energías en el colegio, buscaba el empuje tomándose un café a media mañana. El efecto que le producía no era el que buscaba. La cafeína lo alteraba. Iba de un lado a otro, abriendo y cerrando cajones, moviendo papeles… Se disponía a poner algo al día, y sin darse cuenta saltaba a otro asunto que le absorbía unos instantes para dejarlo y pasar a otro. Y así transcurría la mañana. Acelerado, activo, enérgico. Pero nada resolutivo. Sabía que era el efecto del café aquella inquietud que lo dejaba exhausto. Pensaba que lo mejor era no tomarlo.

         “La imagen que daba a los demás - me contó-, era la de un hombre muy ocupado. Pero mi mente discurría de un tema a otro como un torbellino. Si llegaba un maestro y me hablaba de algún asunto importante, le atendía y quedaba que lo arreglaría. Al poco rato ya no me acordaba de qué era lo que tenía que hacer. Entonces me ponía a buscar algo… Abandonaba porque tampoco sabía qué estaba buscando.”  

         Y como si sonase una campana, a una señal imperceptible, todos nos desacelerábamos. Una legión de hombres, terminada la jornada de la mañana, se iban derechos a las tabernas y bares. De allí a sus casas. Las mujeres desaparecían de las calles esperándolos. Ir y volver. La tarde invitaba a estar más calmado. El director de la Caja de Ahorros podía reposar los pies en alto, dormitar con la televisión encendida. El jefe de taller se dedicaba a poner las facturas al día. Pedía que no le molestaran. El médico atendía por lo privado en su casa a los pacientes de manera más calmada…

A mi padre se le había pasado el efecto de la cafeína.

Caía la noche y la modorra invadía las calles. ¿Dónde estaba aquella pulsión por comerse el mundo? Las tabernas y los bares volvían a cobrar la inquietud. Pero ahora había menos fogosidad. Muchos ya no aguantaban más el día y optaban por irse a casa. A los niños el tiempo después del colegio era un visto y no visto. Quedaba poco para irte a la cama. Apenas quedaba nada para otro nuevo día y comenzar a apresurarte.

        

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