Soltando las amarras de las nostalgias,
dejándome llevar por las evocaciones y la de una querencia afectiva que tiene
la memoria, era una época en la que el rango social estaba dictaminado entre
tener coche o no tenerlo. Mis padres no tenían, mis amigos tampoco. Sólo había
dos coches en la familia, un Seat 850 y un Simca 900. Un paseo en coche era la
máxima aspiración de mi infancia desmotorizada. En el primero no me subí nunca,
en el segundo sí, cuando los veranos mis tíos venían de Barcelona e íbamos a la
venta “El Puente” a bañarnos en la piscina de aguas primigenias. Subirte y pasear
en un radio de diez kilómetros, apretado con más niños, primos o conocidos, era
por lo que estabas dispuesto a dar tu vida.
Como éramos tantos niños
y niñas, cuando se disponía a ocupar las plazas siempre se sacrificaban unos cuantos.
Los adultos no tenían remilgo; en el coche cabían tantos, y el que se quedara
en tierra, allá él. La idea de consolación estaba ausente en estos casos.
Rezabas por estar entre
los elegidos. Veías como los demás, acomodados entre empujones en el asiento
trasero, ni siquiera se compadecían de ti en caso de quedarte en tierra. Te
quedabas solo, acompañado de unos mocosos de menor edad que la tuya. Entre los
que casi siempre había una niña que se sabía descartada de antemano. Por
supuesto, pensabas, ellos sí debían de quedarse fuera, ¿pero tú, por qué? Al
abandonarte un odio al mundo se exacerbaba en el interior de tu cuerpo. Cuando
te elegían, te mostrabas igual de frío con los descartados. Tampoco sabías lo
que significaba ser egoísta.
Era una época sin apenas
coches. Las calles estaban tomadas por miríadas de gente y niños. Existía una
pugna gregaria entre los barrios o zonas del pueblo. La mía colindaba con la plaza
de las Pescarías, la medianía de la calle Salazar hasta el convento de Santo
Domingo y la calleja que iba a la parte baja del pueblo y finalizaba en la carretera
nacional. En cada una comandaba una patrulla de muchachos de afinidades e
intenciones tan aviesas como las nuestras. Con todas nos llevábamos a muerte.
En cualquier momento te veías asaltado por una pandilla que te apedreaba o
perseguía. Los mayores no se metían en nuestros asuntos. Te adentrabas si ibas acompañado.
Solo no te atrevías porque te exponías a que tuvieras que salir huyendo
buscando amparo. Tramábamos razias de venganza. Asaltándolos por sorpresa. Las
batallas se terminaban pronto, porque enseguida algún vecino decía que iba a
llamar a los “municipales”. Entonces nos disolvíamos. Vivía con el temor de que
tu padre se enterara.
En mi “territorio” no
todos los niños eran unos callejeros irredentos. Los había a los que sus padres
los tenían más “sujetos”. Estudiosos y labrándose desde la infancia un
porvenir. Ayudaban en las labores familiares. Mis padres los ponían de ejemplo.
Yo aspiraba a la libertad que daba el callejeo, sin estar sujeto a horarios, con
mis primos y amigos, labrándome otro tipo de futuro. Urdiendo aventuras que la
mayoría de las veces terminaban en un despropósito. Por suerte, nunca estuve en
las más notables. Esas que terminaron con algún primo mío en el juzgado.
Especial inquina se les
tenía a los niños de la calle céntrica del pueblo. Estaban etiquetados de “señoritos”
porque eran hijos de “señoritos” ya que sus familias eran, en la realidad o de
apariencia, más pudientes. Sólo por aquella distinción merecían se castigados. Era
un odio de clase. Iban al colegio más distinguido, “Jeromín”. El resto nos repartíamos
por los colegios del “Molino Juan” y el mío, del que mi padre era director, “San
Sebastián”, que recogía a todo el alumnado de las pedanías y cortijos de
Archidona. En boca de un maestro de la época el alumnado se repartía del siguiente
modo y orden: lo mejor a “Jeromín”, la chusma al “Molino Juan” y los cortijeros
en el mío.
Me encanta
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