domingo, 3 de diciembre de 2023

Crónicas de los 70

 

        Soltando las amarras de las nostalgias, dejándome llevar por las evocaciones y la de una querencia afectiva que tiene la memoria, era una época en la que el rango social estaba dictaminado entre tener coche o no tenerlo. Mis padres no tenían, mis amigos tampoco. Sólo había dos coches en la familia, un Seat 850 y un Simca 900. Un paseo en coche era la máxima aspiración de mi infancia desmotorizada. En el primero no me subí nunca, en el segundo sí, cuando los veranos mis tíos venían de Barcelona e íbamos a la venta “El Puente” a bañarnos en la piscina de aguas primigenias. Subirte y pasear en un radio de diez kilómetros, apretado con más niños, primos o conocidos, era por lo que estabas dispuesto a dar tu vida.

Como éramos tantos niños y niñas, cuando se disponía a ocupar las plazas siempre se sacrificaban unos cuantos. Los adultos no tenían remilgo; en el coche cabían tantos, y el que se quedara en tierra, allá él. La idea de consolación estaba ausente en estos casos.

Rezabas por estar entre los elegidos. Veías como los demás, acomodados entre empujones en el asiento trasero, ni siquiera se compadecían de ti en caso de quedarte en tierra. Te quedabas solo, acompañado de unos mocosos de menor edad que la tuya. Entre los que casi siempre había una niña que se sabía descartada de antemano. Por supuesto, pensabas, ellos sí debían de quedarse fuera, ¿pero tú, por qué? Al abandonarte un odio al mundo se exacerbaba en el interior de tu cuerpo. Cuando te elegían, te mostrabas igual de frío con los descartados. Tampoco sabías lo que significaba ser egoísta.

Era una época sin apenas coches. Las calles estaban tomadas por miríadas de gente y niños. Existía una pugna gregaria entre los barrios o zonas del pueblo. La mía colindaba con la plaza de las Pescarías, la medianía de la calle Salazar hasta el convento de Santo Domingo y la calleja que iba a la parte baja del pueblo y finalizaba en la carretera nacional. En cada una comandaba una patrulla de muchachos de afinidades e intenciones tan aviesas como las nuestras. Con todas nos llevábamos a muerte. En cualquier momento te veías asaltado por una pandilla que te apedreaba o perseguía. Los mayores no se metían en nuestros asuntos. Te adentrabas si ibas acompañado. Solo no te atrevías porque te exponías a que tuvieras que salir huyendo buscando amparo. Tramábamos razias de venganza. Asaltándolos por sorpresa. Las batallas se terminaban pronto, porque enseguida algún vecino decía que iba a llamar a los “municipales”. Entonces nos disolvíamos. Vivía con el temor de que tu padre se enterara.

En mi “territorio” no todos los niños eran unos callejeros irredentos. Los había a los que sus padres los tenían más “sujetos”. Estudiosos y labrándose desde la infancia un porvenir. Ayudaban en las labores familiares. Mis padres los ponían de ejemplo. Yo aspiraba a la libertad que daba el callejeo, sin estar sujeto a horarios, con mis primos y amigos, labrándome otro tipo de futuro. Urdiendo aventuras que la mayoría de las veces terminaban en un despropósito. Por suerte, nunca estuve en las más notables. Esas que terminaron con algún primo mío en el juzgado.  

Especial inquina se les tenía a los niños de la calle céntrica del pueblo. Estaban etiquetados de “señoritos” porque eran hijos de “señoritos” ya que sus familias eran, en la realidad o de apariencia, más pudientes. Sólo por aquella distinción merecían se castigados. Era un odio de clase. Iban al colegio más distinguido, “Jeromín”. El resto nos repartíamos por los colegios del “Molino Juan” y el mío, del que mi padre era director, “San Sebastián”, que recogía a todo el alumnado de las pedanías y cortijos de Archidona. En boca de un maestro de la época el alumnado se repartía del siguiente modo y orden: lo mejor a “Jeromín”, la chusma al “Molino Juan” y los cortijeros en el mío.

        

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