domingo, 10 de diciembre de 2023

Mi pueblo "Algo que me llama" (Iª Parte)

 

Tres de cada cinco casas están deshabitadas. De esas tres, una está a un paso de ser una ruina convertida en un palomar. Ves entrar y salir a las aves dueñas por una ventana sin cristales. De cada tres palomares, tres están en viviendas ruinosas.

De cada diez casas con moradores, ocho son de pensionistas. Las hay en las que viven parejas ya sin hijos o con algún hijo que la vida lo ha devuelto al seno familiar. Separado. Sin vivienda, al calor de la pensión, lo ves por la calle con las manos en los bolsillos. Va a echar una bonoloto. El premio es un montón de miles de euros.

Estos hogares tienen un zaguán alicatado de entrada. De cada diez, ocho, la puerta es una cancela metálica con cristales monolíticos y mates que dejan pasar la luz y el frío. Un timbre pulsador que suena justo encima de la puerta. Una anciana que te abre y te deja pasar. Todas tiene un recibidor donde puedes dejar el abrigo o el paraguas. El abrigo es mejor que no te lo quites hasta que llegues a la salita de estar. La más pequeña de la casa.

En el pueblo todas las casas tienen mesa camilla con un foco de calor cubierto con las enaguas de invierno. Un tapete de ganchillo. Ahora ya te puedes desprender del abrigo o cazadora y echarte las enaguas.

Una de cada cinco casas, la puerta de la salita no se puede cerrar bien. Una baldosa lo impide. Si quieres encajarla debes levantarla un poco, aunque es mejor siempre dejarla con una abertura por eso de la ventilación.

Las fotos de los hijos de la primera comunión en grandes marcos como si fuesen santos. La foto de la boda del hijo que ha vuelto separado ya no está. En su lugar está la imagen de la patrona, la Virgen de Gracia.

En una de cada tres falta un miembro de la pareja. Casi siempre es el hombre. La viuda es una mujer religiosa, aunque vaya a misa sólo cuando es de algún difunto. Le gusta hacer la compra y charlar con otras vecinas. Sus faenas más trascendentes es hacer la comida y ocuparse del hijo que ha regresado sin pena ni gloria después de veinte años de casado.

Las escaleras son tortuosas, así que se ha dispuesto de un dormitorio en una salita interior, aneja, estrecha igual que una celda de clausura, con una pequeña ventanita a ras del techo, como si fuese la entrada a una colmena. Apenas tiene sitio para moverse, pero evita subir las tortuosas escaleras.

Arriba quedan los dormitorios. Vacíos, con sus camas vestidas. Otra de las labores es repasarlos. Tenerlos al día. La última vez que se usaron la casa rebosaba de vida. Han transcurrido veinte años. El dormitorio desordenado es el del separado. A él no le gustan que le toquen “sus cosas”.

La cama de matrimonio, el armario ropero, la cómoda y dos mesitas de noche. El armario conserva la ropa del difunto. El traje que llevó de novia está bien empaquetado con unas bolas de naftalina. El de él, lo estuvo utilizando hasta que se le quedó estrecho. -Esto tiene la vida de casado-, decía cada vez que quiso ponérselo y tenía que desistir. Lo vistió para la boda de un primo y se pasó todo el tiempo incómodo con el botón de la cintura del pantalón desabrochado. Cuando se animó a bailar sudó porque estuvo en un tris que el botón saltara por los aires. –Esto tiene la vida de casado-, es una frase que colaba desde entonces en sus conversaciones.

En cada calle hay, al menos, un perro por cada tres personas. Un gato por cada dos. Diez palomas por cada una. El pueblo se ha convertido en un gran palomar. De los balcones de los grandes edificios, debajo de las ménsulas, los aviones comunes, de la familia de los vencejos, todas las primaveras hacen sus nidos. Algunos lo intentan en los aleros de las casas. Sólo prosperan en las que no haya una dueña que mande encalar la fachada aprovechando el verano.

Apenas hay un centenar de árboles en el casco urbano. No cabe división posible entre habitantes. Quien quiera árboles que pasee por las afueras. Por la sierra o la ribera del río. Pero sí hay fuentes. Fuentes sin agua potable. Decorativas. Crees que continúan para que a ti te evoquen la nostalgia de lo que fueron cuando el ganado abrevaba y los niños jugábamos en ellas.


  (A mi sobrino Antonio, amante incansable de Archidona)

2 comentarios:

  1. El INE te ha contratado!!
    Es una pena la decadencia de los pueblos... Y en Málaga no cabe ni un alfiler!

    ResponderEliminar