Me he escapado. Soy el
espíritu de José Manuel y ando por el mundo libre y suelto.
Todo empezó cuando por
curiosidad compré un libro para realizar viajes astrales. Consiste en que
logras dejar a tu cuerpo y tu espíritu, con todos los sentidos en
funcionamiento, puede vagar por ahí. Eso es cuando has conseguido el nivel más
alto. Al principio te tienes que conformar con elevarte y verte a ti mismo
desde cerca.
Le vi grandes ventajas
al viaje astral. Las primeras sesiones dieron pocos resultados. Me tumbaba en
el sofá, aprovechando que estaba solo. Tenía que visualizarme de pie,
observándome, desdoblarme. Mi cuerpo quieto e inmóvil y un gemelo tuyo
inmaterial, tú, separado. Es un ejercicio duro. A la mente no se le engaña tan
fácil. El caso es que lo conseguí en varias sesiones. Me concentraba y era como
si dejase un muñeco orgánico que respiraba, dormido. Un día probé a alejarme
más y no me dio resultado. Era como si el espíritu no se quisiera separar mucho
del cuerpo. Como si temiese algo.
Conocía lo de la
transmigración de las almas. Este no era el caso, porque yo seguía con vida.
Además, mi salida del cuerpo era uniforme, sentía y no padecía. Acaso algo ha
motivado más a la humanidad que evitar el sufrimiento y el dolor. Yo seguía
siendo yo, pero dejando el cuerpo a un lado, sintiéndome una unidad, pero con
la gracia de no tener masa: un ave que vuela sobre el oleaje del mar. Me miraba
desde corta distancia como el que mira una reproducción exacta de él: veía un
maniquí vivo.
Regresaba del trabajo y
enseguida buscaba la ocasión para tumbarme. Concentrándome, salía de mí. Abandonaba
aquella arca con su aparataje circulatorio, digestivo, respiratorio… sin
olvidar el que tanto me estaba fastidiando: el aparato urinario con su ardores
y molestias secuelas de una operación. Me liberaba de las dolencias, sin la
piel rellena de vísceras, me sentía ágil y fuerte: etéreo. En aquella carcasa
inmóvil se quedaban atrapadas todas las sensaciones incómodas, los malestares y
angustias. Nada tiene que le fuera cogiendo gusto a estar más fuera que dentro.
El autor del libro
advertía de ciertas precauciones. La principal es que se hiciera siempre con un
ánimo de conseguir una relajación placentera; comprender las múltiples dimensiones
que tenemos los humanos: desconocidas porque la ciencia empírica no puede
demostrarlas tachándolas de psicoterapias fraudulentas. “El viaje astral por
condicionamiento cultural lo rechazamos. Las capacidades de nuestro cerebro
sólo las conocemos un porcentaje ridículo para lo que llegaríamos a descubrir
de tener la mente más abierta”, argumentaba. También como toda actividad que
requiere una energía extraordinaria tenía algunos peligros que venía por
desconocimiento de hasta dónde llegaba su potencial al abrirse una puerta a un
ámbito poco conocido de nuestra relación espacio-temporal con el mundo. Hasta
dónde se podía llegar con el viaje astral: era una incógnita. El consejo, hasta
que el autor no tuviese más certidumbres, atenernos a lo principal: relajarnos
y conocernos mejor explorando otra dimensión de la que nuestra mente es capaz.
Poco a poco fui tomando
más seguridad. Hasta que un día, olvidado del cuerpo, estaba yo en mi deambular
por la casa, mirando aquí y allá, cuando abrieron la puerta de entrada. Salí al
rellano. Qué podía ocurrir. Dejaba mi cuerpo en un lugar seguro, cuidado por mi
esposa. Procuraría no tardar. He de decir, aunque no soy materia, me es
imposible cruzar las paredes. Que en ese aspecto me comporto como algo físico.
Tengo que entrar y salir por donde lo hace todo el mundo. Bajé las escaleras.
Esperé en el portal a que alguien entrara. Salí a la calle. Veía a la gente,
los escuchaba acercándome sin que ellos se percatasen. -Esto es lo más
increíble que te puede pasar-, pensaba. Un taxi paró, dejando la puerta abierta.
Era ingobernable. Mi espíritu iba a su libre albedrío. Entré en el taxi. Desde
entonces no he dejado de ir de un lado a otro.
Desconozco qué le ha
podido ocurrir a al cuerpo que dejé allí esperando el regreso de su espíritu.
Que bonito escribes❤️❤️
ResponderEliminarMuchas gracias.
EliminarTodo es posible, hasta eso. Más extraño que la propia existencia no hay nada, por lo que toda fantasía y creencia está justificada, algo intrínseco a nuestra especie, por algo somos sapiens sapiens.
ResponderEliminarMuy sabías tus palabras.
EliminarSon experiencias de una inmensa riqueza espiritual. Se puede llegar a un nirvana liberador y conseguir el dominio del karma y el conocimiento de los mundos y los espacios.
EliminarTienen estas experiencias el problema de los controles de alcoholemia.
Jajaja. Lo mejor de la vida: el humor.
ResponderEliminarHoy, mientras desayunaba, hasta me he tenido que volver a calentar mi café pues se me va el santo al cielo leyendo tus relatos; yo no podría realizar todo esto que cuentas pues cuando me relajaba un poco en serio, temía que alguien me asustara o tocara de alguna manera; como dices, es muy difícil verse a sí mismo🙆🏼♀️
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