Viaje portugués. Primera parte.
Uno
es viajero o turista, es la pregunta. Viaja como turista, pero en el fondo lo
que le gustaría ser viajero, ir por las carreteras secundarias, tomar por
caminos que no sabe dónde le van a llevar, pararse en las ventas, charlar en
las tabernas de los pueblos con los aldeanos… Sí, así sería, si uno aún viviera
en los años ochenta, cuando la vida se preparaba para cerrar el ciclo de
nuestros padres y abuelos del que apenas queda rastro.
La
primera etapa del viaje es Salamanca. Va a ser la entrada a Portugal por la que
el viajero piensa adentrarse en una de las zonas más pintorescas –de haber sido
en los años ochenta, habría ido a buscar lo singular del subdesarrollo en la
región de Trás os Montes- El viajero hará todo el trayecto desde Málaga de un
tirón. Huye del sofocante calor de este verano y del sufrimiento que le
provocan las picaduras del mosquito tigre.
Al
viajero no le importa madrugar, con tal de salir lo antes posible y avanzar
camino con las respectivas paradas que se irán sumando a medida que hace
kilómetros para desesperación de su compañera.
En Salamanca piensa pernoctar y al día siguiente salir para Bragança. Como llega agotado, prolonga otra noche la estancia, y no se arrepiente, porque por fin siente el deseado frescor. Es tal el contento que se dispone a correr por un frondoso parque. ¿En Málaga quién es el valiente que se echa a la calle a las seis de la tarde? La fronda del parque con sus fuentes y senderos cuidados, le parece de otro mundo. Ahora de lo único que tiene que cuidarse es de no lesionarse con la euforia.
De
noche en la Plaza Mayor, después de haber caminado por las calles con las
respectivas fachadas de la Catedral, Casa de las Conchas, Universidad… No hay tanto turista para una ciudad tan
monumental. La noche es un encanto con una temperatura de dieciocho grados,
justo en el punto que se lamenta de no haber echado una rebeca. Los jóvenes y
lugareños están ajenos el fresco. ¿Es posible que el viajero se esté quejando
de que siente frío?
Al día siguiente, repiten lo mismo. Otro día más en Salamanca y terminará sacándole defectos, piensa para sus adentros. Lo mejor es machar para Bragança. Antes hay que subir al campanario de la Catedral porque le gusta disfrutar de las panorámicas. Quizá sea lo más anecdótico de toda la estancia cuando al subir por las escaleras en espiral de la torre, con la energía que le caracteriza, se mareó y tuvo que desistir para vergüenza propia y ajena. Picado del amor propio lo intentó de nuevo esta vez alcanzando la meta. Como hazaña es ridícula. Le ha quedado un poso de inseguridad porque algo de poca monta le suponga tal esfuerzo de control mental. Aviados vamos si nuestro aventurero se va arredrar a las primeras de cambio simplemente por subir unas escaleras empinadas y estrechas provocándole angustia.
Parte
para Bragança. Sin mapa, con el navegador está más pendiente de la pantalla
para no despistarte que del paisaje. Cruza la frontera pasando de una carretera
de doble sentido a una autovía. Apenas sólo transitan enormes camiones. El
navegador le lleva por el sitio más corto y rápido. La geografía se resume en
carteles con los nombres de las localidades y alguna reseña de un monumento que
se va a perder al paso.
El
hotel es un edificio moderno, feo como la misma modernidad. No falto de
instalaciones que son el disfrute de los turistas. Al viajero le va a importar
poco pues lo que desea es estar cómodo. Aunque lo eligió porque estaba apartado
de la ciudad y evitar el problema del aparcamiento, se siente satisfecho de la
elección con su gimnasio, piscina y spas, incluidos en el precio. Piensa
aprovecharlo todo. En la piscina solo hay niños bañándose. Los adultos están en las
hamacas porque el agua está muy fría. En el gimnasio traba amistad con Luis,
portugués, de su misma edad, pero con una fortaleza asombrosa. Realiza los
abdominales más fuertes visto en su vida. Sobre una rueda cogida con ambas
manos se tumba en el suelo y se levanta. Intenta imitarlo. Siente como los
músculos del abdomen van desgajarse y eso que lo hace con las rodillas en el
suelo.
De
noche, a la hora del paseo, en Bragança apenas se ve gente para lo que son
estas fechas. Ya está habituado a visitar ciudades cuyos cascos antiguos están
en decadencia. Le es muy llamativo tantas casas y locales comerciales cerrados,
abandonados, con los letreros deteriorados en los que lee los oficios en
portugués: sapateiro, funileiro, tecidos…
Imaginar lo que serían esas calles, el bullicio de gente, los negocios. Todo es
tranquilidad, soledad, salvo en un pequeño bar donde unos hombres toman café
expreso, algo muy habitual entre los portugueses a cualquier hora. El viajero
sabe que de imitar esta costumbre no pegaría ojo.
En
la Plaça de Sé en pleno centro, hay más movimiento. El Café Chave d’ Ouro, uno
de los reclamos que aparecen en Internet como más típico, está cerrado. En el
centro de la plaza se alza una picota. A la acompañante las vistas le defraudan
hasta el punto de expresar que Internet ha valorado algunas cosas al alza.
(Continúa)



Me ha gustado mucho la descripción de Salamanca en lo recuerdo muy bien.
ResponderEliminarJosé eres la reencarnación de labordeta.
ResponderEliminarDice Elo,que te sea olvidado el trayecto de Málaga a casariche ..
Un viene precioso,en el próximo nos apuntamos 😍
ResponderEliminarDeberías grabar tus impresiones de viajero y subirlas a videoblog
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