Llevo sesenta y tres
años aquí en la tierra. Pronto seré un fantasma, uno más de tantos. Están aquí,
a mi alrededor. Me hablan repitiendo una y otra vez lo que hemos vivido juntos,
recuerdos que muchos se están disolviendo en el tiempo como brumas.
Mi madre los fantasmas
también los tenía a su alrededor. No les hacía mucho caso porque siendo una
mujer práctica decía que no aportaban nada a una familia numerosa. “Venir solo
a hablar y a contar lo que ya sabemos, mejor que os quedéis donde estéis. En
esta casa se viene a traer algo: un queso, chocolate, dulces... cualquier cosa
apetecible.”, les recriminaba.
Ahora soy yo quien los tiene a su alrededor.
También, como mi madre, suelo cansarme de oír cómo se repiten. Les invito a que
se marchen, y escucho alzarse alguna molesta voz para que no se me despinte que
tengo sesenta y tres años y que estoy cada vez más cerca de convertirte en uno
más. Se enfadan y me dan donde más me duele cuando me dicen que vivir de los
recuerdos está muy bien, pero que la vida sigue, que les haga caso y salga a
buscarla. “¿Acaso piensas que dentro de otros cincuenta años vas a escribir de
lo que te ocurre ahora, ingrato?”, me reprochan. Desaparecen, por un tiempo, enfadados
dejándome en paz. Pasado el tiempo, regresan. Me querían dar una lección por mi
desapego, pero “mis fantasmas” son olvidadizos y nada rencorosos.
Con mis padres la
relación cambia. Ellos están cuando menos te lo esperas. Te quedas mirando una
foto y los sientes a tus espaldas. Abres la puesta de la casa y los ves
sentados, uno al lado del otro, esperándote. Apagas la luz, y en el silencio
notas su presencia. Como estás acostumbrado, algunas veces les comentas algo
intrascendente porque no quieres preocuparlos. Procuras quitar hierro a las
penurias. Ellos asienten y te dan la razón. Mi padre está igual, con la
misma compostura, pulcro, afeitado y peinado. Sus frases son cortas con
profundo sentido. Las hago mías hasta el punto de procurarme el pisto de ser alguien
de experiencia y sabiduría cuando las coloco en una conversación.
Hoy, sigo siendo el niño
con sesenta y tres años que llevaba de paseo al arroyo Marín al atardecer. Creo
que en el fondo de su corazón pretendía sentir igual que su padre, mi abuelo
José, cuando hacía lo mismo con él. Soy el niño sexagenario que le acompañaba
al colegio en el Seat 127, a aquel colegio desabrido de “El Llano” que tanto
hizo por recrearme en un personaje digno de una novela de Dickens. Soy el niño
perpetuo convertido en un hombre mayor atrincherado en la memoria del pasado.
Se introduce en mis
ensoñaciones y le pregunto acerca de alguien que forma parte de las vivencias
comunes. Una vez le pregunté por aquel maestro de Estepa que me dio clase
en cuarto de E.G.B. Un hombre bueno. Los niños nos portábamos con él regular. Hicimos
un mapa de España de escayola en un molde, con sus montañas, valles y las
costas. Su ilusión era que cada niño tuviese el suyo. Tengo la sensación de que
no hicimos nada más en todo el curso.
También aparecen
personajes perturbadores. Algunos que ni siquiera he llegado a conocer, pero que en los
relatos de mi madre los dibujaba con las vesanias que coleteaban en la rama de
los Jiménez. Un tal Vicente, primo segundo o tercero, de ira incontrolada hasta
el punto de descerrajarle un tiro al suegro por una desavenencia. Lo “veo” como
si me observase desde la distancia oportuna para que no pueda ponerle rostro.
Tampoco es que le haga mucho caso, pero ahí se mueve, entre ellos: inquieto y
molesto.
Estando mi madre cerca
no tengo porque tenerle aprensión.
En Estepa, era asiduo
visitante del practicante para coserme alguna descalabradura. Mi madre de lo
primero que se aseguraba era de tener a sus hijos vacunados del tétanos. Cuando
entraba por la puerta, el buen hombre exclama, ¡otra vez aquí! No sólo curaba,
ponía inyecciones y hacía pequeñas cirugías, sino que era compañero de mi padre
en la escuela. Nunca me dio clase. Un hombre recto, que imponía con su
presencia, dueño de un Renault 8 y padre de dos hijas; una de mi edad, con la que pasaba muchos ratos de juego. Mi esfuerzo por aparentar que no sufría, se
debía a que no soportaba la idea de que pensara que el amigo de su hija era un
ser debilucho y llorón.
Hoy, sigo siendo el niño
de sesenta y tres años que no para de herirse. Que salta y arranca un postigo
con la cabeza; un punto de sutura. Juega con sus hermanos, tropieza, cae y se
corta la rodilla con el único cristal que hay; tres puntos de sutura. Soy el
hombre sexagenario del que la madre piensa que se va a desarmar, que es un
peligro para él mismo por lo atrevido y carecer del sentido del riesgo. Un hombre
mayor, como aquel niño de energía inagotable, con un cuerpo menudo,
esquelético, del que sobresalían las orejas como apéndices a la espera que el
resto se emparejase.


Qué trabajo más original el de Natalia, menuda artistila!!! 🎨,
ResponderEliminarNo sé si lo pasaba peor con los 👻🤡👹fantasmas o cuando el médico me mandaba inyecciones un día si y 💉otro también pero la liaba bien gorda, menudo espectáculo 🤦🏼♀️!!!
Enhorabuena por tus relatos son verdaderamente emocionantes!!! 👏
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