Tres de cada cinco casas
están deshabitadas. De esas tres, una está a un paso de ser una ruina convertida
en un palomar. Ves entrar y salir a las aves dueñas por una ventana sin
cristales. De cada tres palomares, tres están en viviendas ruinosas.
De cada diez casas con
moradores, ocho son de pensionistas. Las hay en las que viven parejas ya sin
hijos o con algún hijo que la vida lo ha devuelto al seno familiar. Separado.
Sin vivienda, al calor de la pensión, lo ves por la calle con las manos en los
bolsillos. Va a echar una bonoloto. El premio es un montón de miles de euros.
Estos hogares tienen un
zaguán alicatado de entrada. De cada diez, ocho, la puerta es una cancela
metálica con cristales monolíticos y mates que dejan pasar la luz y el frío. Un
timbre pulsador que suena justo encima de la puerta. Una anciana que te abre y
te deja pasar. Todas tiene un recibidor donde puedes dejar el abrigo o el
paraguas. El abrigo es mejor que no te lo quites hasta que llegues a la salita
de estar. La más pequeña de la casa.
En el pueblo todas las
casas tienen mesa camilla con un foco de calor cubierto con las enaguas de
invierno. Un tapete de ganchillo. Ahora ya te puedes desprender del abrigo o
cazadora y echarte las enaguas.
Una de cada cinco casas,
la puerta de la salita no se puede cerrar bien. Una baldosa lo impide. Si
quieres encajarla debes levantarla un poco, aunque es mejor siempre dejarla con
una abertura por eso de la ventilación.
Las fotos de los hijos
de la primera comunión en grandes marcos como si fuesen santos. La foto de la
boda del hijo que ha vuelto separado ya no está. En su lugar está la imagen de
la patrona, la Virgen de Gracia.
En una de cada tres
falta un miembro de la pareja. Casi siempre es el hombre. La viuda es una mujer
religiosa, aunque vaya a misa sólo cuando es de algún difunto. Le gusta hacer
la compra y charlar con otras vecinas. Sus faenas más trascendentes es hacer la
comida y ocuparse del hijo que ha regresado sin pena ni gloria después de
veinte años de casado.
Las escaleras son tortuosas,
así que se ha dispuesto de un dormitorio en una salita interior, aneja,
estrecha igual que una celda de clausura, con una pequeña ventanita a ras del
techo, como si fuese la entrada a una colmena. Apenas tiene sitio para moverse,
pero evita subir las tortuosas escaleras.
Arriba quedan los
dormitorios. Vacíos, con sus camas vestidas. Otra de las labores es repasarlos.
Tenerlos al día. La última vez que se usaron la casa rebosaba de vida. Han
transcurrido veinte años. El dormitorio desordenado es el del separado. A él no
le gustan que le toquen “sus cosas”.
La cama de matrimonio,
el armario ropero, la cómoda y dos mesitas de noche. El armario conserva la
ropa del difunto. El traje que llevó de novia está bien empaquetado con unas
bolas de naftalina. El de él, lo estuvo utilizando hasta que se le quedó
estrecho. -Esto tiene la vida de casado-, decía cada vez que quiso ponérselo y
tenía que desistir. Lo vistió para la boda de un primo y se pasó todo el tiempo
incómodo con el botón de la cintura del pantalón desabrochado. Cuando se animó
a bailar sudó porque estuvo en un tris que el botón saltara por los aires. –Esto
tiene la vida de casado-, es una frase que colaba desde entonces en sus
conversaciones.
En cada calle hay, al
menos, un perro por cada tres personas. Un gato por cada dos. Diez palomas por
cada una. El pueblo se ha convertido en un gran palomar. De los balcones de los
grandes edificios, debajo de las ménsulas, los aviones comunes, de la familia
de los vencejos, todas las primaveras hacen sus nidos. Algunos lo intentan en los
aleros de las casas. Sólo prosperan en las que no haya una dueña que mande
encalar la fachada aprovechando el verano.
Apenas hay un centenar de
árboles en el casco urbano. No cabe división posible entre habitantes. Quien
quiera árboles que pasee por las afueras. Por la sierra o la ribera del río.
Pero sí hay fuentes. Fuentes sin agua potable. Decorativas. Crees que continúan
para que a ti te evoquen la nostalgia de lo que fueron cuando el ganado abrevaba
y los niños jugábamos en ellas.
El INE te ha contratado!!
ResponderEliminarEs una pena la decadencia de los pueblos... Y en Málaga no cabe ni un alfiler!
Triste pero cierta la descripción
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