sábado, 27 de abril de 2024

Estampas de un jubilado. Tres

 


        Siendo el goce, el disfrute, la “buena vida”, un plus; pretendo añadir un plus al plus, y lo único que logro es meterme en aprietos, en situaciones, a veces, vergonzantes y calamitosas.

Me explico.

Todo es por la dichosa necesidad autoimpuesta de que el tiempo se escurre, vivir el momento… y demás eslóganes que nos llevan de cabeza. Con una vida tranquila, ¿qué más quieres? Pues no, tienes que buscar ese plus e indagas en la comida orgánica, el yoga, la medicina ayuvérdica, la meditación… y de ahí saltas a las salas de gimnasia, y pruebas con actividades MOVE, HIT, POWER, FB… acrónimos de ejercitaciones para los que tienen prisa y la insana idea que es una forma de alarga su tiempo en este mundo. Uno es parte de la cultura de su época y piensa con arreglo a ella. Somos de este tiempo, sin escapatoria. En el medievo vería las cosas de otra manera. Estaría dedicado en cuerpo y alma a la supervivencia.

Extenderse en estas divagaciones tiene su fin. La idea es cómo mixtificamos nuestros propósitos. Volcamos enormes expectativas en lo que nos proponemos sin darnos cuenta que las metas nunca casarán con los logros finales que llegaremos alcanzar. Tropezaremos con problemas terrestres, los aparcamos y nos vamos a la estratosfera romántica de los sueños. Aterrizamos siendo más experimentados y, por supuesto, defraudados en vista de los parcos resultados. Somos nuestros peores jueces.  En esto ayudan mucho los gurús de la felicidad cuando te dicen que tú eres quien quieras llegar a ser. Estupideces de estas he leído un montón. En el fondo de lo que tratan es de que escondas tu propia vulnerabilidad. A nadie le interesa parecer débil. No nos queda más remedio que socializarnos como forma de aparentar y esconder nuestras flaquezas. Ocultamos las emociones para ser más fuertes.

La actividad de MOVE (actividad física coreografiada con música, en español), es de las pocas que me quedaban por probar. He ido saltando de una a otra con la curiosidad de ver a cuál me adaptaba mejor. Son todas muy parecidas, salvo esta. Con la intrepidez práctica que muestro para superar la timidez, asistí a la primera sesión. Tuve la precaución de ponerme al final, pues era el único hombre de un grupo de veintitantas mujeres. Todo marchaba bien. Estaba satisfecho, pensando que había dado con la que me más me iba. La clase estaba llegando a su fin. Pletórico, la música, las coreografías… hasta que un traicionero músculo de la pierna dijo hasta aquí llegaste. La monitora paró la clase para ver qué me ocurría. Las mujeres me miraban consternadas. Espero que pensarían, defraudadas, que el único hombre que participa va y se lesiona.

Una señora compadeciéndose me dijo que con reposo se me quitaba. La monitora quiso tumbarme y continuar con la clase. Me negué. Evitando arrastrar la pierna, llegué a la salida. Desde allí hasta la casa fui cojeando.

Alguien dice que mientras dura la vergüenza dura el dolor; la verdad, lo importante no es que sientas vergüenza, sino que se te pase el dolor.

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