domingo, 28 de julio de 2024

Sofía. La buena de Sofía. (Final)

 

Antes, ahora y después, sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo. De qué me iba a sorprender que me ocurriera cualquier cosa impensable. Al garete con mis días sosegados de jubilado. ¿Por qué pisaría yo aquel infausto gimnasio?

Justiniano me envío un sobre mediante mensajería. En el wsap estaban las fotos suyas con Sofía en actitud de pareja autorretratada. Ninguna en mallas gimnásticas. Me daba sucintas instrucciones de qué debía de hacer para introducirme en el gimnasio y espiarla. Tenía que sacar la matrícula y apuntarme a las mismas clases que ella. Los nombres me sonaban a chino. Me aconsejó que me pusiese en forma, a pesar de que me había encontrado bien, decía que no me vendría mal rebajar algo la cintura. Todos los gastos que se me originaran él vería la forma de compensarlos.

Señaló en una hoja de calendario los días que asistía y el tipo de clase que daba. Para colmo del cinismo decía que lo iba a pasar de maravilla y pretendía tranquilizarme que todo quedaría en nada.

Llegó el día de marras. Días antes estuve ejercitándome. Me medía el diámetro de la cintura. Hice series de abdominales en el intento de rebajarla. No quedaba tiempo. Lo mejor era pasar desapercibido colocándome en un lugar promisorio de información y oculto a las miradas escrutadoras de novatos con las fuerzas de un mosquito.

Enseguida reconocí a Sofía. Sus labios rojos, pómulos de melocotón, cintura, glúteos… en un abrir y cerrar de ojos me pareció una mujer de matrícula. Su pelo natural cayendo en cascada. Una sonrisa de sílfide. Contrastaba con algunas hembras con labios de bótox de los que han sido perfilados para lúbricas escenas. Rubias de bote y reconstruidas de liposucciones que reían como pencos. Comprendía a Justiniano, de aquella prenda no me hubiera separado ni un minuto.

Fue toda una sorpresa, aunque realmente la sorpresa la di yo.

Comenzó la clase. La abigarrada monitora fue planteando los ejercicios seguidos, sin dar respiro. Hasta el momento no había observado nada inusual. Estas clases están atiborradas de féminas. Son pocos los hombres. De mi edad solo estaba yo que destacaba por dos asuntos: la vestimenta retro y la edad a pesar de que en un alarde de rebajar años me había dejado la gorra puesta.

Íbamos haciendo series. A los pocos minutos me había trasegado toda el agua de mi botellita. Empapado en sudor, sentía las piernas congestionadas. Procuraba rebajar el número de repeticiones. Como si mis pulmones necesitasen todo el oxígeno que allí se estaba mal gastando por aquella recua de yeguas y potros rebosantes de salud. A la primera ocasión que tenía inspiraba queriendo no dejar gota de aire en la sala. Quizá fuera la hiperventilación o exceso de ritmo cardíaco, el caso es que caí desplomado al suelo.

Desperté. A mi alrededor, una pléyade de ojos me observaban consternados. Retazos de fragmentos de frases entraban como brasas en mi aturdida conciencia. Cuando escuché de una boca “es mayor” hizo que me incorporara como un resorte. “Ya estoy bien”, balbucí, y marché a la cafetería a recuperar el resuello. La sesión continuó sin mí.

Mientras esperaba a que terminase la clase; quería, al menos, cumplir con  Justiniano y contarle que todo había ido bien, que podía vivir tranquilo y disfrutar de su morrocotonuda suerte. Cavilaba en decirle que sus celos eran propios de ceporros con pretensiones, cuando veo que Sofía se acerca a mí.

Cogí la Coca-Cola y me la llevé a los labios. Pretendía ocultarme tras ella. Me preguntó si me encontraba ya bien. “Sí, le dije. Es que el desayuno se me ha cortado”, me justifiqué. La invité a sentarse. Nos presentamos. Pidió un agua, qué otra cosa podía pedir una deportista, pensé, mientras yo me embaulaba una bebida colmada de azúcar. Le dije que con toda probabilidad no volvería. “Probaré con otras actividades, quizá algo que se haga sentado o tumbado”. Le hizo gracia. Tras sus labios se escondía un cofre de perlas.

-A mi marido no le gusta el deporte. –dijo con un mohín preocupada y absorta-  Le vendría bien, para que se relajase. Es veinte años mayor y está hecho una bomba con el colesterol por las nubes, aparte de la artrosis y el estrés. Está obsesionado por el control y la seguridad. –En su expresión se podía ver preocupación, como cuando se habla de la enfermedad-.

Y así, como quien abre la espita de un motor ahogado, me dibujó un retrato nada halagüeño de mi amigo. Estaba cansada de su obsesión por controlarla. Sospechaba que la seguían. Que alguna que otra vez había contratado a alguien para espiarla. “Estamos nadando en dinero. La casa de Marbella lleva un búnker antirrobo. Le tuve que fidelizar mi amor con un contrato absurdo en el que me gratificará por cada año que viva a su lado cuando enviude, como quien ha invertido en un plan financiero a largo plazo si pretende conseguir una gran rentabilidad. -Se expresaba en un tono más lastimero que vindicativo-.

“Aparte de guapa, es conversadora. Esta mujer no se merece las suspicacias del cantamañanas de Justiniano”, pensaba ya perdido en el mapa de su rostro. 

-¿Dónde queda el matrimonio que va envejeciendo en la tranquilidad por el océano de la vida en sosegada calma con la compresión y el cariño sorteando la mar encabritada y peligrosos arrecifes? -concluyó con esta metafórica alusión y riéndose de ella misma.

Cambiamos de tema y desvié la conversación utilizando un personaje novelesco, y de ahí a hablar de libros fue todo uno. También era lectora. Como quien le tiende una alfombra al genio de la lámpara, me pude lucir y recuperar, creo, algo de la patética imagen que había dado cuando un rato antes me derrumbé en el suelo.

 Llegó la hora de despedirnos y lo hicimos con un hasta que nos veamos.

Regresé a mi domicilio con la bolsa de deporte como quien porta un fardo de ignominias, vituperios, secretillos e ilusas esperanzas; decidido a borrar a Justiniano de mi lista de amigos. Sofía quedaría a merced de mis sueños.

5 comentarios:

  1. Sofía es una sofista. Pasa del descarnado y real descripción de su hombre a hablarte del cariño y la ternura con esa imagen tan marinera. Aléjate de ella que no tiene las ideas claras. Puedes ser su sunda pesca porque tú eres de anzuelo fácil y el cebo está para comérselo. Tú además solo apotarias palabrería y voluntad. Las carteras vacías no conquistan pécoras

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  2. Muy buen consejo. Jajaja

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  3. José, tú amigo Antonio a cálao a Sofía y su altimañas, con los amigos de instituto..

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  4. Sofía te la pego bien pega, namas verte supo que hacías allí. Siete vueltas nos dan.👏👏👏👏👏

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