Antes, ahora y después,
sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo. De qué me iba a sorprender
que me ocurriera cualquier cosa impensable. Al garete con mis días sosegados de
jubilado. ¿Por qué pisaría yo aquel infausto gimnasio?
Justiniano me envío un
sobre mediante mensajería. En el wsap estaban las fotos suyas con Sofía en
actitud de pareja autorretratada. Ninguna en mallas gimnásticas. Me daba
sucintas instrucciones de qué debía de hacer para introducirme en el gimnasio y espiarla. Tenía que sacar la matrícula y apuntarme a las mismas clases que
ella. Los nombres me sonaban a chino. Me aconsejó que me pusiese en forma, a
pesar de que me había encontrado bien, decía que no me vendría mal rebajar algo la
cintura. Todos los gastos que se me originaran él vería la forma de
compensarlos.
Señaló en una hoja de
calendario los días que asistía y el tipo de clase que daba. Para colmo del
cinismo decía que lo iba a pasar de maravilla y pretendía tranquilizarme que
todo quedaría en nada.
Llegó el día de marras.
Días antes estuve ejercitándome. Me medía el diámetro de la cintura. Hice
series de abdominales en el intento de rebajarla. No quedaba tiempo. Lo mejor era
pasar desapercibido colocándome en un lugar promisorio de información y oculto
a las miradas escrutadoras de novatos con las fuerzas de un mosquito.
Enseguida reconocí a
Sofía. Sus labios rojos, pómulos de melocotón, cintura, glúteos… en un abrir y
cerrar de ojos me pareció una mujer de matrícula. Su pelo natural cayendo en
cascada. Una sonrisa de sílfide. Contrastaba con algunas hembras con labios de
bótox de los que han sido perfilados para lúbricas escenas. Rubias de bote y
reconstruidas de liposucciones que reían como pencos. Comprendía a Justiniano,
de aquella prenda no me hubiera separado ni un minuto.
Fue toda una sorpresa,
aunque realmente la sorpresa la di yo.
Comenzó la clase. La
abigarrada monitora fue planteando los ejercicios seguidos, sin dar respiro.
Hasta el momento no había observado nada inusual. Estas clases están
atiborradas de féminas. Son pocos los hombres. De mi edad solo estaba yo que
destacaba por dos asuntos: la vestimenta retro y la edad a pesar de que en un
alarde de rebajar años me había dejado la gorra puesta.
Íbamos haciendo series. A
los pocos minutos me había trasegado toda el agua de mi botellita. Empapado en
sudor, sentía las piernas congestionadas. Procuraba rebajar el número de
repeticiones. Como si mis pulmones necesitasen todo el oxígeno que allí se
estaba mal gastando por aquella recua de yeguas y potros rebosantes de salud. A
la primera ocasión que tenía inspiraba queriendo no dejar gota de aire en la
sala. Quizá fuera la hiperventilación o exceso de ritmo cardíaco, el caso es que
caí desplomado al suelo.
Desperté. A mi
alrededor, una pléyade de ojos me observaban consternados. Retazos de fragmentos
de frases entraban como brasas en mi aturdida conciencia. Cuando escuché de una
boca “es mayor” hizo que me incorporara como un resorte. “Ya estoy bien”, balbucí,
y marché a la cafetería a recuperar el resuello. La sesión continuó sin mí.
Mientras esperaba a que
terminase la clase; quería, al menos, cumplir con Justiniano y contarle que todo había ido bien, que podía vivir tranquilo y disfrutar de su morrocotonuda suerte. Cavilaba en decirle que sus celos eran propios de ceporros
con pretensiones, cuando veo que Sofía se acerca a mí.
Cogí la Coca-Cola y me
la llevé a los labios. Pretendía ocultarme tras ella. Me preguntó si me
encontraba ya bien. “Sí, le dije. Es que el desayuno se me ha cortado”, me
justifiqué. La invité a sentarse. Nos presentamos. Pidió un agua, qué otra cosa podía pedir una
deportista, pensé, mientras yo me embaulaba una bebida colmada de azúcar. Le
dije que con toda probabilidad no volvería. “Probaré con otras actividades,
quizá algo que se haga sentado o tumbado”. Le hizo gracia. Tras sus labios se
escondía un cofre de perlas.
-A mi marido no le gusta
el deporte. –dijo con un mohín preocupada y absorta- Le vendría bien,
para que se relajase. Es veinte años mayor y está hecho una bomba con el
colesterol por las nubes, aparte de la artrosis y el estrés. Está obsesionado
por el control y la seguridad. –En su expresión se podía ver preocupación, como
cuando se habla de la enfermedad-.
Y así, como quien abre
la espita de un motor ahogado, me dibujó un retrato nada halagüeño de mi amigo.
Estaba cansada de su obsesión por controlarla. Sospechaba que la seguían. Que alguna
que otra vez había contratado a alguien para espiarla. “Estamos nadando en
dinero. La casa de Marbella lleva un búnker antirrobo. Le tuve que fidelizar mi
amor con un contrato absurdo en el que me gratificará por cada año que viva a
su lado cuando enviude, como quien ha invertido en un plan financiero a largo
plazo si pretende conseguir una gran rentabilidad. -Se expresaba en un tono más
lastimero que vindicativo-.
“Aparte de guapa, es conversadora. Esta mujer no se merece las suspicacias del cantamañanas de Justiniano”, pensaba ya perdido en el mapa de su rostro.
-¿Dónde queda el matrimonio
que va envejeciendo en la tranquilidad por el océano de la vida en sosegada calma con la compresión y el cariño sorteando la mar encabritada y peligrosos arrecifes?
-concluyó con esta metafórica alusión y riéndose de ella misma.
Cambiamos de tema y
desvié la conversación utilizando un personaje novelesco, y de ahí a hablar de libros fue todo uno.
También era lectora. Como quien le tiende una alfombra al genio de la lámpara,
me pude lucir y recuperar, creo, algo de la patética imagen que había dado
cuando un rato antes me derrumbé en el suelo.
Llegó la hora de despedirnos y lo hicimos con
un hasta que nos veamos.
Regresé a mi domicilio con la bolsa de deporte como quien porta un fardo de ignominias, vituperios, secretillos e ilusas esperanzas; decidido a borrar a Justiniano de mi lista de amigos. Sofía quedaría a merced de mis sueños.
Oleeee. Muy bueno.
ResponderEliminarSofía es una sofista. Pasa del descarnado y real descripción de su hombre a hablarte del cariño y la ternura con esa imagen tan marinera. Aléjate de ella que no tiene las ideas claras. Puedes ser su sunda pesca porque tú eres de anzuelo fácil y el cebo está para comérselo. Tú además solo apotarias palabrería y voluntad. Las carteras vacías no conquistan pécoras
ResponderEliminarMuy buen consejo. Jajaja
ResponderEliminarJosé, tú amigo Antonio a cálao a Sofía y su altimañas, con los amigos de instituto..
ResponderEliminarSofía te la pego bien pega, namas verte supo que hacías allí. Siete vueltas nos dan.👏👏👏👏👏
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