viernes, 13 de septiembre de 2024

Viaje portugués (Final)

 

          


        Creer genera que las experiencias sean reales. El no creer aboca a que algo real deje de existir. Ojalá hubiese vivido nuestro amigo viajero en aquellos tiempos en los que de vuelta podía haber dicho que había visto gentes extrañas en sus viajes; inventarse que tenían un ojo solo y dormían de pie. 

        A él lo que le importa es mantener el espíritu abierto, la mente ensanchada para que cuanto vea pierda la ordinariez y sacar algo de provecho. Le interesa creer en lo positivo de salir a otros lugares porque generará experiencias más vivas. Sus viajes están llenos de realidad; sabe que el mundo es muy semejante en todas partes, y lo agradece porque su nivel de aguantar incomodidades deja mucho que desear. Matices es lo que busca, aunque se lleve decepciones como la que soportó en la "noble y antigua" Bragança al ver el mercado municipal reconvertido en franquicias de comida rápida.

         No debe perder la esperanza. Seguir con el ánimo alto. Creer que el viaje está lleno de sorpresas. Que encontrará  diferencias entre la vida que lleva y la que llevan otros seres por el simple hecho de que los separa una enorme distancia.

             Mejor que hubiera sido viajero en el siglo XIX.

     Aquella sí que fue una época de descubrimientos, de dar con tesoros, pueblos, paisajes… Ahora que todo viene en Internet, que en el lugar más remoto hay un espabilado que está esperando al pardillo para darle un sablazo, qué le van a contar. El viajero del mundo occidental es un elemento más de la sociedad de consumo. ¡Menudo descubrimiento! Como tal, le tienen preparado toda una suerte de productos. Piensa que va a encontrar mundos nuevos porque quiere seguir creyendo que aún los hay, pero no queda un rincón donde al llegar te topes con el tinglado, el montaje para que su experiencia sea "enriquecedora" a la vez que colectiva; uniforme para las masas.

Toca desenmascarar a nuestro amigo de una vez. A otros con ese rollo. ¿Cuándo se creyó el infeliz que era un viajero, si no ha dejado de ser turista? Prueba de ello es como ha echado mano del método luminoso de tragarse de una tacada setecientos kilómetros plantándose en Ayamonte. Allí, junto a unos amigos, ha alquilado un apartamento. El plan es visitar los lugares más pintorescos del Algarbe portugués en excursiones diarias.


                                   

         Lo primero que nota es que si el norte de Portugal aún tiene lugares en los que la gente, el paisaje, los pueblos… conservan las reminiscencias del tiempo que se fue; en el sur, es lo que está acostumbrado a ver. Todo está volcado para el turismo; la inmensa mayoría es española. El pueblo con el castillo, la ría, el café, los comercios, la plaza, lo bien que lo trató la dependiente… le hace suponer que está haciendo algo tan original como si estuviese navegando por el río Congo. Nuestro viajero-turista sabe sacarle partido: al creer en lo positivo del viaje crea una realidad, si no creyese, mejor se hubiese quedado en Málaga. Con el simple hecho de respirar otro aire siente como su experiencia vital se ensancha. 

        Esperar que relate lo que más le gustó de los pueblos del Algarve, sería lo normal. Pero no. Lo que le impresiona, y desea dejar constancia, es la archiconocida voracidad de los humanos. La ambición por transformar los paisajes, las mega construcciones, los campos de golf hechos en la orilla de la ría drenada y como se han alicatado cerros, colinas y valles en aras de un pernicioso egoísmo. Desde su terraza, en mitad de unas fabulosas vistas, ve todo eso. Su atención no deja de encasquillarse en un inmenso mamotreto que se quedó a medio construir en la crisis del dos mil ocho.

         La urbanización donde está el apartamento, más de la mitad, está vacía, cercada y vigilada para evitar robos. Ya se ha producido la migración del verano. Apenas queda gente en los apartamentos. En la piscina, él con sus amigos son los únicos bañistas. La soledad y tranquilidad le reconforta. Por un momento, se entretiene imaginando que el mundo ha padecido una catástrofe y que ha quedado aquí varado, libre del sofocante calor. Que no le quedará más remedio que pasar el resto de su vida bajo este cielo azul donde unas nubes viajeras anuncian que se acerca el cambio de estación.

4 comentarios:

  1. Sé podía titular el viajero y sus secuaces.

    Capítulo uno..

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  2. Hasta ir al Amazonas está ya capitalizado, quizás ahora la mejor forma de viajar sea leyendo y dejando la imaginación al poder que casi siempre es mejor que la realidad.

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  3. Me alegra que al viajero le vengan también a su memoria sus vivas experiencias aunque no haya encontrado en el Algarve esos pueblecitos entrañables..... Globalización 🙇🏼‍♀️

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  4. Un viaje maravilloso y una experiencia inolvidable...muchas gracias por ser mi amigo vitaminas🥰

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