Creer genera que las experiencias sean reales. El no creer aboca a que algo real deje de existir. Ojalá hubiese vivido nuestro amigo viajero en aquellos tiempos en los que de vuelta podía haber dicho que había visto gentes extrañas en sus viajes; inventarse que tenían un ojo
solo y dormían de pie.
A él lo que le importa es mantener el espíritu
abierto, la mente ensanchada para que cuanto vea pierda la ordinariez y sacar algo de provecho. Le interesa creer en lo positivo de salir a otros lugares porque generará experiencias más vivas. Sus viajes están llenos de realidad; sabe que el mundo es muy semejante en todas partes, y lo agradece porque su nivel de
aguantar incomodidades deja mucho que desear. Matices es lo que busca, aunque se lleve decepciones como la que soportó en la "noble y antigua" Bragança al ver el mercado
municipal reconvertido en franquicias de comida rápida.
No debe perder la esperanza. Seguir con el ánimo alto. Creer que el viaje está lleno de sorpresas. Que encontrará diferencias entre la vida que lleva y la que
llevan otros seres por el simple hecho de que los separa una enorme distancia.
Mejor que hubiera sido viajero en el siglo XIX.
Aquella sí que fue una
época de descubrimientos, de dar con tesoros, pueblos, paisajes… Ahora que
todo viene en Internet, que en el lugar más remoto hay un espabilado que está
esperando al pardillo para darle un sablazo, qué le van a contar. El viajero
del mundo occidental es un elemento más de la sociedad de consumo. ¡Menudo descubrimiento! Como tal, le
tienen preparado toda una suerte de productos. Piensa que va a encontrar
mundos nuevos porque quiere seguir creyendo que aún los hay, pero no queda un
rincón donde al llegar te topes con el tinglado, el montaje para que su experiencia sea "enriquecedora" a la vez que colectiva; uniforme para las masas.
Toca desenmascarar a
nuestro amigo de una vez. A otros con ese rollo. ¿Cuándo se creyó el infeliz
que era un viajero, si no ha dejado de ser turista? Prueba de ello es como ha
echado mano del método luminoso de tragarse de una tacada setecientos
kilómetros plantándose en Ayamonte. Allí, junto a unos amigos, ha alquilado un
apartamento. El plan es visitar los lugares más pintorescos del Algarbe portugués
en excursiones diarias.

Lo primero que nota es que si el norte de Portugal
aún tiene lugares en los que la gente, el paisaje, los pueblos… conservan las
reminiscencias del tiempo que se fue; en el sur, es lo que está acostumbrado a ver. Todo está volcado para el turismo; la inmensa mayoría es española. El pueblo con el castillo, la ría, el café, los comercios, la plaza, lo
bien que lo trató la dependiente… le hace suponer que está haciendo algo tan original como si
estuviese navegando por el río Congo. Nuestro viajero-turista sabe sacarle
partido: al creer en lo positivo del viaje crea una realidad, si no creyese, mejor
se hubiese quedado en Málaga. Con el simple hecho de respirar otro aire siente
como su experiencia vital se ensancha.

Esperar que relate lo que más le gustó de los pueblos del Algarve, sería lo normal. Pero no. Lo que le impresiona, y desea dejar constancia, es la archiconocida voracidad de los humanos. La ambición por transformar los
paisajes, las mega construcciones, los campos de golf hechos en la orilla de la
ría drenada y como se han alicatado cerros, colinas y valles en aras de un pernicioso egoísmo. Desde su terraza, en mitad de unas fabulosas vistas, ve todo eso. Su atención no deja de encasquillarse en un inmenso
mamotreto que se quedó a medio construir en la crisis del dos mil ocho.
La
urbanización donde está el apartamento, más de la mitad, está vacía, cercada y vigilada para evitar
robos. Ya se ha producido la migración del verano. Apenas queda gente en los apartamentos. En la piscina, él con sus amigos son los únicos bañistas. La soledad y tranquilidad le reconforta. Por un
momento, se entretiene imaginando que el mundo ha padecido una catástrofe y que
ha quedado aquí varado, libre del sofocante calor. Que no le quedará más remedio que pasar el resto
de su vida bajo este cielo azul donde unas nubes viajeras anuncian que se
acerca el cambio de estación.
Sé podía titular el viajero y sus secuaces.
ResponderEliminarCapítulo uno..
Hasta ir al Amazonas está ya capitalizado, quizás ahora la mejor forma de viajar sea leyendo y dejando la imaginación al poder que casi siempre es mejor que la realidad.
ResponderEliminarMe alegra que al viajero le vengan también a su memoria sus vivas experiencias aunque no haya encontrado en el Algarve esos pueblecitos entrañables..... Globalización 🙇🏼♀️
ResponderEliminarUn viaje maravilloso y una experiencia inolvidable...muchas gracias por ser mi amigo vitaminas🥰
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