martes, 24 de marzo de 2020

Noveno día


 Noveno día

            Ayer la vecina que coloca los altavoces en la terraza para acompañar con música las palmas no salió. Todo nos hace suponer que no se encuentra bien. Vive en un bloque distinto del nuestro, lo suficiente para que cumpla la condición de conocida y a la vez extraña, como hoy somos todos.

Algo difícil hoy de explicar a nuestros jóvenes es que antes, en nuestra infancia, nadie era tan desconocido ni ajeno. Que la geografía sea  la misma y las distancias entre las personas haya aumentado tanto, es algo que a los de nuestra generación nos tienen muy escamados. No tenemos apenas familiares mayores y quizá sea una de las causas: la suma de tantas pérdidas.

 Mi familia era numerosísima cuando estaban mis padres. Los tíos de mi madre eran muchos y la mayoría vivían en el mismo pueblo. Los lazos de parentesco los animaba a realizarnos frecuentes visitas. Llegaban a la hora que les pareciera oportuna y se hacía un alto en las faenas, pues ninguna en aquel tiempo tenía el carácter de urgencia que ha adquirido hoy todo. Mientras, mis hermanos y yo revoloteábamos a su alrededor y apenas nos fijábamos en el hombre o mujer vestidos de ropas muy antiguas y poco vistosas; con sus gorras, sus lutos y toquillas, que llevaban cosido en la solapa un enigmático botón negro. Viudos y viudas, todos reunían esa condición. Es como si de cada pareja de tíos de mis padres la cláusula que había puesto la vida es que quedara un superviviente en nuestra infancia de numerosa de almas.

Una vez acomodados en el sillón destinado a los mayores, se interesaban por nuestros asuntos y nadie tenía prisa por irse. Hablaban con parcas palabras, escuchando y asintiendo. Una conversación sin principio ni fin, con la intención de saber unos de otros y por la que se deslizaban apuntes que recordaban a los que ya no estaban. Entre tanto, nos llegaban a los oídos nombres de bisabuelas que habían criado una prole infinita de hijos, de familiares tarambanas que varias generaciones después se replicarían en un su sosias del mismo carácter y malandanzas. Parientes a los que mi madre recurría cuando la desquiciaba y decía que era igual que tal o cual por mi comportamiento de niño malvado vaticinándome un futuro que acabaría como él si no me enmendaba. También los había con habilidades extraordinarias  de los que también teníamos la suerte de ser herederos de sus especiales capacidades creativas para el dibujo, las manualidades, o de sus humanas cualidades de bondad y capacidad de renuncia, frente a los colectivos de parientes desnortados dados al vino, a las mujeres, que se fundieron buenos capitales en una vida de holganza y sin malgastar ningún sacrificio.

 Con tal batiburrillo de datos, no me extraña que tenga una idea de aquellos parientes como personajes novelescos que completarían una saga familiar de hombres y mujeres que hicieron con su vida lo que les dio la gana  y que le han legado a sus descendientes del futuro, a sabiendas de que estarían  desprovistos de tal pintoresquismo, el consuelo de haber participado en su mitificación. 

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7 comentarios:

  1. Las prisas nos llevan y nosotros nos dejamos llevar. Ya no hay tiempo para lo importante. Cuándo se nos agote vendrá la paz y el sosiego que no quisimos tener.
    Muy bien hermano. Sabes que la herencia de cualidades se repartió mal entre los hermanos, tu aglutinas en tí muchas de nuestros mayores.

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  2. 350000 generaciones de humanos se remontan 7 millones de años en el tiempo hasta aquel tímido australopitecus que se escondía por la sábana.

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  3. Primo estas sembrado. Cuantos recuerdos se vienen a mi mente.
    El Zapatero para lo malo, Enrique para lo bueno, y nosotros ni idea de quienes eran.

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  4. Primo estas sembrado. Cuantos recuerdos se vienen a mi mente.
    El Zapatero para lo malo, Enrique para lo bueno, y nosotros ni idea de quienes eran.

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  5. Como tú dices, nuestros padres nos lo pusieron de modelos con la esperanza de evitar que saliéramos a los "malos".

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  6. La sociedad del bienestar, ayudada más por indecente actuación de las residencias, que por este virus mortal, está dejándonos huérfanos de una generación de gentes heroicas.
    Estos que están muriendo son los jóvenes de la posguerra, los que se hicieron de acero a fuerza de hambre y miedo. Lucharon para dejar atrás sus penurias y dejarnos un mundo mejor. "Que mis hijos sean más que yo". Nosotros los hemos estabulado en demoniacos campos de concentración que se llaman Residencias. Los niños ya no saben casi lo que es un anciano. Nosotros los apartamos de nuestras vidas.

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