Noveno día
Ayer
la vecina que coloca los altavoces en la terraza para acompañar con música las
palmas no salió. Todo nos hace suponer que no se encuentra bien. Vive en un
bloque distinto del nuestro, lo suficiente para que cumpla la condición de
conocida y a la vez extraña, como hoy somos todos.
Algo difícil hoy de explicar a nuestros jóvenes es que antes, en nuestra
infancia, nadie era tan desconocido ni ajeno. Que la geografía
sea la misma y las distancias entre las personas haya aumentado
tanto, es algo que a los de nuestra generación nos tienen muy escamados. No
tenemos apenas familiares mayores y quizá sea una de las causas: la suma de
tantas pérdidas.
Mi familia era numerosísima cuando estaban mis padres. Los tíos de mi
madre eran muchos y la mayoría vivían en el mismo pueblo. Los lazos de
parentesco los animaba a realizarnos frecuentes visitas. Llegaban a la hora que
les pareciera oportuna y se hacía un alto en las faenas, pues ninguna en aquel
tiempo tenía el carácter de urgencia que ha adquirido hoy todo. Mientras, mis
hermanos y yo revoloteábamos a su alrededor y apenas nos fijábamos en el hombre o mujer vestidos de ropas muy antiguas y poco vistosas; con sus gorras,
sus lutos y toquillas, que llevaban cosido en la solapa un enigmático botón
negro. Viudos y viudas, todos reunían esa condición. Es como si de cada
pareja de tíos de mis padres la cláusula que había puesto la vida es que
quedara un superviviente en nuestra infancia de numerosa de almas.
Una vez acomodados en el sillón destinado a los mayores, se interesaban por
nuestros asuntos y nadie tenía prisa por irse. Hablaban con parcas
palabras, escuchando y asintiendo. Una conversación sin principio ni fin, con
la intención de saber unos de otros y por la que se deslizaban apuntes que
recordaban a los que ya no estaban. Entre tanto, nos llegaban a los oídos
nombres de bisabuelas que habían criado una prole infinita de hijos, de
familiares tarambanas que varias generaciones después se replicarían en un su
sosias del mismo carácter y malandanzas. Parientes a los que mi madre recurría
cuando la desquiciaba y decía que era igual que tal o cual por mi
comportamiento de niño malvado vaticinándome un futuro que acabaría como él si
no me enmendaba. También los había con habilidades extraordinarias de los que también teníamos la suerte de ser
herederos de sus especiales capacidades creativas para el dibujo, las
manualidades, o de sus humanas cualidades de bondad y capacidad de renuncia,
frente a los colectivos de parientes desnortados dados al vino, a las mujeres,
que se fundieron buenos capitales en una vida de holganza y sin malgastar
ningún sacrificio.
Con tal batiburrillo de datos, no me extraña que tenga una idea de
aquellos parientes como personajes novelescos que completarían una saga
familiar de hombres y mujeres que hicieron con su vida lo que les dio la gana y que le han legado a sus descendientes del
futuro, a sabiendas de que estarían desprovistos de tal pintoresquismo, el consuelo
de haber participado en su mitificación.
.
Las prisas nos llevan y nosotros nos dejamos llevar. Ya no hay tiempo para lo importante. Cuándo se nos agote vendrá la paz y el sosiego que no quisimos tener.
ResponderEliminarMuy bien hermano. Sabes que la herencia de cualidades se repartió mal entre los hermanos, tu aglutinas en tí muchas de nuestros mayores.
Lo que tengo es mucho tiempo
Eliminar350000 generaciones de humanos se remontan 7 millones de años en el tiempo hasta aquel tímido australopitecus que se escondía por la sábana.
ResponderEliminarPrimo estas sembrado. Cuantos recuerdos se vienen a mi mente.
ResponderEliminarEl Zapatero para lo malo, Enrique para lo bueno, y nosotros ni idea de quienes eran.
Primo estas sembrado. Cuantos recuerdos se vienen a mi mente.
ResponderEliminarEl Zapatero para lo malo, Enrique para lo bueno, y nosotros ni idea de quienes eran.
Como tú dices, nuestros padres nos lo pusieron de modelos con la esperanza de evitar que saliéramos a los "malos".
ResponderEliminarLa sociedad del bienestar, ayudada más por indecente actuación de las residencias, que por este virus mortal, está dejándonos huérfanos de una generación de gentes heroicas.
ResponderEliminarEstos que están muriendo son los jóvenes de la posguerra, los que se hicieron de acero a fuerza de hambre y miedo. Lucharon para dejar atrás sus penurias y dejarnos un mundo mejor. "Que mis hijos sean más que yo". Nosotros los hemos estabulado en demoniacos campos de concentración que se llaman Residencias. Los niños ya no saben casi lo que es un anciano. Nosotros los apartamos de nuestras vidas.