domingo, 22 de marzo de 2020

Día séptimo


Día séptimo.

Me levanto con el propósito de escribir, más como prueba de mi capacidad de constancia que de ganas. Entre otras cosas qué puedo poner, si mi vida como la de tantos está a merced de lo que los medios de comunicación digan, de seguir el Wsap los mensajes de los grupos a los que pertenezco  y de las rutinas domésticas. ¿Qué puedo escribir? Que pongo el lavavajillas, que dibujo, que leo, que voy a la compra y la mitad de las cosas que me han encargado se me olvidan de la prisa que llevo y las ganas de salir del supermercado nada más de entrar.

 De vez en cuando miro por el ventanal del salón y apenas sale ya nadie a pasear al perro. Los primeros días del confinamiento había mucha gente jugando con sus animales y a algunos se les veía charlar entre ellos agradecidos de tener un pretexto con el que salir y relacionarse. Ahora se les ve solos y con prisas, porque alguien que vaya demorándose en el quehacer de su mascota es sospechoso de aprovecharse y a todos, poco a poco, se nos está ensanchando por dentro  un resentimiento y ofuscación que deseamos pagar con alguien.

Ayer por la tarde intenté ejercitarme subiendo y bajando las escaleras del bloque de cuatro plantas donde vivo. Mi vivienda está en la segunda, que viene a ser una tercera porque hay una entreplanta. Me puse como límite bajar y subir hasta la mía, porque sé de dos vecinos del bloque que tosen, uno en la tercera y otro en la cuarta. Durante la noche se escuchan sus toses y uno tiene la capacidad de situarlas, ponerle caras y saber que están bregando solos con la infección. Todos los del bloque nos conocemos desde hace muchos años y tenemos una clara idea del tipo de vida que llevamos. Este  ejercicio de rastreo en aras de la supervivencia no es difícil porque las toses convulsas y perrunas nos ponen los vellos de punta en el silencio nocturno.

A la segunda vez de mi práctica deportiva comencé a fijarme en los rincones, en la baranda, en los resquicios… allí debían morar patógenos de toda laya y corté la ejercitación. No fue buena idea porque no puedes subir y bajar las escaleras sin que tus pisadas sean insonoras y que alguien te sorprenda entregado a semejante ridiculez.

Rápidamente cuajó otra brillante idea. Me fabriqué un banco sueco con una repisa y unos cubos muy prácticos que diseñé yo mismo y me los hizo un talabartero. Estuve menos de diez minutos subiendo y bajando, alternando los pies, como alguien que sube a una escalera infinita y hoy siento las piernas duras como si hubiese dado un paseo por todas las sierras de la provincia.

2 comentarios:

  1. Por mi calle pasan perros como nunca. Son los únicos que están disfrutan de de esta situación.
    Algunos han echado una musculatura en patas trasera y delanteras que ya las querría Rocky Balboa.
    Por mi parte comencé a usar una bici estática de color blanco. La mayoría de los días cuando me bajo de ella, tiene un color naranja casi rojo.
    Por salud menta ya no leo los wasaps. Intento leer los libros que mi amigo José Manuel me recomienda. Salman Rusdhie me está llevando mirar la ventana de mi tercer piso con ansias de saltar por ella.

    ResponderEliminar
  2. Hoy hasta los ciervos danzan por las playas, la naturaleza ha despertado,el aire es más limpio, se vive una paz insonora... Y los humanos recluidos, miedoso de su futuro incierto... ¿Será un ejercicio de empatia que la naturaleza nos obliga para aprender de lo que somos?

    ResponderEliminar