domingo, 29 de marzo de 2020

Decimocuarto día


Decimocuarto día
           
            Cuando la historia personal está desequilibrada y se cruza con la historia general que anda  trastornada, es seguro que se distorsione aún más. Es como si  uno fuera un aparato de radio y dejara de sintonizar bien las emisoras, porque las ondas que nos llegan del exterior viene crepitando y en nuestra visión se forman aquellas rayas que veíamos de niños en los televisores cuando la antena, no se sabe cómo, perdía la señal.

            Ayer, desde una ventana, vi a los legionarios haciendo ronda por el parque. Tranquilos y desarmados, como si estuviesen esperando a desfilar en una procesión de Semana Santa. Que el ejército esté en la calle es algo que puede parecer pintoresco, pero no deja de ser alarmante. Imagino que los militares han supuesto ya escenarios catastrofistas: motines, revueltas, vandalismo… y no quieren que los pillen con las manos en los bolsillos. Ahora todos somos muy proclives a plantearnos distopías. Tenemos una gran cultura cinéfila en las mismas. Me ha parecido algo curioso en el cine de Hollywood en una situación apocalíptica, las repetidas escenas de  una turbamulta asalta un comercio de electrodomésticos y arrampla con los televisores. La muchedumbre sale con las cajas y corre entre cascotes, coches incendiados, edificios en llamas; todos tienen la sensación de que el mundo se acaba, y ellos, venga, a por la ganga. La idea de que el mundo se va al traste y hay que salvar la tele tiene que tener motivaciones más profundas que no alcanzo a comprender.

            Todos y cada uno de nosotros nos vemos como si anduviéramos buscando una infinidad  de  santos Griales por el empeño y las energías que gastamos. Somos los modernos hiperactivos Indiana Jones y todos los obstáculos en nuestras aventuras son los malvados nazis que nos obstaculizan en el frenesí de alcanzarlos. Ya de noche, cuando me dedico a la eutrapelia, al disfrute moderado, abro la portezuela del lugar donde en casa guardamos los restos de bebidas que se compraron para Navidad y de las que, mira por dónde, me he vuelto a acordar para autoinvitarme a una eutrapélica copichuela que me lleve a la cama con el optimismo de que estoy a una cuarta de mano de conseguir alguno. Así, hasta que acabe con todas las reservas y la próxima Navidad empecemos de cero.



1 comentario:

  1. ¿Pero dónde estás?. Me ha costado el seguirte y he tenido que tomar un vademecum de ansiolíticos para mantenerme sereno. Me levanto muy temprano, me asomo al balcón y gozo de un silencio en mi pueblo que nunca había sentido. Luego oriento mi día al contacto humano con mi mujer, los libros, la estática y ya está. He entrado en el nihilismo. No me pregunto ni pregunto nada.
    Daré positivo en agua del grifo.
    Llegaré a la noche agotado de hacer pero de casi no pensar.
    Y ni siquiera maldeciré a los insustanciales que aparecen por la televisión

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