Décimo día
El
asunto del cartel a mi primo se le está yendo de las manos. Dice que la gente
no entiende el dibujo del virus con ventosas y ha tenido que poner uno menos
gráfico y directo: “Perros sueltos y virus”.
Tengo la impresión que hemos estado
viviendo un poco como el Coyote de los Looney
Tunes cuando corre por el vacío de un precipicio y cae en picado en el momento de mirar al fondo. Me siento como un sonámbulo que se despierta en la noche a mitad
del sueño y descubre que se pone a caminar por un paisaje desconocido.
Todos estos días de confinamiento lo
estamos viviendo en la creencia y descreencia, en el escepticismo de las
informaciones que nos dan de cómo vamos a salir de la pandemia. Intentamos
sobreponernos con humor, pero debajo hay un halo de tristeza e inseguridad.
Al mediodía de ayer hice una sesión
de aeróbic, bastante sencilla y ambientado con la música disco de los años noventa. Aún
recuerdo los pasos que aprendí en el gimnasio de mi barriada a cargo de un preparador
sacado de los años 70 de un asombroso parecido a Burt Reynolds y con unas
manos como tenazas. Nunca olvidaré del día que me dio un masaje en las plantas
de los pies, porque entre sus muchas acreditaciones, estaba la reflexología.
Burt, usaba como guía de reflexólogo, un plano colgado en la pared de su estrecho despacho con camilla de tortura, de las plantas de los pies coloreadas como un mapa de geografía y señalados con números romanos y etiquetas de las dolencias que se reflejaban en tal porción del pie para ser masajeado. Aquel
día aprendí que siempre es mejor padercer una molestia que pasar por un dolor voluntario. Por supuesto, la dolencia continuó pero ya no tueve más ganas de sesiones.
¿Si nos dejaran en una isla desierta
a todos nosotros, urbanitas modernos e incapaces de sobrevivir sin abrir la
nevera, cómo nos la apañaríamos? Es uno de los pensamientos que me vienen a la
cabeza cuando voy al supermercado a comprar, con más precauciones que un astronauta
pisando por primera vez Marte. Hacer la compra, algo para mí tedioso y que he
intentado siempre evitar, se ha convertido en una aventura. Salgo a la calle y lo observo todo, como si fuese un extraterrestre en misión de exploración. La gente con sus guantes, los pocos
automóviles que circulan con el conductor con mascarilla, las ambulancias… Siento que todo es muy extraño y en mi cerebro de terrícola oigo cómo traquetean algunos engranajes desajustándose porque algún tornillo se está
soltando.
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