Octavo día
Ha amanecido lloviendo. Observo
desde mi ventana como un hombre camina deprisa con una bolsa de plástico a modo
de gorro. Una mujer le sigue, también ella lleva una bolsa de plástico en la
cabeza.
Me he dedicado esta mañana a dibujar
el paisaje que veo desde la terraza. Al rato tuve frío y me fui al dormitorio,
allí permanecí de pie dibujando a mano alzada el parque solitario y escuchando
como repiqueteaba el agua tras los cristales.
Es
como cuando subía al tercer piso en la casa de mis padres en el pueblo aquellas
tardes noches y abría la ventana para que me diese el frescor y escuchaba la
lluvia cómo gorgoteaba y resbalaba por los canalones. Las luces del pueblo con
una áurea de niebla. El campo todo negrura, salvo alguna luz de un automóvil
que circulaba como una estrella errante. Allí me pasaba mis buenos ratos, a expensas
de no estar haciendo alguna de las mil tareas del bachiller. Respiraba y sentía
desde aquella atalaya un enardecimiento de mi ánimo, algo así como un
emocionante apetito por digerir toda aquella belleza y sensualidad.
Hoy
mi impresión ha sido especial. He visto un parque que cualquier día es una perrera,
una calle sin tráfico, sin gente; sólo la fina lluvia cayendo con su indolencia
y mi mirada absorta en los espacios vacíos. El fino hilo de la memoria
remontando el espacio-tiempo y por unos momentos yo estoy asomado en aquella
ventana de mi adolescencia viendo un parque solitario, edificios y escuchando
la lluvia, mientras a la luz del flexo había un cuaderno abierto esperando
recibir la traducción aún sin hacer.
En
el pueblo hoy llueve como aquí. La temperatura será más baja. La casa de mis
padres cerrada, sin calor alguno. La ventana a las que me asomaba da al mismo
paisaje. La noche irá cubriéndolo todo de aquella negrura. Las luces de los
automóviles se han multiplicado por una autovía. El resplandor de las luces de
las pedanías y de localidades que apenas conocíamos de su existencia se ven
ahora como galaxias del firmamento marcando el límite del horizonte. El
silencio del vacío, en oposición al silencio de la calma, mientras, un ejército
oculto de seres encomendados a su labor ciega y destructora destartalando
muebles, agujereando vigas, percutiendo, fracturando, hendiendo y destrozando
todo cuanto ha quedado. La casa como un galeón a la deriva en una calle en la
que ya apenas queda un niño y que tan ni siquiera es ya cómoda para que la habite algún espíritu.

La lluvia siempre vuelve con su cortina de encaje de recuerdos y memorias.
ResponderEliminarDesde las cornisas del alma resbalan lentas, sin prisa, las gotas pesadas de la melancolía.
Preciosas palabras.
EliminarEsa ventana... cómo estará
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