Trigésimo octavo día
(Continuación desde la parte XVIII y sucesivas)
Se acercaba
la feria de agosto. Al igual que se diluye un río en la lejanía del horizonte,
el esfuerzo por tenerme sentado “aprovechando el verano” todas las tardes
trabajando las matemáticas, fue decayendo hasta que ya ni siquiera se vislumbraba.
El mérito era todo mío. Desde el principio acometí una labor concienzuda de
rascar todo el tiempo posible en distracciones, en mostrar sin esfuerzo poco
entendimiento a aquellos endiablados enunciados que acometía por ensayo y
error, adornándolo con un nervioso mordisqueo de la punta del lápiz que sacaba
de quicio a mi padre. Una labor de zapa que terminó con su paciencia y que dio
las primeras señales de agotamiento cuando me vio con aquel libro de poesías entre
las manos y no me pidió que abriera el tocho de matemáticas donde se atesoraban
los mayores padecimientos que se le pueden infligir a un criatura en
vacaciones.
Apenas
llevaba pocos días con los pies en el
suelo cuando había llegado la carta y la cabeza se me fue muy muy a las nubes. No
sé cómo ocurrió el flechazo, porque ni siquiera yo sabía qué era el amor, pero
si una niña de tu edad te envía una cuartilla por correo en un sobre con tu
dirección y el remite, donde te cuenta cómo se aburre en la capital y los
deseos de regresar al pueblo para las fiestas, adornándola con infinidad de corazones
en los que aparece tu nombre y el de ella, estaba claro que yo tenía que estar
a la altura de las circunstancias, aún sin saber cuáles eran las particularidades
del caso. El efecto fue que me provocó que se me despertara una pasión de la que carecía del
lenguaje para expresarla, como si tuviese que hablar en un idioma recién inventado
del que me eran ajenas las palabras y la sintaxis.
Quise contestarle poniendo todo el esmero por parecer instruido escribiendo con letra pendolista. Lo único que conseguí fue bloquear la
inspiración romántica y me salió una especie de informe en lo que empleaba el tiempo. Cuando
terminé tenía claro que si leía aquella carta sus sentimientos rodarían
por el abismo de la desilusión. No podía mostrarle aquella imagen de niño
aplicado estudiando al lado de su padre. Busqué entre los libros y cogí las
poesías completas de Ramón de Campoamor. Leí unos sonetos y llegué a
la conclusión de que aquel lenguaje estaba vetado para alguien cuya principal
habilidad era alargar las meriendas. Por qué tenía que complicarme la vida en fascinar
a una niña que llena una hoja de corazones de colores, me preguntaba. Hice una lista de las
palabras que entendía de algunos poemas: ilusión, boca, fresas, reír, estrellas
y sueños. Del listado suprimí alguna que no vi oportuna; rubia, porque era muy
morena, y la locución sin vergüenza, porque podía dar a malentendidos si la
leías de corrido. Construí mi primera poesía. Versos de rima libre dentro de
los cánones que Don Ramón no hubiera aprobado. Mi padre me miró y no dijo nada. Pensaría que le había salido un hijo tonto y poeta. Mandé la carta y me puse al acecho
del cartero con el corazón en vilo cada vez que lo veía por la calle acercarse
a mi casa.
Coincidiendo con el cierre de la academia, terminó por finalizar aquel empeño tan infructuoso de dotarme de más
sapiencia. De nuevo redimido de la
falta de libertad, ahora podría dedicar
mis energías lo que restaba de mes a galantear si el objeto de mi amor se materializaba
como prometía.
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