sábado, 16 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXIII) Final


Cuadragésimo día

            El día que nos encontramos la acompañada su hermano. Un joven alto y con cara de no dejar pasar ni una. Nos saludamos y el hermano se entretuvo hablando con unos amigos. Yo no paraba de mirarlo de reojo. Temía que en de un momento a otro me levantara por mi camisa muy bien planchada de bolsillos con trinchas y me advirtiera de algo.

            Su sonrisa, el pelo, aquel desparpajo hablándome, me tenía cegado. La miraba y la miraba, y en un descuido me tocó con la mano el hombro y me dijo que para qué quería tantos bolsillos y que le gustaban. Me prometí a mí mismo nunca quitármela, dormir con ella puesta y cuando se deshiciera en pedazos buscarme otra camisa igual como el que se acoge a una orden monacal y viste un hábito para siempre.

            La romería a la ermita era a media noche. La dejarían ir acompañada de aquel severo guardián. Yo podría caminar junto a ella mientras que aquel policía de hermanas menores no observara ningún peligro viendo que yo la rondaba como un sabueso.

            Entre tanto, mis amigos habían planeado una subida iniciática como romeros. Se agenciaron una botella de ginebra y refrescos. Tomarían unos tragos y se lo pasarían de muerte. Aquello era algo así como echarle nitroglicerina a un seiscientos para que te llevara a dar un paseo por una campiña. El peligro de explosión era evidente.

            Esperándola en el paseo del pueblo con las órbitas de los ojos desencajadas de tanto mirar fuera a pasar y no verla entre tanto gentío, en esto que veo acercarse a mi pandilla muy alegre e inquieta. Mi primo portaba la botella de ginebra medio oculta por eso de que los niños estaba mal visto que bebieran. La  mirada vidriosa y una sonrisa mitad majadero mitad inconsciente delataba que la botella iría al menos por la mitad. En esto que apareció ella. Por un momento tuve la ensoñación de que venía sola. Su hermano, acompañado de la que sería su pareja, caminaba a unos pasos. El grupo de amigos, se comportó como se esperaba; si sobrios eran unos inconscientes, pimplados eran de vergüenza. Comenzaron a hacer morisquetas y darse besitos. Niñatos, dije. Los dejamos. Emprendimos la subida a la ermita por aquel sinuoso camino bajo la única luz que resplandecen los enamorados y que proviene de su nimbo de ventura.

            Pasada la mitad de la subida, cerca de las murallas que rodean el recinto donde está situada la ermita, ya atesoraba varios trofeos. Acercaba mi mano a la suya, y con el corazón a mil, la tomaba. Ella la apretaba y la soltaba, vaya que el guardia de vista nos pillase. El camino dejaba a un lado la Torre del Homenaje, vi con estupor como  estaban allí mis amigos encaramados como si defendiesen  aquel bastión de una horda enemiga que los apedreaba. La gente pasaba de largo porque no iba con ellos y temían recibir una pedrada. Pasé cerca con la desazón de que los abandonaba a su suerte.


            Pero yo me sentía otro ser  y quizá aquella dantesca escena estaba dispuesta para que me mirase en el espejo de semejantes irresponsables y hacerme sentir como alguien que ha pasado de la inmadurez a la madurez en la distancia de un kilómetro. Prefería estar con ella, reluciente, contándole toda una colección de magnificas aventuras para impresionarla; imaginándome un mañana juntos y sintiendo el desconsuelo de tener que cargar de por vida con aquel intransigente hermano al que no me atrevía a mirar a la cara vaya que leyese alguna aviesa intención en mi rostro.

            Y hasta aquí esta serie de “Lo que éramos”. Mi intención ha sido compartir con quien me haya leído cómo fue la infancia y a ser posible traerle gratos recuerdos de la suya.  La memoria es un ejercicio curioso; cuando evocas los recuerdos puedes hilvanar las historias y destacar, obviando los momentos tristes, al fin y al cabo,  que todas las personas con las que te relacionaste hicieron posible que la vida tuviera  el toque mágico de divertida comedia. Gracias.

2 comentarios:

  1. Todos perdemos con tu ausencia.
    Nos has hecho evocar etapas pasadas de nuestras vidas. Tú lo has hecho con fino sentido del humor, una depurada técnica de escritor y la dulce visión de un sabio.
    No tiene que ver la amistad que te profeso, sino la muy real y objetiva admiración.
    Te diría que tu pluma, está llamada a más grandes hazañas. Creo que tus capacidades, te obligan con el oficio de escribir

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  2. Opino que deberías de seguir, y que con tu traje de explorador guaperas qué bien me acuerdo, has despertado multitud de recuerdos y fotografías mentales que tengo tuyas.

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