Trigésimo cuarto día.
La
forma de aparecer mi primo en escena y cómo se trastocaba todo, cambiando el
orden y concierto de tu mundo de infancia al verte inmerso en algo que superaba
el juego predecible y sensato, era el resultado de una imaginación libre, sin
control de los adultos, que nunca veía
lo imposible, fundamentada en la base que la creatividad podía abordar cualquier
proyecto inundándolo de optimismo.
Así
fue como urdió montar un circo donde las actuaciones correrían a cargo de unos
pocos que haríamos de presentador, graciosos y con el número de adiestramiento
de perros a cargo de promotor del espectáculo. A falta de carpa, se escogió un
solar amplio del que aún quedaba los restos de una pequeña bodega excavada en la
montaña. Se hizo todo lo posible por anunciar el espectáculo en el que el
número principal correría a cargo de mi primo con sus asilvestrados perros. Mis
funciones eran más bien recaudatorias. El presentador también haría payasadas
para solaz del público. El precio de la entrada se estableció en dos reales,
cincuenta céntimos, una moneda que tenía un agujerito en el centro y que daba
para comprar cinco pequeños caramelos masticables o un polo de agua con anís.
Acudió
un nutrido número de niños y una niña con su hermano pequeño cogido de la mano.
A todos los unía el mismo afán: que su inversión monetaria se rentabilizara de
algún modo y dispuestos a no dejarse engañar. No todos pagaron. La taquilla fue
asaltada por los que no pensaron soltar la moneda y a cambio se ofrecieron para
alguna actuación. De este modo se fueron
incrementando las actuaciones, pero sin perder de vista que la principal eran
los perros salvajes que iban a ser domados por un furioso primo que veía como
el público no era respetuoso con los actores, ni siquiera los mismos actores se
respetaban entre ellos. Los empujones se sucedían por ofrecer lo más granado.
Ya salía el que bailaba un trompo con una punta de acero que rompía las losas,
el que tiraba piedras a un bote sin atinar ni una sola vez, el mismo que probó
con la navaja en un tablón y tampoco logro clavarla, otro que contó chistes
indecentes para semejante público… y así hasta que se llegó al número estelar.
Los perros estaban tan mosqueados como el público. Sus ladridos salían de la
caverna como si fuese de las profundidades de la tierra y se imponían al griterío
donde se entremezclaban las voces de
fraude y las reclamaciones de la devolución
de la entrada.
Mi
primo se había agenciado un palo y una cuerda que simulaba un látigo. Pidió
silencio. De un momento a otro retiraría los tablones de la cueva y saldría la
jauría para que la pusiera firme. Los perros tuvieron que presentir algo cuando
solo se escuchaban sus pasos como de tigres enjaulados. Quitó el tablón que
sostenía el falso portón, y los perros, medio ciegos, salieron en estampida
corriendo por el patio mientras el público se revolcaba de risa. El domador con
el palo y la cuerda intentaba disponer a las fieras en la zona delimitada de
pista. Quedaron sólo dos animales, el resto alcanzó la calle y se perdieron, a los
que les obligaba a sentarse, tumbarse y, el más difícil todavía, les metía la mano en sus hocicos arriesgándose
a un mordisco.
Terminado
el espectáculo, los dos perros se fueron calle abajo, se contó la recaudación y
a propuesta del domador, se compró un paquete de tabaco de la marca “Goya”,
porque según él teníamos lo justo. Parte del público se unió a la celebración.
Podría titularse: El Circo Cerberus, jje
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