Trigésimo séptimo día
(Continuación de las partes XVIII y XIX)
Cuando
se está en el centro del ojo del huracán
y ni siquiera te has enterado de las fuerzas que giran a tu alrededor porque sólo
ves la calma, hasta que una ligera brisa empieza a soplar y los nubarrones se
aproximan, es cuando comienzas a ponerte nervioso y a darte cuenta de que sólo
tienes un simple chubasquero para resguardarte de la que va a caer.
Mi
padre no me regañó por mi escapada con alevosía y nocturnidad a Málaga,
simplemente me planteó un horario de estudio, de aprovechamiento del
tiempo, de grilletes a una mesa donde él estaría trabajando confeccionando las
interminables listas del alumnado del colegio para cuando comenzara el curso.
Te vas a sentar a trabajar de cinco a siete de la tarde para repasar las matemáticas, me dijo, y no te levantarás,
sentenció. Asentí como si me hubiese dicho que acarrearía inmensas piedras
sobre mis espaldas a una cima, cosa que hubiera preferido, llegado el caso. Ni
siquiera se acordó de que la merienda caía en ese intervalo de tiempo.
El
viento huracanado vapuleaba mi vida veraniega. Días antes, iba por gusto a la
academia donde mi padre daba clase a los que se iban a examinar de reválida, la mayoría contumaces repetidores. La academia tenía una sección de mecanografía, con horario libre,
llegabas y si alguna máquina de escribir estaba desocupada, te ponías y
tecleabas siguiendo el Método Caballero que constaba de tres libros. El último,
cuando lo dominaras, te hacía merecedor de un diploma que demostraba la
excelencia en la cantidad de pulsaciones por minuto y ya podías aspirar a
trabajar en una gestoría bajo la luz de un fluorescente. Muchas veces cogí mi
manual de mecanógrafo y me sirvió de coartada para perderme con mis amigos.
A
partir de aquel día acompañaría a mi padre de nueve a doce. Era la reeducación
del réprobo por antonomasia. Estaba claro que sabía lo que hacía: impediría que
me convirtiera en un tonto por desuso. Todos aquellos deseos de la libertad, de
calle, de juegos y de amigos, me los iban a templar con conocimientos
dispuestos en horarios carcelarios.
Las
mañanas fueron llevaderas. Escribir a máquina, levantándote cada vez que
querías, echando competiciones a ver quién terminaba antes un párrafo con menos
errores, metiéndote en las conversaciones de los alumnos veteranos que salían a fumar al
patio como uno más, era divertido. Por la tarde, después de que escuchara las
voces para que me sentase de una vez a trabajar, allí empezaba mi penitencia
frente a un manual de matemáticas que iba desde la aritmética al cálculo
infinitesimal. Frente a él me sentía como el que coge un mapa, señala su
vivienda perdida en un pueblo y traza una línea viajera hasta Tasmania
obligándo a memorizar los nombres de los ríos, ciudades, montañas, valles… por
los que pasa. Cada lección traía una relación de ejercicios graduados en
dificultad que iban de lo difícil con apariencia de sencillo a lo
incognoscible. Los atascos en la resolución cuando me ponía le habrían puesto los pelos de punta al
pedagogo más confiado en el potencial de los niños. Mi padre perdía la
paciencia repitiéndome que el mínimo común múltiplo eran los comunes y no
comunes con mayor exponente. Al día siguiente vuelta a empezar.
Sólo
me salvaba la voz de mi madre cuando me llamaba para merendar. Subía las
escaleras y lo que nunca había hecho antes, masticaba el bocadillo hasta la
última miga con parsimonia y mirando como las manecillas del reloj apenas
avanzaban. Bajaba otra vez a sentarme como un galeote. Apenas ya quedaba tiempo
para nada. Recogía los pertrechos de trabajo, colocaba el tocho matemático en
el estante, y volvía a escuchar la voz de mi padre al advertirme que mañana
tardara menos en merendar porque había aprovechado muy poco el tiempo.
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