Trigésimo séptimo día
(Continuación de la parte XVIII)
Lo
irracional debería ser del mundo de los sueños. Cuando desperté en el piso de
estudiantes, creía estar en casa, porque el sol había salido por donde
correspondía, los pájaros trinaban… En cambio, en aquel dormitorio cuartelero,
con una mesita de noche llena de quemaduras de cigarro, un calcetín asomando
debajo de una silla y los extraños ruidos que se escuchaban por las paredes y
que venían de la calle, me indicaba que todo lo irracional de aquella aventura
se había metido por una grieta de la realidad al mundo racional, al real. Y en
el real la situación no pintaba nada bien.
De
camino al pueblo, el guardia no paraba de contar hechos heroicos. Varias
menciones honoríficas daban prueba de su participación en la detención de
peligrosos delincuentes. El hermano, sentado delante, con la mejilla todavía roja,
lo miraba con admiración. A mí, entre las palabras del agente, se colaban las
frases de mi madre que me iba a gritar cuando entrara por la puerta de mi casa.
El cristal de la ventanilla, donde se reflejaba mi rostro, me devolvía una
expresión que no era la mía, era la de mi otro yo asintiendo a los funestos
pensamientos y las terribles consecuencias que me esperaban. Aquel otro me bisbiseaba
que mi padre en aquel justo momento estaría descargando su ira aporreando la
máquina de escribir mientras urdía el castigo. Entre tanto, mi madre estaría
entretenida afilando la zapatilla para zurrarme.
A
mi primo todo aquello le traía al fresco, salvo el hambre. No paraba de decir lo
que pensaba comer cuando llegara, como si su familia lo fuese a recibir con una
comilona para celebrar su regreso, un festín de manjares. Como si flotara, al bajarme
del coche sentí que mis pies no tocaban el suelo. Tanta era la tensión en mi
cabeza que la sangre no me llegaba a las extremidades.
En
las calles del pueblo, cojeando porque no podía apoyar bien el pie derecho en
el suelo por culpa del agujero en la suela, la imagen que daba era la de un
muchacho sin energías para soportar el peso de su cuerpo y que por su fisonomía
más bien parecía que había escapado de la mansión de los horrores, cuando ocurría todo
lo contrario, me dirigía a ella por la sencilla razón de que aún no estaba despedazado.
Mientras
cavilaba que no me hubiera importado que me hubiesen secuestrado para llevarme
a una isla, abandonado, donde pudiera empezar una vida desde cero, la salvación
llegó de la mano de mi abuela que salía de casa y nada más verme me dijo que me
fuera con ella hasta que todo pasara. Respiré. ¿Quién ha dicho que el cielo no se
abre para los infelices?
Estuve
dos días en su casa, a pocos metros de la mía, como un exiliado en un país
extranjero, hasta que las ganas de ajusticiarme se fueron debilitando. En mi
familia, como en muchas, con paciencia y evitando la visibilidad, la tensión se
iba liberando en otros asuntos y pendencias. Ventaja que había aprendido a
aprovechar como el cazador cuando espera que su presa esté más despistada para
abatirla, fui incorporándome a la vida deslizándome como una sombra, huyendo de
mi padre antes de que reparara en mi presencia y con todos los sentidos en
alerta. Aquella quietud tampoco presagiaba nada bueno.
Poco a poco uno va entrando en una nueva época de la tradicional picaresca española. Aquí el personaje no tiene la maldad que da el hambre, pero tiene la gracia espontánea del chiquillo que vive intensamente su momento. Sin despreciar la aventura se ve el fondo de una buena moral.
ResponderEliminarQuizás alguna pincelada del entorno, para encuadrar la obra en espacio y tiempo, y, tenemos una obra maestra.
Me ha encantado
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