Trigésimo sexto día
Por
qué una idea peregrina, que minutos antes era una suposición, pasa el plano
ejecutivo y te ves en un coche en dirección a Málaga haciendo autostop. Y sí, que vale, a Málaga. Qué más daba, si
alguien se ofrecía para llevarte, por qué no, alguien también te traería de
regreso.
Así
fue como mi primo, un amigo y yo terminamos bajándonos en Ciudad Jardín sobre
las doce de la mañana. Una hora antes caminábamos por el arcén de la carretera
extendiendo el brazo como gracia, hasta
que un vehículo se detuvo. El conductor nos dijo que se dirigía a Málaga, nos
miramos y arriba. Una aventura, una formidable aventura nos esperaba.
No
íbamos desamparados del todo, porque una hermana y un hermano de mi primo
compartían un piso con más estudiantes en El Ejido. El plan era el siguiente:
deambularíamos por Málaga, iríamos al piso a comer porque el dinero no era
suficiente ni para coger el autobús de línea de regreso al pueblo, y nos
pondríamos a hacer otra vez autostop para regresar a casa donde nadie
sospecharía de mis andanzas.
Ni
cien nómadas del desierto en cien camellos, habrían caminado más que nosotros
aquel día. Cuando pisamos el suelo de Málaga, comenzamos a caminar en dirección
al centro de la ciudad. De sobra se sabe el atractivo que tienen los barcos en
los muchachos de interior. Desde Ciudad Jardín fuimos al puerto. Después de
marinarnos, hambrientos y sin apenas dinero, nos fuimos al piso de estudiantes.
Allí las penurias se masticaban. Como buenos anfitriones, estábamos de suerte porque
varios de los inquilinos estaban ausentes y el condumio se hacía para todos. Nos sentamos
a la mesa. Para aquel día el plato principal era hamburguesa con pan, escasas
patatas y una naranja. Entré en la cocina cuando vi como el cocinero recortaba
cada hamburguesa haciéndola del tamaño de una Hostia. Los recortes se los
zampaba allí mismo. Se sirvieron los platos y la sobremesa no se hizo esperar.
Tuve
una agorera premonición. Mis padres me habrían echado de menos a la hora del
almuerzo por lo que salí para llamar en una cabina. Papá, que estoy en Villanueva
de Tapias con mi amigo L., le dije. Mentira, te has ido a Málaga, contestó mi
padre. Que mis padres siempre fuesen unos pasos por delante de mí es algo que
escapaba a mi comprensión, pero en aquel momento no me preocupó tanto cómo se
habían enterado, sino que a partir de aquel día tenían otro motivo más para
desconfiar de un hijo tan malvado. Regresé al piso y les dije que nos fuéramos
deprisa, a ver si evitaba lograba disminuir las consecuencias mi escapada.
Otra
tremenda caminata, y para nada. Estuvimos el tiempo llamando la atención de lo
conductores hasta que nos dimos por
vencidos. Fuimos a la gasolinera de La Tana y nos invitaron a que nos largásemos. ¿Quién iba
coger a tres zagales a la salida de una ciudad? Descorazonados, la única
solución era ir a ver al hermano del amigo, guardia civil en El Palo, a otra
distancia kilométrica, y rogarle por Dios que nos llevara al pueblo. Perdimos
la noción de lo que llevábamos andado y el tiempo; quizá le estuviésemos dando
la vuelta a la provincia. Cuando nos plantamos en la puerta del cuartel lo
primero que hizo el guardia civil cuando salió a recibirnos fue darle un
guantazo a su hermano y decirle que pensaba matarlo allí mismo. Mi primo y yo
nos miramos aterrados. Mientras el amigo se tocaba la mejilla enrojecida, el
guardia nos miraba. Los dos con el brazo preparado por si había que parar el
golpe, después de nuestras súplicas, lo escuchamos decir:
-Bien, esto es lo que vamos a hacer. Mi hermano se
queda conmigo y ustedes, él ya sabía lo del piso de estudiantes, os marcháis al
piso a dormir. Mañana os llevaré al pueblo.
Tuvo
la compasión de dejarnos en el centro de Málaga. Cuando llegamos al piso la
cena ya había concluido. Mi primo y yo nos comimos un salchichón que alguien
tenía escondido. Al quitarme los zapatos para dormir, descubrí que tenía la
suela perforada. Aquel ominoso agujero me intranquilizó por lo que me depararía
el día siguiente.
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