jueves, 7 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVIII)


Trigésimo sexto día

            Por qué una idea peregrina, que minutos antes era una suposición, pasa el plano ejecutivo y te ves en un coche en dirección a Málaga haciendo autostop.  Y sí, que vale, a Málaga. Qué más daba, si alguien se ofrecía para llevarte, por qué no, alguien también te traería de regreso.

            Así fue como mi primo, un amigo y yo terminamos bajándonos en Ciudad Jardín sobre las doce de la mañana. Una hora antes caminábamos por el arcén de la carretera extendiendo  el brazo como gracia, hasta que un vehículo se detuvo. El conductor nos dijo que se dirigía a Málaga, nos miramos y arriba. Una aventura, una formidable aventura nos esperaba.

            No íbamos desamparados del todo, porque una hermana y un hermano de mi primo compartían un piso con más estudiantes en El Ejido. El plan era el siguiente: deambularíamos por Málaga, iríamos al piso a comer porque el dinero no era suficiente ni para coger el autobús de línea de regreso al pueblo, y nos pondríamos a hacer otra vez autostop para regresar a casa donde nadie sospecharía de mis andanzas.

            Ni cien nómadas del desierto en cien camellos, habrían caminado más que nosotros aquel día. Cuando pisamos el suelo de Málaga, comenzamos a caminar en dirección al centro de la ciudad. De sobra se sabe el atractivo que tienen los barcos en los muchachos de interior. Desde Ciudad Jardín fuimos al puerto. Después de marinarnos, hambrientos y sin apenas dinero, nos fuimos al piso de estudiantes. Allí las penurias se masticaban. Como buenos anfitriones, estábamos de suerte porque varios de los inquilinos estaban ausentes y  el condumio se hacía para todos. Nos sentamos a la mesa. Para aquel día el plato principal era hamburguesa con pan, escasas patatas y una naranja. Entré en la cocina cuando vi como el cocinero recortaba cada hamburguesa haciéndola del tamaño de una Hostia. Los recortes se los zampaba allí mismo. Se sirvieron los platos y la sobremesa no se hizo esperar.

            Tuve una agorera premonición. Mis padres me habrían echado de menos a la hora del almuerzo por lo que salí para llamar en una cabina. Papá, que estoy en Villanueva de Tapias con mi amigo L., le dije. Mentira, te has ido a Málaga, contestó mi padre. Que mis padres siempre fuesen unos pasos por delante de mí es algo que escapaba a mi comprensión, pero en aquel momento no me preocupó tanto cómo se habían enterado, sino que a partir de aquel día tenían otro motivo más para desconfiar de un hijo tan malvado. Regresé al piso y les dije que nos fuéramos deprisa, a ver si evitaba lograba disminuir las consecuencias mi escapada.

            Otra tremenda caminata, y para nada. Estuvimos el tiempo llamando la atención de lo conductores  hasta que nos dimos por vencidos. Fuimos a la gasolinera de La Tana y  nos invitaron a que nos largásemos. ¿Quién iba coger a tres zagales a la salida de una ciudad? Descorazonados, la única solución era ir a ver al hermano del amigo, guardia civil en El Palo, a otra distancia kilométrica, y rogarle por Dios que nos llevara al pueblo. Perdimos la noción de lo que llevábamos andado y el tiempo; quizá le estuviésemos dando la vuelta a la provincia. Cuando nos plantamos en la puerta del cuartel lo primero que hizo el guardia civil cuando salió a recibirnos fue darle un guantazo a su hermano y decirle que pensaba matarlo allí mismo. Mi primo y yo nos miramos aterrados. Mientras el amigo se tocaba la mejilla enrojecida, el guardia nos miraba. Los dos con el brazo preparado por si había que parar el golpe, después de nuestras súplicas, lo escuchamos decir:

-Bien, esto es lo que vamos a hacer. Mi hermano se queda conmigo y ustedes, él ya sabía lo del piso de estudiantes, os marcháis al piso a dormir. Mañana os llevaré al pueblo.

            Tuvo la compasión de dejarnos en el centro de Málaga. Cuando llegamos al piso la cena ya había concluido. Mi primo y yo nos comimos un salchichón que alguien tenía escondido. Al quitarme los zapatos para dormir, descubrí que tenía la suela perforada. Aquel ominoso agujero me intranquilizó por lo que me depararía el día siguiente.

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