Decimocuarto
día
Cuando la historia personal está desequilibrada
y se cruza con la historia general que anda trastornada, es seguro que se distorsione aún
más. Es como si uno fuera un aparato de
radio y dejara de sintonizar bien las emisoras, porque las ondas que nos llegan
del exterior viene crepitando y en nuestra visión se forman aquellas rayas que
veíamos de niños en los televisores cuando la antena, no se
sabe cómo, perdía la señal.
Ayer, desde una ventana, vi a los
legionarios haciendo ronda por el parque. Tranquilos y desarmados, como si
estuviesen esperando a desfilar en una procesión de Semana Santa. Que el
ejército esté en la calle es algo que puede parecer pintoresco, pero no deja de
ser alarmante. Imagino que los militares han supuesto ya escenarios
catastrofistas: motines, revueltas, vandalismo… y no quieren que los pillen con
las manos en los bolsillos. Ahora todos somos muy proclives a plantearnos
distopías. Tenemos una gran cultura cinéfila en las mismas. Me ha parecido algo
curioso en el cine de Hollywood en una situación apocalíptica, las repetidas
escenas de una turbamulta asalta un comercio
de electrodomésticos y arrampla con los televisores. La muchedumbre sale con
las cajas y corre entre cascotes, coches incendiados, edificios en llamas;
todos tienen la sensación de que el mundo se acaba, y ellos, venga, a por la
ganga. La idea de que el mundo se va al traste y hay que salvar la tele tiene
que tener motivaciones más profundas que no alcanzo a comprender.
Todos y cada uno de nosotros nos
vemos como si anduviéramos buscando una infinidad de santos Griales por el empeño y las energías
que gastamos. Somos los modernos hiperactivos Indiana Jones y todos los
obstáculos en nuestras aventuras son los malvados nazis que nos obstaculizan en
el frenesí de alcanzarlos. Ya de noche, cuando me dedico a la eutrapelia, al
disfrute moderado, abro la portezuela del lugar donde en casa guardamos los
restos de bebidas que se compraron para Navidad y de las que, mira por dónde, me
he vuelto a acordar para autoinvitarme a una eutrapélica copichuela que me
lleve a la cama con el optimismo de que estoy a una cuarta de mano de conseguir
alguno. Así, hasta que acabe con todas las reservas y la próxima Navidad
empecemos de cero.
¿Pero dónde estás?. Me ha costado el seguirte y he tenido que tomar un vademecum de ansiolíticos para mantenerme sereno. Me levanto muy temprano, me asomo al balcón y gozo de un silencio en mi pueblo que nunca había sentido. Luego oriento mi día al contacto humano con mi mujer, los libros, la estática y ya está. He entrado en el nihilismo. No me pregunto ni pregunto nada.
ResponderEliminarDaré positivo en agua del grifo.
Llegaré a la noche agotado de hacer pero de casi no pensar.
Y ni siquiera maldeciré a los insustanciales que aparecen por la televisión