Duodécimo
día
Muchos de nosotros somos hipersensibles a los más leves cambios atmosféricos, a la efervescencia de las plantas en primavera, a los ronchones de los mosquitos, al ruido del ambiente, al olor del gasoil, al apretujamiento en los autobuses, a la fina capa de polvo que vemos en el salpicadero del coche… capaces de oír los ecos del Big Bang viajando por el espacio. En fin, un rosario de incomodidades que convierten la vida en un espionaje de todo lo que nos pueda resultar molesto. Una turba de maniáticos a los que ya lo único que les faltaba era una plaga semejante para ponernos más histéricos estando encerrados como el Conde de Montecristo a la espera de que la libertad llegue pronto.
Varios amigos coinciden que
cuando salen a la compra van con pavor. Caminan desconfiando de todo cuanto tocan y si
se les acerca alguien están dispuestos a marcarle la distancia con una pica de
las que utilizaban los Tercios de Flandes. También, me cuentan, que cuando llegan a casa, a la más mínima tos o carraspera presienten
que el virus está ya aposentado en su organismo dedicado a su nefasta empresa y
pasan gran parte del tiempo escuchando los rumores que destilan diversas partes
de su organismo, hasta que agotados piensan que lo que tenga que ser, será.
Ahora, cuando caminamos por las
sombras del pasado, cuando apenas sabemos cómo la humanidad se las ingeniaba
para sobrevivir sin tantos recursos, porque ya no nos interesa la Historia;
ahora, es cuando tenemos una mayor ignorancia de quiénes somos. Imagino que
cuando la humanidad creía en un noventa y nueve por ciento que la Tierra era
plana, tendrían preocupaciones semejantes, porque siempre hemos sido los
mismos, con las mismas preguntas, miedos e igual de ignorantes en lo fundamental, por mucho conocimientos que hayamos alcanzado. (Alguien puede
decirme que este párrafo se ha quedado bastante cojo, pues le invito a que lo complete.
Uno de mis propósitos es no hablar de religión y decir que muchas respuestas que
el hombre del pasado tenía fácil y a mano era por su fe en sus dioses).
Ya no sé si llevo un rato, un día,
un mes encerrado. Sé que fuera el tiempo continúa. La naturaleza sigue con su ciclo
de renacimiento y vida, que el sol sale después de la noche, que Venus resplandecerá
al anochecer con su eterno día de un año, que los días son cada vez más largos; también, que andamos perdidos en un laberinto de amor y pena, de energía y desgana, de
confianza y miedo. Nada nuevo.
Hemos perdido la cara a algo tan real, tan humano como la muerte. Nos creemos eternos y solo la vida nos ocupa.
ResponderEliminarEn las pandemias, pestes y hambrunas de la antigüedad, o de no hace tantísimos años, las poblaciones se diezmaban. Desaparecían ciudades enteras.
Hoy una sola muerte provoca el pánico colectivo.
Me duele cada persona y cada familia que ha perdido un ser querido. No frívolizo con la muerte y el dolor, pero somos mortales y la parca nos acompaña desde la cuna.
Somos siempre los mismos, y mientras haya un humano sobre la faz de la tierra, será el mismo de todos los tiempos, por mucho que cada vez que se nazca se empiece con la memoria a cero. Las desgracias y el sufrimiento fue, es y será siempre lo más abundante, y la lucha por minorizarlo, la tarea principal.
ResponderEliminarEl hombre lleva milenios levantando una barrera frente a la naturaleza. Construimos estos monstruos de sociedades, de ciudades, de países, con el fin último de la pervivencia del símbolo, el símbolo humano. Desarrollamos todo tipo de tecnologías que nos parapetan sobre atalayas para defender al símbolo. Toda esa modificación de la naturaleza lo que busca, lo que persigue es: la defensa del símbolo, su cuidado, su protección, su crecimiento, el símbolo no tiene que ser natural, a veces es antinatural, otras no. El símbolo ha acompañado a los humanos cientos de miles de años. Los humanos y el símbolo se han convertido en inseparables. Somos los pastores de los símbolos, buenos y malos..
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