Decimosexto
día
No ha dejado de llover en toda la
noche. Esta mañana nos despertamos sobresaltados porque escuchamos llamar el
timbre. Eran las diez de la mañana y aún permanecíamos dormidos. Salí del
dormitorio como alguien que huye de algo y pone todo su empeño en salvarse. A
través de la mirilla, no vi nada, lo cual me hizo pensar que alguien estaría
intentando evitar aparecer en mí campo de visión y tramando algo. Mi mente
empezó a fantasear que nada bueno podía ser. Abrí con mucha precaución y allí
estaba en el suelo: un paquete de Amazón, mojado. El repartidor ya se había marchado.
No quiero ponerme machadiano con eso
de la lluvia tras los cristales, pero es que no hay otra. Llueve y
afortunadamente lo veo tras los cristales. Tampoco me agrada que una pareja
vaya caminando deprisa tapándose con paraguas, casi seguro en dirección al
hospital.
En
el parque hay un solitario hombre con su perro. Él se guarece de la lluvia
con un paraguas, mientras el perro está calándose hasta los huesos.
Hago
un esfuerzo por construir frases largas y resplandecientes, con sus sujetos y
complementos, atendiendo a la puntuación, obedeciendo la gramática y la sintaxis en lo que doy de
sí, y siento, cuando no me sale lo que
quiero expresar, como si algo se estuviese enroscando en mi mente deglutiendo
las pocas expresiones que produzco. Es
como si un viento interior, el mismo que escuchas en los desapacibles días como hoy, aventase las palabras en remolinos sin orden ni estructura alguna y yo,
sin apenas fuerzas, tuviera que salir tras ellas para organizarlas y asentarlas
en el cuaderno.
A medida que transcurren los días, y este
propósito, sin ninguna duda, altruista y
encomiable, de dar cuenta en el blog con una sencilla crónica de cuanto
siento y pienso, veo preocupado, cómo me crecen los textos poco concordantes y
mestizos, sin hilazón alguna y desperdigados como niños en un patio de recreo. El resultado se podría considerar como óptimo, siempre que un batiburrillo de escritos eclécticos y disonantes, llenos de palabras
altisonantes, como las que acabo de poner, al propio autor no se les resquebrajara la conciencia de que podía poner más leña en el asador.
Ya
está haciendo falta salir y empaparme de realidad, como hoy el perro en el
parque.
Empápate viene bien, cómo yo hoy en la cola del Mercadona para estar luego al lado de veinte en la misma estantería. Empápate pero de lluvia
ResponderEliminarJajaja
ResponderEliminarDebe ser muy duro el oficio de escribir. Hay que unir dos extremos y hacerlo con veracidad, autenticidad y generosidad. Por un lado está lo que uno tiene y quiere comunicar y por otro los intereses intelectuales y estéticos del lector. Que ambos coincidan en la afinidad, complicidad y tiempo debe ser muy difícil. Así que posiblemente sea mejor comenzar con una hoja en blanco, un boli algunas ideas y dejarse ir. Si escribir se convierte en un suplicio no sirve. Aunque sí vale el esfuerzo de hacer algo nuevo. Es como alumbrar, como un parir.
ResponderEliminarAbro la ventana para oír la lluvia. Mi calle es un pequeño río. Tanta sequía me atemorizaba. Ahora tenemos virus, pero también frescura y humedad.
Genial.
ResponderEliminarLa verdad José Manuel, y mirando el lado positivo de la situación, estos son los mejores momentos para realizar una labor de introspección y conocernos mejor a nosotros mismos.
ResponderEliminarSe pone a prueba nuestra capacidad de vivir aislados y cómo superarlo. También se examina nuestro límite de empatía con otras personas que, o bien no lo están pasando bien por falta de recursos, o bien porque ellas mismas son el recurso para nuestra existencia.
Por otro lado, que hablar de la naturaleza. Nos damos cuenta del ejercicio de irresponsabilidad que llevamos haciendo, al ser humano me refiero desde la revolución industrial.
Pero, sobre todo, y aludiendo a mi pasión favorita, que es la música, y al estribillo de una canción que me gusta mucho, LAS COSAS MÁS TRIVIALES SE VUELVEN FUNDAMENTALES.
Buenos días y buena suerte.