jueves, 26 de marzo de 2020

Undécimo día



Undécimo día

            Hablo con mi primo. Su tos entrecorta la conversación y me cuenta que llamó al teléfono para ver si estaba infectado. Le atendió una máquina, según sus propias palabras. La máquina después de varias preguntas le diagnosticó un simple resfriado y le aconsejó que si se sentía peor que  llamase a su médico de cabecera. Cuando colgó, me lo imagino, frunciendo  el ceño y rascándose la cabeza, al saber que una máquina velaba por su salud.

            Mira por donde los humanos nos encontramos en esa encrucijada donde el ayer no significa nada y sospechamos que nos va a servir muy poco para construir el mañana. El carácter efímero que le hemos otorgado a todo, como esas fotos que se hacen y pierden su valor al día siguiente por mucho que se posteen (dudo de que exista el verbo postear), cargándonos de impresiones que van a la papelera de nuestra conciencia nada más entrarnos, nos están dejando las conexiones nerviosas enganchadas a continuos estímulos. Expuestos a una información tan contradictoria que nuestra mente no deja de formar un batiburrillo de imágenes, de dictados  y personajes, por lo que no me extrañaría que por mi cerebro anduviese ya mismo Darlh Vader con su espada láser dándome indicaciones de cómo erradicar la pandemia.

            Con otro amigo he quedado en recordar todo los motes de los colegas con los que salíamos en bicicleta. No es que lo hiciéramos con ganas de menospreciar a nadie, es que los dos debemos padecer un singular defecto de no acordarnos de los nombres y en cambio no olvidábamos nunca el apodo; como eran tantos y nos veíamos sólo los fines de semana, es fácil de entender. Además, había muchos Pacos y hubiera sido excesivo acordarse también del apellido. Según tengo entendido es un recurso memorístico para ejercitarse en el recuerdo: asociar una característica llamativa de la persona a como le pusieron en la pila bautismal para facilitar la evocación. Yo lo he practicado y al final sólo me quedo con el sobrenombre. La lista tampoco la hemos podido hacer larga. ¡Válgame Dios, también los alias se olvidan! Así, con gran esfuerzo, sólo no hemos acordado de Stoichkov, que en la primera salida nos llamó endebles archidoneses, el Bimbo, Molondrón, Alcaudón y su hermano Alcaudón Real, el terrible Matapobres que te apretaba cuando te veía flojear para dejarte tirado: el Almorranas, porque un día se quejó de las mismas y su mujer Claudia Schiffer, que no salía en bicicleta pero ya puestos a motear; el Belga venido a menos, por su parecido con un famoso ciclista de nacionalidad belga; el Perkins, dueño de un taller donde arreglaban camiones con motores Perkins y por último, Treinta y Siete Quintos, dado que era capaz él solo de beberse una caja de treinta quintos de cerveza, más siete de regalo.

4 comentarios:

  1. Jje..el matapobres afilaba su hacha contra el asfalto desprendiendo chispas aceradas cual Mad Max de la lycra y el bidón de isostar

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  2. Al hilo de los motes de tus amigos ciclistas, en estos días de Pleita, he hecho memoria de nombres archidoneses de cotijos y parajes, que más que nombres son motes y además casi todos compuestos. Paso a decir los que he memorizado.
    Cortijos famosos: NO HAY.TEAS ROBAS. SARTEN ROTA. MIRA BOBOS. PILLA POCAS. POCO CUNDE. LA MÁS MELLA. LA PIMPANA. LOS APUROS. HUERTA LOS FRAILES y seguro que más por ese estilo pero que ahora mismo no se me vienen a la mente.
    Algunos parajes archidoneses:PAN SECO. MATA PROBES. ROA HUEVOS..

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    1. El nombre era por alguna característica singular de sus dueños posiblemente.

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