viernes, 8 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XIX)


Trigésimo séptimo día

(Continuación de la parte XVIII)

            Lo irracional debería ser del mundo de los sueños. Cuando desperté en el piso de estudiantes, creía estar en casa, porque el sol había salido por donde correspondía, los pájaros trinaban… En cambio, en aquel dormitorio cuartelero, con una mesita de noche llena de quemaduras de cigarro, un calcetín asomando debajo de una silla y los extraños ruidos que se escuchaban por las paredes y que venían de la calle, me indicaba que todo lo irracional de aquella aventura se había metido por una grieta de la realidad al mundo racional, al real. Y en el real la situación no pintaba nada bien.

            De camino al pueblo, el guardia no paraba de contar hechos heroicos. Varias menciones honoríficas daban prueba de su participación en la detención de peligrosos delincuentes. El hermano, sentado delante, con la mejilla todavía roja, lo miraba con admiración. A mí, entre las palabras del agente, se colaban las frases de mi madre que me iba a gritar cuando entrara por la puerta de mi casa. El cristal de la ventanilla, donde se reflejaba mi rostro, me devolvía una expresión que no era la mía, era la de mi otro yo asintiendo a los funestos pensamientos y las terribles consecuencias que me esperaban. Aquel otro me bisbiseaba que mi padre en aquel justo momento estaría descargando su ira aporreando la máquina de escribir mientras urdía el castigo. Entre tanto, mi madre estaría entretenida afilando la zapatilla para zurrarme.

            A mi primo todo aquello le traía al fresco, salvo el hambre. No paraba de decir lo que pensaba comer cuando llegara, como si su familia lo fuese a recibir con una comilona para celebrar su regreso, un festín de manjares. Como si flotara, al bajarme del coche sentí que mis pies no tocaban el suelo. Tanta era la tensión en mi cabeza que la sangre no me llegaba a las extremidades.

            En las calles del pueblo, cojeando porque no podía apoyar bien el pie derecho en el suelo por culpa del agujero en la suela, la imagen que daba era la de un muchacho sin energías para soportar el peso de su cuerpo y que por su fisonomía más bien parecía que había escapado de la mansión de los horrores, cuando ocurría todo lo contrario, me dirigía a ella por la sencilla razón de que aún no estaba despedazado.

            Mientras cavilaba que no me hubiera importado que me hubiesen secuestrado para llevarme a una isla, abandonado, donde pudiera empezar una vida desde cero, la salvación llegó de la mano de mi abuela que salía de casa y nada más verme me dijo que me fuera con ella hasta que todo pasara. Respiré. ¿Quién ha dicho que el cielo no se abre para los infelices?

            Estuve dos días en su casa, a pocos metros de la mía, como un exiliado en un país extranjero, hasta que las ganas de ajusticiarme se fueron debilitando. En mi familia, como en muchas, con paciencia y evitando la visibilidad, la tensión se iba liberando en otros asuntos y pendencias. Ventaja que había aprendido a aprovechar como el cazador cuando espera que su presa esté más despistada para abatirla, fui incorporándome a la vida deslizándome como una sombra, huyendo de mi padre antes de que reparara en mi presencia y con todos los sentidos en alerta. Aquella quietud tampoco presagiaba nada bueno.

2 comentarios:

  1. Poco a poco uno va entrando en una nueva época de la tradicional picaresca española. Aquí el personaje no tiene la maldad que da el hambre, pero tiene la gracia espontánea del chiquillo que vive intensamente su momento. Sin despreciar la aventura se ve el fondo de una buena moral.
    Quizás alguna pincelada del entorno, para encuadrar la obra en espacio y tiempo, y, tenemos una obra maestra.

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