sábado, 2 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVI)


Trigésimo cuarto día.


            La forma de aparecer mi primo en escena y cómo se trastocaba todo, cambiando el orden y concierto de tu mundo de infancia al verte inmerso en algo que superaba el juego predecible y sensato, era el resultado de una imaginación libre, sin control de los adultos,  que nunca veía lo imposible, fundamentada en la base que la creatividad podía abordar cualquier proyecto inundándolo de optimismo.

            Así fue como urdió montar un circo donde las actuaciones correrían a cargo de unos pocos que haríamos de presentador, graciosos y con el número de adiestramiento de perros a cargo de promotor del espectáculo. A falta de carpa, se escogió un solar amplio del que aún quedaba los restos de una pequeña bodega excavada en la montaña. Se hizo todo lo posible por anunciar el espectáculo en el que el número principal correría a cargo de mi primo con sus asilvestrados perros. Mis funciones eran más bien recaudatorias. El presentador también haría payasadas para solaz del público. El precio de la entrada se estableció en dos reales, cincuenta céntimos, una moneda que tenía un agujerito en el centro y que daba para comprar cinco pequeños caramelos masticables o un polo de agua con anís.

            Acudió un nutrido número de niños y una niña con su hermano pequeño cogido de la mano. A todos los unía el mismo afán: que su inversión monetaria se rentabilizara de algún modo y dispuestos a no dejarse engañar. No todos pagaron. La taquilla fue asaltada por los que no pensaron soltar la moneda y a cambio se ofrecieron para alguna actuación.  De este modo se fueron incrementando las actuaciones, pero sin perder de vista que la principal eran los perros salvajes que iban a ser domados por un furioso primo que veía como el público no era respetuoso con los actores, ni siquiera los mismos actores se respetaban entre ellos. Los empujones se sucedían por ofrecer lo más granado. Ya salía el que bailaba un trompo con una punta de acero que rompía las losas, el que tiraba piedras a un bote sin atinar ni una sola vez, el mismo que probó con la navaja en un tablón y tampoco logro clavarla, otro que contó chistes indecentes para semejante público… y así hasta que se llegó al número estelar. Los perros estaban tan mosqueados como el público. Sus ladridos salían de la caverna como si fuese de las profundidades de la tierra y se imponían al griterío donde se entremezclaban las  voces de fraude  y las reclamaciones de la devolución de la entrada.

            Mi primo se había agenciado un palo y una cuerda que simulaba un látigo. Pidió silencio. De un momento a otro retiraría los tablones de la cueva y saldría la jauría para que la pusiera firme. Los perros tuvieron que presentir algo cuando solo se escuchaban sus pasos como de tigres enjaulados. Quitó el tablón que sostenía el falso portón, y los perros, medio ciegos, salieron en estampida corriendo por el patio mientras el público se revolcaba de risa. El domador con el palo y la cuerda intentaba disponer a las fieras en la zona delimitada de pista. Quedaron sólo dos animales, el resto alcanzó la calle y se perdieron, a los que les obligaba a sentarse, tumbarse y, el más difícil todavía,  les metía la mano en sus hocicos arriesgándose a un mordisco.

            Terminado el espectáculo, los dos perros se fueron calle abajo, se contó la recaudación y a propuesta del domador, se compró un paquete de tabaco de la marca “Goya”, porque según él teníamos lo justo. Parte del público se unió a la celebración.

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