domingo, 3 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVII)


Trigésimo quinto día

            Cualquier persona mayor que te cruzaras cuando íbamos de expedición por el campo intuía que no tramábamos nada bueno, por lo que siempre evitábamos ser vistos, tanto a la ida, que todavía llevábamos las manos vacías, o a la vuelta, cuando volvíamos con el botín. Además, el mundo era más pequeño que ahora. Todo el mundo se conocía, y como ya conté en otra  de esta saga de anécdotas, las noticias llegaban a tus padres antes de que entraras por la puerta de tu casa.

            Mi primo y yo teníamos pasión por los palomas zuritas, no la bravía, dócil y acomodaticia a la vida holgada en parques y tejados de los pueblos. Una especie silvestre, más fina, gustosa de vivir en libertad, en los cortijos abandonados, en las ruinosas murallas o en los tajos. Sus irisaciones verdes y púrpuras del cuello, las pinceladas rosas en el pecho como si se le hubiese derramado pintura y el pico rojo y amarillo, la convertían en una dama o señor de la mejor alcurnia.

            Nos pusimos en marcha. El cortijo abandonado estaba a varios kilómetros. Habíamos pasado junto a él en alguna ocasión y teníamos claro que iríamos a por una remesa de palomos. Soñábamos con fabricarnos nuestro propio palomar, construírselo con cuatro maderas, colgándolo de una pared y disfrutar de la belleza de sus vuelos por el cielo del pueblo viendo como regresaban agradecidos a su nueva y cómoda casa donde tendrían trigo y agua. 
 
            Los palomos entraban y salían por un agujero en la techumbre en la parte trasera del cortijo. Saltamos la tapia a un patio con dos cabras que nos observaron. Tenían las ubres llenas y no muy lejos estaba el cubo del ordeño. Visto y no visto, mi primo se abalanzó y agarró una, se agachó y como si bebiera de un porrón la ordeñaba atrapando los chorros con su boca. La cabra se dejaba hacer Yo decliné la invitación. Saciado el apetito, nos pusimos a abrir el portalón de la entrada a la vivienda a base de empujar y hacer palanca con pequeñas piedras planas que metíamos en la ranura que se iba abriendo, hasta que cedió. El olor a hoguera de la chimenea con los restos de candela, una mesa arrinconada, varias sillas de enea sucias, un cuadro con el marco roto, un calendario de 1971 y varias botellas vacías  de cerveza El Águila, era el marco doméstico. Subimos las escaleras hasta llegar a lo que sería el dormitorio principal desde el que oíamos el arrullo por encima del techo hecho de cuarterones por dónde se había caído el enlucido asomando el cañizo.

            En una esquina, una portezuela daba a la cámara alta. La estrategia estaba clara, entrar, tapar la salida y coger los que pudiéramos. Logramos atrapar cuatro, dos para cada uno. El problema fue que nos ocupaban las dos manos. Escuchamos un ruido. Alguien estaba merodeando por el patio. Mi primo y yo con el corazón en los pies y las dos manos sosteniendo el botín, mirábamos aterrados por un ventanuco. Un hombre miraba a la cabra y se rascaba la cabeza preguntándose, imagino, por qué una ubre estaba vacía. Los dos nos miramos porque sabíamos que ese sería el último día de nuestra existencia. Nos metimos los palomos por debajo de la camisa. Una tortura: un palomo me arañaba con las patas y picoteaba mi vientre por pura diversión; el otro, por su posición, movía las patas raspando la tela dando la sensación de que un ser monstruoso te iba a salir de las entrañas.


            El hombre ordeñó a las cabras y vació la leche en una botella de La Casera. Se marchó echando la llave al portón que daba al patio. Esperamos todavía un tiempo prudente para salir. Antes de escapar de allí, escuché a mi primo decir, secas, se las ha dejado secas.
           


5 comentarios:

  1. Ya ls aventuras van tomando un cierto matiz más economicista. Un circo para salir de la pobreza y un atracón de leche de cabra.
    Todas las aventuras infantiles de mi niñez, también tenían un sentido práctico. Al campo no se iba a contemplar la naturaleza y mucho menos a correr, si que te persiguiera nadie. Coincidían con el verano la maduración de las frutas, las espigas y hasta era buena época para los cangrjos. Las únicas carreras eran cuando el gracioso del grupo decía: "Que viene el amo de la higuera".
    Cuando te conocí ya hablabas de tu alter ego, tu primo, creo que Gaspar. Aunque quizás sea al contrario tú el alter ego de enorme personaje. Tu primo v tomando, sutilmente, el protagonismo de los relatos.

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  2. Publiqué sin corregir. Lo siento. Le ha dado donde quizás no debía.

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  3. Tom Sawyer &Huckleberry Finn, jje

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Prescrito no prescito y perdón por la falta te comas.

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