jueves, 14 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXII)


Trigésimo noveno día

(Continuación desde la parte XVIII)

            Desde aquel día las cartas llegaron con una frecuencia de metrónomo. Las fui guardando en una caja secreta junto con otras bagatelas muy importantes y que tenía que poner a resguardo del pillaje familiar. Mi mente efervescente no paraba de planear cómo sería el encuentro. El cineasta de mi subconsciente no dejaba de hilvanar las escenas románticas más trilladas del cine, a las que se le olvidaba el metraje más interesante porque ni siquiera tenía conciencia de cómo podrían ser.

            Mientras mi padre permanecía en silencio sin preguntar acerca de aquella oleada de correspondencia, mi madre, en cambio, adoptó una postura más pragmática y me compró ropa más impresionable que la vestimenta que me colocaba por la mañana con la única misión de no salir desnudo a la calle. Un pantalón corto con cuatro bolsillos y una camisa con dos y unas trinchas de cierre. Se ve que los bolsillos eran importantes en las prendas que debe vestir un galán. Podía haber completado el cuadro con un salacot y mandarme a Filipinas. Aquel vestuario de safari lo estrenaría el día de la romería de la Virgen, el primer día de la feria del pueblo. Era el momento previsto, tal como habíamos quedado, en el que un ángel tocaría tierra y nos encontraríamos.

            Jamás ha durado tanto un día con sus horas y minutos. El tiempo que quedaba hasta la fecha era imposible de soportar para dos almas que se veneraban por escrito. Un cupido ansioso hizo que quisiera adelantar el encuentro y vernos en la ciudad. Les pedí a mis padres irme unos días con los primos.¡No! Que me hubiese ido por mi cuenta y el recuerdo del verano pasado que me dejaron con ellos para pasar unos días, estaba en mi contra.  Los días que pasé con ellos fueron inolvidables. Al regreso en la piel traía las huellas de un niño curtido. El primer día estuvimos todos en la playa y las quemaduras solares me llevaron al borde del delirio la primera noche mientras mi tía me embadurnaba en pomada. La noche siguiente para evitar el calor sofocante de tantos metidos en la misma habitación nos subimos los colchones a la terraza de la casa mata y allí el mayor de mis primos, muy aficionado a la pesca, con su caña,  lanzaba el sedal a los tejados de los vecinos para pescar gatos. Entre sueños escuchaba el maullido de alguno que había mordido el anzuelo. Por los andurriales me alimenté de limones, higos, algarrobas, almendras. Buscábamos camaleones. Merendamos tortas de un obrador que las ponía a enfriar en un portón abierto después de sacarlas del horno. En un colegio entramos por una ventana y husmeamos por las clases abriendo cajones y llenándonos los bolsillos de lápices y gomas de borrar.  Hicimos excursiones a la playa a coger erizos bajo la única vigilancia del pescador de gatos, algo así como llevar al Pato Donald de tutor. Cuando regresé al pueblo despellejado como un pollo, fino como un niño del Biafra, mi madre prometió que nunca más en lo que me restaba de vida me apartaría de su lado.

            Llamé a mi amiga del alma para comunicarle la imposibilidad de ir a verla a sabiendas que la madre es la que cogería el teléfono. Ella lo tenía prohibido. Una voz fría preguntó quién era y para qué la quería. Trabuqué unas palabras sin sentido porque algo se me agarró al cuello asfixiándome. La buena mujer tuvo el detalle de llamarla. Lo único que recuerdo es mi voz como la de un muñeco roto le decía que no podía ir. Ella balbuceo una promesa. Su madre a la escucha coartaba la libertad.
           

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