jueves, 30 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XIV)


Trigésimo segundo día.

            Mi abuela entró en un cuartito que tenía en el zaguán de su casa, vio un saco, miró dentro. No podía creer lo que veía, así que, según relató después, lo cogió y lo arrojó fuera. El contenido rodó calle abajo.

            Dos días antes, me había acercado a un grupo de muchachos mayores, entre los que estaba un primo mío, y les escuché hablar acerca un lugar misterioso al que pensaban ir para buscar indicios claros de la represión durante la Guerra Civil. Sería una expedición a un edificio ruinoso, tapiado, que seguramente ocultaba claves en la cripta que sirvió de osario que darían más luz de dónde habían ido a parar muchos de los restos de los represaliados en la Guerra Civil. Que yo me uniera al grupo, era lo de menos para ellos en una época en la que nadie te preguntaba los años, y menos sí tus padres sabían algo
.
            La salida se programó para las dos de la madrugada. Cogí la linterna, a sabiendas que en esa partida el jolgorio se impondría a la vertiente científica, histórica y documental que  le presuponían. Me acerqué a ellos mientras ultimaban los últimos preparativos. Para el caso podía haber ido con un bebé en brazos, ya que nadie me preguntó ni echó cuentas de qué pintaba allí. Se recordó una vez más la norma elementa para que no levantáramos sospechas de la nocturna empresa, porque si alguien nos veía, quizá se le pasara por la cabeza preguntarse adónde van seis muchachos de madrugada acompañados de un niño que iría encendiendo y apagando una linterna.

            Aquel gigantesco edificio, un monasterio en sus inicios allende los siglos, abandonado, usado como fábrica de jabones y grupo escolar hasta su cierre y decadencia, con insondables misterios, a todos los niños nos atraía con aprensión por los misterios y las leyendas que circulaban en torno a él. El edificio más imponente del pueblo. Su historia se pierde en los anales y es fuente de infinitos estudios, narraciones y cuentos de viejas.

            Saltamos una tapia, una de tantas barreras que esa noche íbamos a jalonar. Cruzamos el patio con una fuente en el centro, una inmensa parra salvaje y un burro. El cuadro que se contemplaba venía directamente del romanticismo; el resplandor de la luna, el claustro, la parra, el cri-cri de los grillos… y nuestras cautelosas sombras moviéndose como si estuviesen invitadas a un aquelarre. Al burro nuestra presencia no le pareció ni bien ni mal. Quizá nos tomara por espíritus, fantasmas inquietos a los que estaría acostumbrado ver salir las noches de luna llena. Caminábamos con mucho sigilo, pendientes del más mínimo ruido. ¡Sssss!, decía alguno, y todos poníamos el oído en  alerta apagando las linternas, hasta que alguien rompía el silencio con un ¡Uuuuu! Esa iba a ser la tónica: muchos ruiditos y gracejos. No veíamos bien lo que pisábamos, lo que ayudaba a carecer de escrúpulos cuando trepamos  por un muro derruido para adentramos en la iglesia. Con la linterna alumbramos retablos carcomidos, imágenes de santos desfigurados, el altar con las maderas podridas donde moraría una fauna atiborrándose de despistados palomos. Desde  el techo  éramos observados por toda una corte celestial surcada por murciélagos hiperactivos de ángeles decapitados, mutilados de alas, cabezas etéreas, filigranas, desconchones y rajas que apuntaban a derrumbe. Detrás del altar, retirando unos tablones, se abría un agujero a la cripta por la que nos descolgamos apenas un metro para asentar los pies en el osario. Caminábamos por una montaña de huesos agachado la cabeza para no darnos con el techo, escuchando el traqueteo que producen nuestras pisadas al entrechocar de los restos. Nos agachábamos y cogíamos una calavera y como si estuviésemos representando a Hamlet, mirándola por si se veía alguna marca de disparo, el agujero del tiro de gracia, la prueba inequívoca de que estábamos en el lugar donde habían ido a parar muchos de los represaliados. Las calaveras que cogimos y nos parecieron oportunas a nuestras disparatadas tesis las metimos en un saco hasta llenarlo. Cargamos con él y salimos del osario. En la iglesia de nuevo el ¡Ssssss! Nuestros corazones ya estaban al límite cuando nos pareció oír golpes, susurros, ecos… Salimos corriendo, en el derribo por el que habíamos entrado a la iglesia el que llevaba el saco rodó con él por los escombros, pero ya era tarde para socorrer a nadie. Cruzamos por el patio con la fuente como almas que lleva el diablo, pasamos junto al burro y esperamos al que traía el saco.

            No sabía nada de dónde había ido a parar el material hasta que vi entrar a mi abuela en casa quejándose del aterrador hallazgo. La suerte que corrieron cuando fueron arrojadas a plena calle sigue al día de hoy siendo un misterio.

2 comentarios:

  1. Sobran los comentarios.
    Tus escritos son una auténtica delicia literaria. Sin perder su frescura, van asumiendo cada día más su valor literario más que anecdótico. Hoy nos presentas un auténtico relato con una alta dosis de suspense y con un final desmitificador. Me ha gustado muchísimo. Es una historia completa en muy pocas líneas.

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  2. Como gran lector que eres, tu palabras son muy estimulantes; como buen amigo, tus palabras son música para el espíritu.

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