Vigésimo
primer día
Todas las culturas, al menos las
antiguas, parece ser que tenían un rito iniciático en la vida que marcaba un
antes y un después. El mío fue con diez años.
El día señalado, sin preparación y
con la conciencia de un niño sensible, mi madre me pidió que le diese un beso
de despedida a un amiguito en la frente.
Un día antes, su madre le había dado
el dinero para ir a la piscina. Festivo en el almanaque, la mayoría de los
niños no íbamos porque se abarrotaba de gente y la entrada costaba más cara unas pesetas. Un
hombre fuerte y buceador lo encontró. En aquellas aguas sin tratamiento, la
oscuridad era total en el momento que te sumergías. Nadie se había dado cuenta
que llevaba horas ahogado en la parte más profunda.
El
fin de una vida, el final de alguien que estaba empezando. El amigo con el que
el día antes habías estado correteando y que ahora posaba en su cama vestido
como si fuese a dar un paseo mientras lo velaban mujeres rotas, en aquella casa
donde no dejaban de entrar y salir gente con los ojos enrojecidos. A los
compañeros de juegos, en silencio e intimidados, nos habían vestido con la ropa
del domingo porque lo acompañaríamos llevando de las manos unas cintas amarradas
al blanco féretro. Con una curiosidad que te sobrecogía, formábamos en la
puerta de la entrada de la casa donde las madres nos habían aparcado. Era lo dispuesto. Hombres y mujeres pasaban a
nuestro lado y nos miraba con tristeza. El padre nos vio y se acercó entre
lágrimas, con la mano temblando empezó a frotarnos la cabeza a cada uno. La
caricia más triste que jamás recibiríamos.
Ninguno
era capaz de expresar nada. Apenas teníamos
vocabulario para redactar aquella odiosa narración que nos pedían los maestros
al volver de vacaciones, cómo íbamos a encontrar palabras para manifestar lo
que sentíamos si nuestra capacidad de verbalizar se limitaba a dar voces, a
hacer aspavientos mientras corrías,
saltabas o te revolcabas de la risa. Lo más duro de la vida a lo que nos
habíamos enfrentado hasta el momento eran las magulladuras, alguna herida
reparada a base de puntos y que te dejaba una gloriosa cicatriz, un brazo durante
una temporada en cabestrillo o tener una pierna o un brazo escayolado.
Allí
perdido, en el sanjuán de la casa, sentí como me cogían de la mano y me llevaban
hasta el velatorio por las habitaciones llenas de adultos que me miraban
curiosos. Un niño, sensible e impresionable, estaba a un instante de recibir un golpe de efecto que marcaría el
antes y el después que le ha acompañado toda la vida en un recuerdo por la
entereza de autómata que mostró y por el gesto de su madre de fortaleza ante las
desgracias cuando le pidió que se despidiese de su amigo con un beso en la
frente.
Años
después, en verano, la vida aún no se había sobrepuesto en aquel hogar. Las
noches de calor abrían la ventana de par en par del salón que daba a la calle, podías mirar y aún ver su retrato grande
en la pared de cuando hizo la primera comunión. Entonces, la memoria te llevaba
a aquel día de fiesta, el intenso calor del verano y al ajetreo que de pronto
se levantó en la vecindad. Te ves a ti mismo como permaneciste en silencio
cuando unos gritos rotos te llegaban y no eras capaz de comprender la causa. El
paseo final cogiendo con la mano la cinta que estaba atada a la caja blanca. El
beso.
Es curioso la mirada inocente y sentimientos de un niño,a medida que nos hacemos mayor encajamos peor... Será que aprendemos a empatizar cuando somos mayores?
ResponderEliminarUn beso para que un niño de 6 años entendiera de golpe que no somos inmortales. Una dureza que no todos sabemos relatar.
ResponderEliminarCuando uno lee siempre establece un dialogo, una complicidad con el autor. Uno se siente mejor cuando lee al que escribe y piensa en la misma dirección. A veces decimos que bien ha dicho lo que yo pensaba.
ResponderEliminarOtras veces el escritor alcanza tales alturas que el lector queda sin palabras.
Un texto de una inmensa fuerza expresiva. Chapó
Fue un 18 de Julio. Cosas de la vida. Aquel suceso nos marcó a todos los niños de la zona. Vivía justo en la casa de enfrente. Para mi fue la primera ves que tuve una reflexión de, que somos, de donde venimos y adonde terminamos, me abrió el armario de las reflexiones, y desde entonces no he parado. Hoy día, después de 50 años sigo en esa tarea y creo que algo habre avanzado, aunque no mucho.
ResponderEliminarCurioso de aquel suceso, que se llevó la vida de nuestro amigo Francisco Santana, primo de tus primos, fue que lo encontró un hombre joven y fuerte,pero de baja estatura a la vez, lo recuerdo perfectamente, es más, con el tiempo y alcanzada la hombría, como que la diferencia de edad mermo y llegue a compartir vivencias de trabajo y diversión con el. Sandrini, era el apodo por el que lo conocía Archidona, se ganó y presumido de ser un nadador y buceador a pulmón como no se conocía otro. El sumergirse y recalar, como le llamábamos en el pueblo, y el curtido en los oscuros remansos del rio, le hizo que casualmente encontrase también casualmente a otro niño ahogado en la piccina que había en el restaurante del puente, a medio camino entre Archidona y Antequera, o sea, los 2 niños ahogados en piscinas en Archidona, los dos los encontró casualmente Sandrini. El del puente no recuerdo el nombre, solo que era el hijo del famoso señor msyorista que surtia las tiendas de Archidona, Frasquito Cano.
Casualidades de la vida, la cosa no quedó solo hay, sino que al ser tanta la afición de Sandrini al baño, el no conducía, se apuntaba cada fin de semana a las escursiones que desde Archidona se hacían a la playa de la Carihuela,Torre molinos, y en una de esas escursiones, murió ahogado. No se como, sólo se supo que Sandrini se había ahogado en la Carihuela..