El
cirujano era un hombre corpulento. Me preguntaron mi nombre y si me gustaba el
colegio. A las pocas horas, despertaba en la habitación acompañado de mi madre
con mi brazo conectado a una sonda que salía de la bolsa colgada en algo
parecido a una percha con ruedas.
Al sexto día de hospitalización, mi
padre fue a recogernos. Sentado en la parte de atrás, apoyaba la frente en la
ventanilla, miraba en silencio las cunetas de la carretera tapizadas de enormes
jaramagos, inmensos remansos en los llanos de la vega, las ventrudas nubes que
no dejaban ver el sol, los caminos embarrados con las rodelas de las máquinas encharcadas,
cuando escuché hablar a mi padre y decir que iba a ser un verano precioso, sólo
había que mirar cómo estaba el campo. Después de seis días hospitalizado, en los
que mi madre no se separó ningún momento de mi lado, con aquel vendaje que
tapaba la cicatriz y al que una enfermera monja me levantaba para sanearlo, gimoteando
al atardecer para que me procurara la monja enfermera aquella inyección que me colocaba
en un estado de bienestar y sueño, la placidez de ver a tu madre junto a ti
siendo el centro de toda su atención, merecedor de los cuidados y cariños como
un soldado herido en una batalla. A las horas de las visitas, los maestros del
colegio pasaron a verme y me traían regalos, entre ellos “El Diario de Daniel”,
que leí sin pestañear, al que siguió el que me compró mi madre, “El Diario de
un Chico de Preu”. Con aquellas lecturas me estaba especializando en los
avatares de los adolescentes, que serían los míos, y me entraron ganas de
escribir mi propio diario. Por mí hubiera prolongado la estancia hasta el
verano, y no sin razón, porque aquel percance me había llegado en el momento
que quedaban dos meses para terminar el colegio.
Una vez repuesto, me incorporé al
curso, y la maestra me pidió disculpas, la misma que me regañó el día que me
dio aquel tremendo dolor que acarreó la operación de urgencia. Ella veía a al alumno
de siempre, excusándose de forma burda y manida de que se encontraba
indispuesto porque no quería que le tomaran la lección, cuando la contrastable
verdad que le habían enseñado su años de docencia era que no había dado un palo
al agua. La perdoné, pero sobre su conciencia aquel suceso tuvo tanto peso que seguramente
para descargarla dejó de acosarme con las tareas deslizando el dedo por la
lista de la clase para saltarme, temiendo, creo, que era capaz de provocarme
otra patología antes que declarar que no había estudiado. Oh, había merecido la
pena.
El curso finalizó y en mis manos estaba el
boletín de notas infladas por compasión. En mi cabeza aún no se habían disuelto
lo que había anunciado mi resignado padre aquel día lluvioso y gris cuando salí
del hospital camino de casa: “con tanta agua, va a ser un verano muy bueno”
Las calificaciones permanecían ya en
el cajón del olvido cuando un vecino, que se había comprado un destartalado SEAT
600 y sin edad para tener carnet de
conducir, con el objetivo de practicar
para cuando llegara el momento de examinarse del carnet tener el suficiente
dominio al volante que le evitara gastarse el dinero en una costosa autoescuela,
nos invitó a otro amigo y a mí a dar un paseo por los caminos rurales. Para
aquel propósito le había quitado las dos puertas, para estar más frescos, según
él. A pesar que nos faltara años para ni tan siquiera plantearnos la necesidad del
permiso, nos dejó conducir y circular levantando unas tremendas polvaredas que
se metían dentro del coche y apenas nos dejaba ver por dónde íbamos. Decidimos
ir a lavarlo al río. Cuando llegamos, no le apreciamos mucho caudal, así que tomamos
la decisión de lanzarnos desde lo alto del camino para cruzarlo por la vaguada
asfaltada. El vecino, al volante, como si manejara un todo terreno, aceleró
cogiendo tal velocidad que el poco caudal hizo de pared y no estampamos contra
él. El agua entraba por una puerta y salía por la otra corriendo por nuestros
pies, al tiempo que la fuerza provocaba que el coche se fuese escorando en la
dirección del río. A pocos metros, la vaguada se cortaba y el agua caía a una poza a un metro de altura. Eso es lo que nos
esperaba si no poníamos empeño en salir pronto: ahogarnos montados en aquel
trasto. Al final, logramos sacarlo con muchísimos apuros. Regresamos al pueblo
pensando que lo mejor del paseo era que aún seguía vivo, porque quedaban muchas
vacaciones por delante para haberlas malogrado tan pronto.
Canalla, tú hermano en el hospital y tú poniendo la tele... Apágala ordenaba la abuela. Recuerdo bien tus siete días con la abuela dueña de la casa y un padre pegado a una máquina de escribir que aún escucho cuando duermo la siesta.
ResponderEliminarJajaja Mamá estuvo los siete días conmigo.
Eliminar