jueves, 23 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XI)

Vigésimo noveno día

            El cirujano era un hombre corpulento. Me preguntaron mi nombre y si me gustaba el colegio. A las pocas horas, despertaba en la habitación acompañado de mi madre con mi brazo conectado a una sonda que salía de la bolsa colgada en algo parecido a una percha con ruedas.

            Al sexto día de hospitalización, mi padre fue a recogernos. Sentado en la parte de atrás, apoyaba la frente en la ventanilla, miraba en silencio las cunetas de la carretera tapizadas de enormes jaramagos, inmensos remansos en los llanos de la vega, las ventrudas nubes que no dejaban ver el sol, los caminos embarrados con las rodelas de las máquinas encharcadas, cuando escuché hablar a mi padre y decir que iba a ser un verano precioso, sólo había que mirar cómo estaba el campo. Después de seis días hospitalizado, en los que mi madre no se separó ningún momento de mi lado, con aquel vendaje que tapaba la cicatriz y al que una enfermera monja me levantaba para sanearlo, gimoteando al atardecer para que me procurara la monja enfermera aquella inyección que me colocaba en un estado de bienestar y sueño, la placidez de ver a tu madre junto a ti siendo el centro de toda su atención, merecedor de los cuidados y cariños como un soldado herido en una batalla. A las horas de las visitas, los maestros del colegio pasaron a verme y me traían regalos, entre ellos “El Diario de Daniel”, que leí sin pestañear, al que siguió el que me compró mi madre, “El Diario de un Chico de Preu”. Con aquellas lecturas me estaba especializando en los avatares de los adolescentes, que serían los míos, y me entraron ganas de escribir mi propio diario. Por mí hubiera prolongado la estancia hasta el verano, y no sin razón, porque aquel percance me había llegado en el momento que quedaban dos meses para terminar el colegio.

            Una vez repuesto, me incorporé al curso, y la maestra me pidió disculpas, la misma que me regañó el día que me dio aquel tremendo dolor que acarreó la operación de urgencia. Ella veía a al alumno de siempre, excusándose de forma burda y manida de que se encontraba indispuesto porque no quería que le tomaran la lección, cuando la contrastable verdad que le habían enseñado su años de docencia era que no había dado un palo al agua. La perdoné, pero sobre su conciencia aquel suceso tuvo tanto peso que seguramente para descargarla dejó de acosarme con las tareas deslizando el dedo por la lista de la clase para saltarme, temiendo, creo, que era capaz de provocarme otra patología antes que declarar que no había estudiado. Oh, había merecido la pena.

 El curso finalizó y en mis manos estaba el boletín de notas infladas por compasión. En mi cabeza aún no se habían disuelto lo que había anunciado mi resignado padre aquel día lluvioso y gris cuando salí del hospital camino de casa: “con tanta agua, va a ser un verano muy bueno”

            Las calificaciones permanecían ya en el cajón del olvido cuando un vecino, que se había comprado un destartalado SEAT 600  y sin edad para tener carnet de conducir, con el  objetivo de practicar para cuando llegara el momento de examinarse del carnet tener el suficiente dominio al volante que le evitara gastarse el dinero en una costosa autoescuela, nos invitó a otro amigo y a mí a dar un paseo por los caminos rurales. Para aquel propósito le había quitado las dos puertas, para estar más frescos, según él. A pesar que nos faltara años para ni tan siquiera plantearnos la necesidad del permiso, nos dejó conducir y circular levantando unas tremendas polvaredas que se metían dentro del coche y apenas nos dejaba ver por dónde íbamos. Decidimos ir a lavarlo al río. Cuando llegamos, no le apreciamos mucho caudal, así que tomamos la decisión de lanzarnos desde lo alto del camino para cruzarlo por la vaguada asfaltada. El vecino, al volante, como si manejara un todo terreno, aceleró cogiendo tal velocidad que el poco caudal hizo de pared y no estampamos contra él. El agua entraba por una puerta y salía por la otra corriendo por nuestros pies, al tiempo que la fuerza provocaba que el coche se fuese escorando en la dirección del río. A pocos metros, la vaguada se cortaba y el agua caía a una  poza a un metro de altura. Eso es lo que nos esperaba si no poníamos empeño en salir pronto: ahogarnos montados en aquel trasto. Al final, logramos sacarlo con muchísimos apuros. Regresamos al pueblo pensando que lo mejor del paseo era que aún seguía vivo, porque quedaban muchas vacaciones por delante para haberlas malogrado tan pronto.
           


2 comentarios:

  1. Canalla, tú hermano en el hospital y tú poniendo la tele... Apágala ordenaba la abuela. Recuerdo bien tus siete días con la abuela dueña de la casa y un padre pegado a una máquina de escribir que aún escucho cuando duermo la siesta.

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