Vigésimo
sexto día.
Caminabas por aquellas calles con tiendas
de comestibles, bares, comercios de todo tipo: zapaterías, ultramarinos,
ferreterías, carnicerías, fruterías… un mercado de abastos. Contemplabas los locales
de oficios singulares especializados en arreglar máquinas de coser,
talabarteros, lateros, esparteros, lecheros, zapateros, carpinteros, traperos,
carboneros, caleros; tiendas de muebles, de electrodomésticos, talleres de
motos, de automóviles, de maquinaria pesada, bancos, gestorías, funerarias… Inmerso
en ese bullir de actividad al que se unían los buhoneros de venta ambulante
dando voces, los que arreglaban somieres, los que compraban cacharros viejos
por cuatro perras, los que vendían botijos, barreños, macetas, mantas, cortinas,
ropa interior… Y en las afueras del pueblo, una gasolinera de trapos usados
grasientos arrojados al suelo, atendida por el mismo empleado desde que tenías
uso de razón, con su gorra de propaganda de abonos, un mono cubierto de manchas,
una cartera cogida al cinto donde llevaba el dinero y un paño de usar y no lavar asomando por el
bolsillo del mono.
Un paisaje urbano por el que puedes
pasear hoy sólo con la memoria, de la misma que te tienes que valer para reconocer
el campo, los ríos, los valles, las sierras por las que anduviste. Hoy, muchos
de los cortijos de tus andanzas están derruidos hasta quedar apenas montones de
cascotes con sus eras ocultas entre la maleza. Las albercas donde te bañabas
secas. Siguen las fuentes y los pozos pero de los que ya no se te ocurre probar ni gota y por
todas partes cercados, puertas, vallas, letreros de prohibición.
En el recuerdo, veo
un camino, ahora asfaltado, antes polvoriento, por él marchamos los cuatro miembros
de la sociedad de espeleología para meternos de cabeza en una sima,
boquete o agujero que estuviese en la geografía y en el límite de la
resistencia física de caminantes de siete leguas. Pertrechados con las mochilas,
una cuerda de grosor y dimensiones que sólo el cargar con ella ya era una proeza,
los cascos de obra para la seguridad de no perecer descalabrados con algún
saliente o roca desprendida y por eso de que el atuendo hace al hombre,
cantimploras las menos, alguna linterna de petaca, un hacha y machetes. Disfrazados de tal forma que cuando nos cruzábamos con alguien nos era extraño que nos mirara asombrado: tanto valíamos para sacar un borrico de una acequia como para levantar la carpa de un circo.
La primera salida de exploración la
planificamos para ir cogiendo técnica, práctica. Sopesamos la ventaja de la
proximidad. Una cueva en la cima de la sierra que colindaba con el pueblo. Subimos
con todo nuestro atrezo entre los
peñascos, mortificados de los pinchazos de las ulagas. No era la primera vez
que la rondábamos, salvo que ahora estábamos dispuestos a entrar. Un agujero de
un metro escondido entre unos arbustos daba a una sala cuadrada de las
dimensiones de un salón de una vivienda normal, con otra pequeña habitación a
media altura del suelo. La entrada en vertical y de unos dos metros por la que sirviéndonos
de la cuerda nos descolgamos. Cuando estábamos los cuatro dentro, medio a
oscuras, relampagueando con la linterna y la bombillita del casco, alguien siseó,
porque le parecía haber escuchado un ruido. Todos nos callamos. El
silencio era completo, hasta que se escuchó "yo me voy" y fue la señal para que todos
quisiéramos salir el primero tropezando unos con otros. Mi primo,
el más aguerrido hasta el momento, escaló por nuestras cabezas y logró salir al exterior primero. Una vez fuera, todo nos
reíamos y bromeábamos. ¿Miedo? Imposible. Mal nos íbamos a ver si a la primera de cambio íbamos a correr como niñatos.
Haha jaja, instinto de supervivencia jajajajaja
ResponderEliminarLa primera vez que nos encontramos, recuerdo que contabas la anécdota de las jaulas de perdices. No te olvides de ese hecho cuando llegue su momento. Por ahora sigo disfrutando de tu bien narrada niñez y juventud.
ResponderEliminarTe vuelvo a leer.
ResponderEliminarEn la escuela y en los primeros años de instituto, los niños no teníamos historia ni antecedentes familiares.
Recuerdo cuando llegué a bachiller superior, entre mis compañeros, había como una competencia por mostrar los más rancios blasones familiares. Algunos presumían y llevaban en la solapa, una estrellita de alféreces provisiónales.
¿Que gracia!
Hoy se siguen dando, mucho más acentuado, los que recurren a sus nobles orígenes.