Vigésimo
segundo día
Mención aparte merecen algunas de
los edificios que formaban el paisaje urbano. Muchos, ya abandonados a la decadencia
y ruina, a la lepra de las fachadas, los tejados abombados ajardinados de hierbajos,
higueras y parras asilvestradas en los patios, suelos de barro, paredes con
cenefas torcidas, alacenas con familias de ratones, cabeceros de cama sin somier,
puertas desvencijadas, lebrillos con lañas, cables sueltos y troneras en los
tejados donde cada año la pertinaz lluvia se colaba embarrando. La casa que
lindaba con la mía enarbolaba aquel destino silencioso y miserable del que se
habían adueñado los gatos que se solazaban en los alféizar de las ventanas con postigos desportillados de pesarosas digestiones o los veías con su parsimonia y circunspectos pasear por el derruido tejado.
La
mayoría de las casas de la acera donde estaba la mía, al estar construidas en
la ladera, era normal que tuvieran varios niveles descendentes a medida que
entrabas por la puerta camino de patio. Cerca, un caserón llamativo por
su enormidad deshabitada, bien conservado pero con la huella del tiempo en sus repetidos encalados y parches de revoques. Desde una ventana de mi casa, la misma que te mostraba las
ampulosas vistas de la vega, veías una terraza que estaba en la planta baja y
construida sobre unos pilares de rasillas que se elevaban desde un enorme solar
a una altura que nadie con conocimiento habría aprobado como segura y
resistente. De aquella terraza, rodeada de barandas en las que en su tiempo
colgaban macetas de geranios, se abría una puertecilla de la que partía una
escalera con la misión de comunicar un
patio de enormes proporciones donde prosperaba un tupido herbazal de medradores
yerbajos, capaz de guarecer una tribu de la Amazonias. Aquel turbio edén estaba
separado por un altísimo muro por donde asomaba la cabeza cuando me subía a la
pila encastrada en él. La altura era suficiente para que tu caída
pasara desapercibida y desaparecieras para siempre, quizás devorado por gatos
como tigres y otros espeluznantes monstruos y, paradójicamente, tan cerca de
los que te buscarían por el polvo de la tierra. Era mirar y angustiarme cuando me
fijaba en la escalera que se interrumpía antes de llegar al suelo como si algún
endriago la hubiese arrancado. Aquella malograda obra que debía de conectar una
plácida terraza con aquel lugar de pesadilla, producía escalofríos a una mente
soñadora.
Más
adelante, en la esquina, estaba la vivienda de un hombre anciano,
solitario, cetrino y que evitaba mirarte, del que se decía que había asesinado
a su mujer antes de la guerra. Lo veíamos acercarse y se nos cortaba la
respiración, no fuera que sus instintos se despertaran. Doblabas y subías por
la calleja en cuesta para asomarte a un ventanuco a ras de la calle por
donde traspiraba una gruta excavada de
orígenes remotísimos, la cual era una de tantas que en la plaza del pueblo,
situada a una decena de metros por debajo del nivel de la casona, se adentraban
aprovechando la ladera de la sierra y que sirvieron para tantos menesteres. Él
último conocido, fue de discoteca. Por la noche veías como destellaban luces a través
de aquella oquedad. Era como si en el
infierno estuviesen de fiesta.
Con
el tiempo llegó la renovación. Las propiedades fueron pasando a otras manos y
se derribaron algunas para construir, de acuerdo al canon de la época, edificios
sin personalidad llenos de barandajes, ventanales, zócalos con terrazos y colores de buhardillas.
Quien
compró la casa vecina, no tuvo otra ocurrencia que parar la construcción con la
estructura hecha y dejarla en condominio para mis juegos. El acceso a la obra
era inexpugnable, salvo para mí. Saltaba
por mi patio a un tejado y de allí pasaba a la obra. Fabriqué con los ladrillos destinados a la tabiquería, junto con mi
primo, que también le cogió gusto al sitio, un habitáculo en la parte más alta. Un
día escuché a mi madre dar voces en la calle llamándome. Momentos antes me había negado
mi demanda de irme a jugar con su determinante y manida palabra ¡estudia! ¿Por dónde me había escapado, si
la puerta de la calle estaba cerrada ? se preguntaba. Regresé sobre mis pasos con la
premonición de que más pronto que tarde me descubrirían y perdería mi ínsula de
promesas de aventuras.
Nos vas introduciendo en tu mundo de niñez.
ResponderEliminarTe leo y me vuelvo hacia mis mismos tiempos. de niñez. Estás consiguiendo en mí una catarsis, estás poniendo en activo recuerdos que se podía pensar que ya no tenía.
Es la gracia del escritor. Su mente tiene memoria.
Por donde te escapavas a las horas de la siesta? para irnos al campo, normalmente a bañarnos a las albercas. Recuerdo que una vez te quedaste supuestamente estudiando en el salón que tenían tus padres para recibir las visitas, de cullo balcón a la calle hay una altura que calculo de unos 5 metros, los cuales no fueron obstáculo para que te descolgases de él hasta caer ala acera. Nada extraordinario para lo que solíamos hacer y saltar, lo extraordinario sería la explicación que le tendrías que dar a tu madre cuando te presentaras a las pocas horas, llamando al timbre de la puerta. Jajajaja
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