viernes, 17 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte IX)


             
 Vigésimo séptimo día            


             En mi familia se exageraban las historias, no cabe duda; pero estar inmerso en narraciones truculentas y fantásticas, era algo que alimentaba la pasión por vivir, y de ser tan pasionales terminamos siendo únicos. A las sucesivas generaciones sólo nos dejaron las historietas de familiares donde no sabías distinguir lo real, lo exagerado, lo épico y la mentira, como esas novelas juveniles que se pusieron de moda en los ochenta donde tú podías escoger el final de cada capítulo entre varias alternativas para que la historia tomara por derroteros diferentes. 

              El cine, cuando todos los hermanos íbamos los domingos por la tarde y veíamos una de aquellas películas donde los malos eran perversamente malos y no terminaban bien; me servía para cuando oía las mismas historias de parientes, que ya no estaban entre nosotros, ponerles la cara según los rasgos que se definían en mi mente de acuerdo a las maneras de comportarse buscándole semejanza con los actores del celuloide. Habría sido muy extraño que le colocase una cara redonda y bonachona a tal familiar egoísta y manipulador cuando escuchaba que le había pegado un tiro por el ojo de una cerradura a su suegro; el rostro con el que lo imaginaba era el del archivillano Fantomas.
             
Sobre los tíos de mi madre se reescribía continuamente una historia que iba de lo mítico a lo esperpéntico, parando en la estación de lo melodramático. Hijos de la tatarabuela, una madraza y dulce (las fotos no le desmerecen), aquellos varones se entregaron a todo el espectro de conductas según soplaban los vientos narrativos y el ánimo de quien relatara. De las pocas pruebas documentales que podían constatarse, a los descendientes nos llegó medio testamento, ni siquiera entero, de unas cincuenta páginas con un sinfín de propiedades. Una herencia de sólo eso: un documento de cincuenta páginas  para nuestro asombro y perplejidad, y por qué no, coraje, al ver que ni una coma de lo que allí había escrito estaba en nuestras manos. La historia de cómo se dilapidó tanta casa y finca nunca fue exacta, y si tiene alguna importancia prestarle atención es para invocar un pasado en el que se mezclan una idea romántica de aquellos parientes con algo de pavor de que sus genes de malas cabezas anden rondándonos. Una versión es  que les sirvió para convertirlo en oro y salir huyendo de España a Francia y así protegerse de la carácter levantisco que mostraron durante la República y que en la Guerra Civil les iba a acarrear grandes desgracias; la otra explicación, era que la madre (la tatarabuela) no fue capaz de ponerles coto y les sufragó los vicios a aquellos hijos varones para que quemaran su salud en juergas y mujeres protegidos de pistoleros guardaespaldas, a la par que convertían en cenizas su patrimonio.  

Así visto, unas veces nuestros antepasados habían sido lo más parecido a héroes fundadores de una república allende los mares; otras, una pandilla de personas sin juicio víctimas de desaprensivos que los desplumaron; y los días nublados, cuando las cosas no pintaban bien, los culpables de todos los descalabros que la vida nos acarreaba.

Sin las propiedades que de aquel abultado testamento que volaron como hojas en otoño en sus manirrotas manos, y que por un cosa o por otra, nunca pensaron en conservarlo devorando hasta el último renglón escrito, el legado que llegó, fue,  milagrosamente, una máquina de coser de manilla, una cómoda y unos enormes cuadros de imágenes de santos. El debate y la negociación de quién heredaría aquel minúsculo patrimonio encendía los ánimos de las tres mujeres con intereses: mi abuela y sus dos hijas, mi tía y mi madre. Las tres entretenían las tardes de mano sobre mano para discutir, pelear y sobrevalorar aquel mobiliario, como si estuviesen hablando de fincas y cortijos, sin ponerse nunca de acuerdo de a quién le pertenecía por derecho y por qué lo tenía en usufructo.

Nadie podía poner paz en la discusión sin salir indemne. El desacuerdo era constante y ponía fin, hasta nuevo encuentro, con la abuela jurando que no pisaría más mi casa, mi tía que jamás le dirigiría la palabra a ninguna, y la otra  hija, mi madre, elevando el nivel de la representación como la que más tocada y a la que más daño le habían hecho las afrentas haciendo una de las suyas: tirarse al suelo y simular que era presa de un ataque dando pataletas.

Uno, en el desconocimiento por falto de experiencia, veía aquella inigualable escena angustiado y tomado partido por el sufrimiento que padecía su madre, sin saber que estaba frente una de magnífica representación teatral a la que la vida si le daba derecho. 


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