Vigésimo séptimo día
En mi familia se exageraban las historias, no cabe duda; pero estar inmerso en narraciones truculentas y fantásticas, era algo que alimentaba la pasión por vivir, y de ser tan pasionales terminamos siendo únicos. A las sucesivas generaciones sólo nos dejaron las historietas de familiares donde no sabías distinguir lo real, lo exagerado, lo épico y la mentira, como esas novelas juveniles que se pusieron de moda en los ochenta donde tú podías escoger el final de cada capítulo entre varias alternativas para que la historia tomara por derroteros diferentes.
El cine, cuando todos los hermanos íbamos los domingos
por la tarde y veíamos una de aquellas películas
donde los malos eran perversamente malos y no terminaban bien; me servía para cuando
oía las mismas historias de parientes, que ya no estaban entre nosotros,
ponerles la cara según los rasgos que se definían en mi mente de acuerdo a las
maneras de comportarse buscándole semejanza con los actores del celuloide. Habría sido muy extraño que
le colocase una cara redonda y bonachona a tal familiar egoísta y manipulador cuando
escuchaba que le había pegado un tiro por el ojo de una cerradura a su suegro; el
rostro con el que lo imaginaba era el del archivillano Fantomas.
Sobre
los tíos de mi madre se reescribía continuamente una historia que iba de lo mítico a lo
esperpéntico, parando en la estación de lo melodramático. Hijos de la tatarabuela, una madraza y dulce (las fotos no le desmerecen), aquellos varones se entregaron a todo el espectro de conductas según soplaban los vientos narrativos y el
ánimo de quien relatara. De las pocas pruebas documentales que podían constatarse, a los descendientes nos llegó medio testamento, ni siquiera entero, de
unas cincuenta páginas con un sinfín de propiedades. Una herencia de sólo eso:
un documento de cincuenta páginas para nuestro asombro y perplejidad, y por qué
no, coraje, al ver que ni una coma de lo que allí había escrito estaba en nuestras manos.
La historia de cómo se dilapidó tanta casa y finca nunca fue exacta, y si
tiene alguna importancia prestarle atención es para invocar un pasado en el que se mezclan una
idea romántica de aquellos parientes con algo de pavor de que sus genes de
malas cabezas anden rondándonos. Una versión es
que les sirvió para convertirlo en oro y salir huyendo de España a
Francia y así protegerse de la carácter levantisco que mostraron durante la
República y que en la Guerra Civil les iba a acarrear grandes desgracias; la
otra explicación, era que la madre (la tatarabuela) no fue capaz de ponerles coto y les sufragó los
vicios a aquellos hijos varones para que quemaran su salud en juergas y mujeres protegidos de pistoleros guardaespaldas, a la par que convertían en cenizas su patrimonio.
Así
visto, unas veces nuestros antepasados habían sido lo más parecido a héroes fundadores
de una república allende los mares; otras, una pandilla de personas sin juicio
víctimas de desaprensivos que los desplumaron; y los días nublados, cuando las cosas
no pintaban bien, los culpables de todos los descalabros que la vida nos
acarreaba.
Sin
las propiedades que de aquel abultado testamento que volaron como hojas en
otoño en sus manirrotas manos, y que por un cosa o por otra, nunca pensaron en conservarlo
devorando hasta el último renglón escrito, el legado que llegó, fue, milagrosamente, una máquina de coser de
manilla, una cómoda y unos enormes cuadros de imágenes de santos. El debate y
la negociación de quién heredaría aquel minúsculo patrimonio encendía los
ánimos de las tres mujeres con intereses: mi abuela y sus dos hijas, mi tía y
mi madre. Las tres entretenían las tardes de mano sobre mano para discutir,
pelear y sobrevalorar aquel mobiliario, como si estuviesen hablando de fincas y
cortijos, sin ponerse nunca de acuerdo de a quién le pertenecía por derecho y
por qué lo tenía en usufructo.
Nadie
podía poner paz en la discusión sin salir indemne. El desacuerdo era constante
y ponía fin, hasta nuevo encuentro, con la abuela jurando que no pisaría más mi
casa, mi tía que jamás le dirigiría la palabra a ninguna, y la otra hija, mi madre, elevando el nivel de la
representación como la que más tocada y a la que más daño le habían hecho las
afrentas haciendo una de las suyas: tirarse al suelo y simular que era presa de
un ataque dando pataletas.
Uno,
en el desconocimiento por falto de experiencia, veía aquella inigualable escena angustiado y tomado partido por el sufrimiento que padecía su madre, sin saber
que estaba frente una de magnífica representación teatral a la que la vida si le daba derecho.
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