Trigésimo
día.
Como
en todos los colegios, en el mío también se realizaban excursiones. La mayoría
habíamos salido poco o nada, y aquellos viajes suponían una indiscutible
aventura. Dos autobuses partían a alguna de las ciudades más monumentales, Granada,
Sevilla o Córdoba, a una hora
excesivamente madrugadora. Felices e inquietos, los efectos del madrugón se
hacía notar pronto; los cuerpos sometidos a los vaivenes de le pintoresca
carretera nacional acababan por soltar lo ingerido de desayuno. Los maestros no
daban abasto dando bolsas y preguntándose qué demonios habían comido aquellas
bestezuelas tan temprano. Los maestros justificaban el poco aguante a que nuestras familias no eran viajeras.
Cuando llegábamos a la ciudad el aspecto que presentábamos era más de un batallón dado a la fuga con unas ganas tremendas de bajarnos y respirar. Nos hacían ponernos en formación. El traqueteo del viaje nos había secado las fuerzas y tardaríamos algún tiempo en recuperarnos. Advertidos de que evitásemos arrastrar el buen nombre del colegio por el fango, pronto se nos olvidaba la promesa.
Siempre había una catedral que visitar y el
maestro con una pedagógica voluntad de hierro nos explicaba tal figura,
sillería, fuste a la par que nos regañaba. Recorríamos los espacios con impaciencia,
atragantándonos de palabrería y con la mirada en dirección contraria a donde nos
señalaba. Regresábamos al autobús camino de algún parque con fuente para que
los que no llevaban nada de dinero pudieran aplacar la sed y poder comernos el
bocadillo. Correteábamos y nos gastábamos el poco dinero en alguna fruslería
inútil. De regreso, muchos dormitaban.
Más
adelante, algunos de los que compartimos aquellas excursiones nos embarcamos en
un viaje más lejano en distancia y más prolongado en el tiempo. Al frente iba
un profesor que nos encandiló con lo que sería una maravillosa experiencia autosuficiente
en plena naturaleza. Una Babel de muchachos y algunas chicas, invitados
externos, veteranos repetidores con la voz cantante y el resto novatos de
primer curso, nos subimos a un autobús con menos asientos que viajeros, por lo
que los novatos hicimos las infinitas
horas de carretera sentados en el suelo. En el lugar de acampada, orillando un
embalse, cada cual dispuso la tienda como quiso. Mi grupo estaba compuesto por cuatro en una tienda para tres.
La experiencia de niños montaraces nos sirvió bastante
para mantenernos vivos y divertirnos. Desde el primer día echamos mano de todas
nuestras tretas para no pasar más hambre de la que podríamos soportar, porque
los víveres escasearon, lo mismo que las ganas de cocinar. A todos nos salvó una
cantina de un pequeño pueblo a unos dos kilómetros de carretera. La
peregrinación fue continua, hasta el punto que hubo días que no te movías de
los alrededores esperando que llegase la hora de comer y no tener que pegarte
la caminata.
Al profesor que nos embarcó en la aventura, cuando te cruzabas con
él, se le veía un aspecto desmañado y con ganas de tirarnos al pantano. Era un
hombre que había perdido la fe. El avistamiento de animales era el objetivo
principal; a eso habíamos ido. Desde el primer instante se formaron subgrupos para
todo. Cada uno salía como le parecía por las sierras sin rumbo ni concierto al
avistamiento de alguna pieza de la rica fauna. Caminábamos con nuestros
prismáticos colgados al cuello, y lo más que llegábamos a ver era alguna rapaz
en el cielo, ardillas y un rebaño de cabras montesas a una distancia planetaria.
En una de aquellas correrías, mi primo –él no era alumno, pero como gran entusiasta
de la vida salvaje se apuntó-, dio la señal para que todos nos agacháramos. ¡Un
ciervo!, dijo. Cuando llevábamos un buen rato de estar mirando por los
prismáticos empezó a vacilar la idea que un animal pudiera pasarse tanto tiempo como si de una escultura se tratase. Un murmullo se fue extendiendo hasta que uno le lanzó
una pedrada. El tronco con pinta de ciervo permaneció impertérrito.
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