domingo, 26 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XII)


Trigésimo día.


Como en todos los colegios, en el mío también se realizaban excursiones. La mayoría habíamos salido poco o nada, y aquellos viajes suponían una indiscutible aventura. Dos autobuses partían a alguna de las ciudades más monumentales, Granada, Sevilla o Córdoba,  a una hora excesivamente madrugadora. Felices e inquietos, los efectos del madrugón se hacía notar pronto; los cuerpos sometidos a los vaivenes de le pintoresca carretera nacional acababan por soltar lo ingerido de desayuno. Los maestros no daban abasto dando bolsas y preguntándose qué demonios habían comido aquellas bestezuelas tan temprano. Los maestros justificaban el poco aguante a que nuestras familias no eran viajeras.

            Cuando llegábamos a la ciudad el aspecto que presentábamos era más de un batallón dado a la fuga con unas ganas tremendas de bajarnos y respirar. Nos hacían ponernos en formación. El traqueteo del viaje nos había secado las fuerzas y tardaríamos algún tiempo en recuperarnos. A
dvertidos de que evitásemos arrastrar el buen nombre del colegio por el fango, pronto se nos olvidaba la promesa.

 Siempre había una catedral que visitar y el maestro con una pedagógica voluntad de hierro nos explicaba tal figura, sillería, fuste a la par que nos regañaba. Recorríamos los espacios con impaciencia, atragantándonos de palabrería y con la mirada en dirección contraria a donde nos señalaba. Regresábamos al autobús camino de algún parque con fuente para que los que no llevaban nada de dinero pudieran aplacar la sed y poder comernos el bocadillo. Correteábamos y nos gastábamos el poco dinero en alguna fruslería inútil. De regreso, muchos dormitaban.

Más adelante, algunos de los que compartimos aquellas excursiones nos embarcamos en un viaje más lejano en distancia y más prolongado en el tiempo. Al frente iba un profesor que nos encandiló con lo que sería una maravillosa experiencia autosuficiente en plena naturaleza. Una Babel de muchachos y algunas chicas, invitados externos, veteranos repetidores con la voz cantante y el resto novatos de primer curso, nos subimos a un autobús con menos asientos que viajeros, por lo que los novatos  hicimos las infinitas horas de carretera sentados en el suelo. En el lugar de acampada, orillando un embalse, cada cual dispuso la tienda como quiso. Mi grupo estaba compuesto por cuatro en una tienda para tres.

 La experiencia de niños montaraces nos sirvió bastante para mantenernos vivos y divertirnos. Desde el primer día echamos mano de todas nuestras tretas para no pasar más hambre de la que podríamos soportar, porque los víveres escasearon, lo mismo que las ganas de cocinar. A todos nos salvó una cantina de un pequeño pueblo a unos dos kilómetros de carretera. La peregrinación fue continua, hasta el punto que hubo días que no te movías de los alrededores esperando que llegase la hora de comer y no tener que pegarte la caminata.

 Al profesor que nos embarcó en la aventura, cuando te cruzabas con él, se le veía un aspecto desmañado y con ganas de tirarnos al pantano. Era un hombre que había perdido la fe. El avistamiento de animales era el objetivo principal; a eso habíamos ido. Desde el primer instante se formaron subgrupos para todo. Cada uno salía como le parecía por las sierras sin rumbo ni concierto al avistamiento de alguna pieza de la rica fauna. Caminábamos con nuestros prismáticos colgados al cuello, y lo más que llegábamos a ver era alguna rapaz en el cielo, ardillas y un rebaño de cabras montesas a una distancia planetaria. En una de aquellas correrías, mi primo –él no era alumno, pero como gran entusiasta de la vida salvaje se apuntó-, dio la señal para que todos nos agacháramos. ¡Un ciervo!, dijo. Cuando llevábamos un buen rato de estar mirando por los prismáticos empezó a vacilar la idea que un animal pudiera pasarse tanto tiempo como si de una escultura se tratase. Un murmullo se fue extendiendo hasta que uno le lanzó una pedrada. El tronco con pinta de ciervo permaneció impertérrito. 




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