martes, 28 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XIII)


Trigésimo primer día


            En las vacaciones del verano dos niños venían a pasar unos días en familia a la casa de su abuelo. Desde nuestra perspectiva, por su atuendo, el pelo sin greñas y peinados, limpios como si se hubiesen recién lavado, la ropa sin manchas ni zurcidos, zapatos de cordones, estaba claro que eran niños ricos de los que teníamos constancia la existencia. Sus juguetes no tenían nada que ver con aquellos restos de Reyes que estarían por algún rincón abandonados. Al atardecer, hora conveniente para salir con los amigos para este tipo de niños, sacaban a jugar algún artilugio que nos hacía pellizcarnos sí lo que veíamos era de verdad. Ante nuestros ojos  un vehículo espacial articulado que funcionaba con pilas subía por un montículo de tierra, un cohete al que podías desmontar y ver los entresijos donde se movían los astronautas. Tampoco se olvidaban de restregarnos unos preciosos libros con ilustraciones de animales de la selva, vehículos, oficios... Los sábados podían comprarse el cómic correspondiente. Lo mostraban y a su alrededor nos amontonábamos, mirándonos por el rabillo del ojo a sabiendas la admiración que despertaban al saber que posees un bien preciado, permitiéndote que te parases más de la cuenta en alguna viñeta antes de pasar a la página siguiente. Nos atraían sus juguetes y a ellos nuestra expansión y naturaleza silvestre.

Aparentemente el abuelo era gustoso de darle un paseo en su vehículo a los amiguetes de sus nietos, aunque fuese con la única motivación de que sirviésemos de compañía. La selección para formar parte de la comitiva la soportábamos estoicamente como esos obreros que esperan en la puerta de una fábrica a que salga el jefe y señale a los elegidos que podrían ganarse un jornal. Previa selección de los acompañantes, nos metíamos en su vehículo hasta bosar de cabezas. El abuelo nos observaba impasible, como quien tiene encomendado el traslado de unos fardos. Vasallos a merced de sus principescos nietos.

            Igual que todos, mi deseo era estar entre los escogidos. Me había construido una fantasía de cuento. El lugar de la excursión lo habían apodado “los castillos”. Las mentes a nuestra edad se procuraban primero de las palabras que enmarcarían la actividad para que después todo fuese, una vez titulada, a donde había que dirigir la imaginación. Llegamos al lugar, apretados en el asiento trasero, mientras los dos señoritos se sentaban al lado del conductor. Cuando nos bajamos, la vista se nos perdía por un pedregal, con unos pocos arbustos de linderos y repleto de mojones de piedras que algún labriego había acumulado para limpiar el terreno y convertirlo en una futura viña. Aún quedaba trabajo por hacer. Se supone que construiríamos nuestro propio fortín, pero el abuelo no paraba de señalarnos que nos aprovisionáramos de los materiales esparcidos y el lugar propicio para su construcción. Pensaría que el sentido práctico no estaba reñido con el disfrute lúdico.

            Más pronto que tarde, uno del grupo se peleó con un pipiolo. Apenas lo toco, pero lo suficiente para exagerárselo a su padre, el cual quiso amonestar al ultrajador. Fue en su búsqueda y avisado de las intenciones, el amigo, fue verlo aparecer y poner los pies en polvorosa. El señor se prestó a correr tras él, y detrás del de detrás, comenzamos a correr todos a ver qué pasaba. La gente veía a un muchacho a la velocidad de un tren huyendo de un hombre sofocado a punto de la cogestión que a la vez parecía huir de una bandada  de zagales que le perseguían. Ya en las afueras del pueblo el vengador desistió y regresó sobre sus pasos. Lo oíamos rezongar: lo denuncio, lo denuncio.           
           


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