Trigésimo
primer día
En las vacaciones del verano dos
niños venían a pasar unos días en familia a la casa de su abuelo. Desde nuestra
perspectiva, por su atuendo, el pelo sin greñas y peinados, limpios como si se
hubiesen recién lavado, la ropa sin manchas ni zurcidos, zapatos de cordones, estaba
claro que eran niños ricos de los que teníamos constancia la existencia. Sus
juguetes no tenían nada que ver con aquellos restos de Reyes que estarían por
algún rincón abandonados. Al atardecer, hora conveniente para salir con los
amigos para este tipo de niños, sacaban a jugar algún artilugio que nos hacía
pellizcarnos sí lo que veíamos era de verdad. Ante nuestros ojos un vehículo espacial articulado que funcionaba
con pilas subía por un montículo de tierra, un cohete al que podías desmontar y
ver los entresijos donde se movían los astronautas. Tampoco se olvidaban de
restregarnos unos preciosos libros con ilustraciones de animales de la selva, vehículos,
oficios... Los sábados podían comprarse el cómic correspondiente. Lo mostraban
y a su alrededor nos amontonábamos, mirándonos por el rabillo del ojo a
sabiendas la admiración que despertaban al saber que posees un bien preciado, permitiéndote
que te parases más de la cuenta en alguna viñeta antes de pasar a la página
siguiente. Nos atraían sus juguetes y a ellos nuestra expansión y naturaleza
silvestre.
Aparentemente
el abuelo era gustoso de darle un paseo en su vehículo a los amiguetes de sus
nietos, aunque fuese con la única motivación de que sirviésemos de compañía. La
selección para formar parte de la comitiva la soportábamos estoicamente como
esos obreros que esperan en la puerta de una fábrica a que salga el jefe y
señale a los elegidos que podrían ganarse un jornal. Previa selección de los
acompañantes, nos metíamos en su vehículo hasta bosar de cabezas. El abuelo nos
observaba impasible, como quien tiene encomendado el traslado de unos fardos. Vasallos
a merced de sus principescos nietos.
Igual que todos, mi deseo era estar
entre los escogidos. Me había construido una fantasía de cuento. El lugar de la
excursión lo habían apodado “los castillos”. Las mentes a nuestra edad se
procuraban primero de las palabras que enmarcarían la actividad para que después
todo fuese, una vez titulada, a donde había que dirigir la imaginación. Llegamos
al lugar, apretados en el asiento trasero, mientras los dos señoritos se
sentaban al lado del conductor. Cuando nos bajamos, la vista se nos perdía por un
pedregal, con unos pocos arbustos de linderos y repleto de mojones de piedras
que algún labriego había acumulado para limpiar el terreno y convertirlo en una
futura viña. Aún quedaba trabajo por hacer. Se supone que construiríamos
nuestro propio fortín, pero el abuelo no paraba de señalarnos que nos
aprovisionáramos de los materiales esparcidos y el lugar propicio para su
construcción. Pensaría que el sentido práctico no estaba reñido con el disfrute
lúdico.
Más pronto que tarde, uno del grupo se
peleó con un pipiolo. Apenas lo toco, pero lo suficiente para exagerárselo a su
padre, el cual quiso amonestar al ultrajador. Fue en su búsqueda y avisado de
las intenciones, el amigo, fue verlo aparecer y poner los pies en polvorosa. El
señor se prestó a correr tras él, y detrás del de detrás, comenzamos a correr
todos a ver qué pasaba. La gente veía a un muchacho a la velocidad de un tren
huyendo de un hombre sofocado a punto de la cogestión que a la vez parecía huir
de una bandada de zagales que le
perseguían. Ya en las afueras del pueblo el vengador desistió y regresó sobre
sus pasos. Lo oíamos rezongar: lo denuncio, lo denuncio.
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