Trigésimo tercer día.
Nunca
entenderemos las motivaciones que esconden los actos de los niños. Recuerdo que
cuando cumplí diez años, a mi familia, a medida que pasaban las horas, se les
estaba olvidando felicitarme. Entonces, para llamar la atención y que aquello
tuviera un efecto de alerta sobre lo que realmente importaba, me encerré en el
cuarto de aseo. Transcurrió el tiempo suficiente para que mi madre se
preocupara y preguntará por qué llevaba tanto tiempo allí metido. No le
contestaba. Aporreó la puerta llamándome; por su cabeza pasaba que estaría con
alguno de mis peligrosos inventos: mezclando detergentes, sacando la pasta dentífrica
del tubo o manipulando los botones de la lavadora, cualquier cosa menos lo que
pretendía, sencillamente que se fijara
en el calendario y cayera en la cuenta de que era mi décimo cumpleaños.
Que
aquel día memorable pasara inadvertido me enseñó dos cosas; una, que mis padres
tuviesen cinco hijos y ocupar el lugar del medio, requería de mejores
estrategias para hacerte notar y sacar provecho; la otra, que era mejor irte
acostumbrando a las frustraciones con la
única vacuna para estos casos de depender lo menos posible de la voluntad de
los adultos.
Nadie
aprende con diez años. Querer ser el centro de atención de tu madre entre la
infinidad de demandantes que la rodeaban, requería de un gran observación de
cuál era su punto débil. Creí haber dado con él y puse otro plan en marcha. Sabía
que cuando enfermaba ella se desvivía por atenderme. Me traía yogurt, vitaminas
-tenía un acuerdo con una mujer a cambio de comprar en su puesto de frutas, ella le daba unas vitaminas en
ampollas para que me fortalecieran y me sacaran de mi endeblez- Claro, eso ocurría cuando realmente estaba enfermo,
pero las simulaciones de niño absorbente y madrero a ella no se las colaba.
Una tarde, maravillosa tarde para estar en la calle jugando con los amigos, la propia, porque otra con un tiempo inclemente no sería tan dramática, le dije que me acostaba porque me sentía enfermo. Una enfermedad de difícil diagnóstico cuando me tocó la frente y ni siquiera cogió el termómetro. Por mucho que simulase un padecimiento, su instinto estaba por encima y sabía que era más un malestar del alma que del cuerpo. Para tormento escuchaba los compañeros de juegos en la calle. Las voces felices llegarían a los oídos de mis padres, pensaba, y convertirían mi sufrimiento en algo más palpable. A las tres horas de estar tumbado, mirando el techo, olvidado, comencé a sentir un hambre atroz que se unió a mis ilusorios síntomas convirtiéndolos en reales. Si aquello no era padecer, que venga Dios y lo vea. Al dormitorio comenzó a llegar el olor de la cena desde la cocina situada una planta más abajo. Un emisario se llegó y me dijo que si pensaba cenar que bajara a la cocina. Era el colmo, al menos podía haberme enviado una bandeja con una frugal comida para su hijo moribundo. Como la inapetencia es el primer síntoma de una enfermedad atroz y creyendo que sería el punto de inflexión para que se interesara de una vez por mí, yo seguí en mis trece y le dije que no tenía apetito. Me llegó la voz de mi hermano cuando dijo, “no tiene hambre”. Pensé que lo mejor era desfallecer de una vez, que me encontraran sin conocimiento, en el límite de la vida, y todo por ser descuidada y no haber atendido a su hijo en sus últimos suspiros. En mi imaginación, con las tripas gritando que dejara de una vez ya la comedia y bajara a cenar, ya no sólo sufriría mi madre, sino que todos padecerían remordimientos que nos les dejaría el resto de sus días vivir en paz.
Una tarde, maravillosa tarde para estar en la calle jugando con los amigos, la propia, porque otra con un tiempo inclemente no sería tan dramática, le dije que me acostaba porque me sentía enfermo. Una enfermedad de difícil diagnóstico cuando me tocó la frente y ni siquiera cogió el termómetro. Por mucho que simulase un padecimiento, su instinto estaba por encima y sabía que era más un malestar del alma que del cuerpo. Para tormento escuchaba los compañeros de juegos en la calle. Las voces felices llegarían a los oídos de mis padres, pensaba, y convertirían mi sufrimiento en algo más palpable. A las tres horas de estar tumbado, mirando el techo, olvidado, comencé a sentir un hambre atroz que se unió a mis ilusorios síntomas convirtiéndolos en reales. Si aquello no era padecer, que venga Dios y lo vea. Al dormitorio comenzó a llegar el olor de la cena desde la cocina situada una planta más abajo. Un emisario se llegó y me dijo que si pensaba cenar que bajara a la cocina. Era el colmo, al menos podía haberme enviado una bandeja con una frugal comida para su hijo moribundo. Como la inapetencia es el primer síntoma de una enfermedad atroz y creyendo que sería el punto de inflexión para que se interesara de una vez por mí, yo seguí en mis trece y le dije que no tenía apetito. Me llegó la voz de mi hermano cuando dijo, “no tiene hambre”. Pensé que lo mejor era desfallecer de una vez, que me encontraran sin conocimiento, en el límite de la vida, y todo por ser descuidada y no haber atendido a su hijo en sus últimos suspiros. En mi imaginación, con las tripas gritando que dejara de una vez ya la comedia y bajara a cenar, ya no sólo sufriría mi madre, sino que todos padecerían remordimientos que nos les dejaría el resto de sus días vivir en paz.
La
cabeza empezó a darme vueltas. No aguante más y antes de que me comiera las
manos, bajé las escaleras. Sentados a la mesa estaban mis hermanos dando cuenta
de la cena. Ocupé mi asiento y me serví con un apetito de náufrago.
Desde un extremo de la cocina escuché una voz que preguntó si ya estaba mejor. Asentí
con la cabeza, con la sensación de haber aprendido también algo ese día.
Y el baúl lleno de bocadillos que apareció?
ResponderEliminarjajaja, lo contaré.
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