Decimoséptimo día
Estoy recogiendo cómo se ejercitan
estos días mis amigos para no anquilosarse encerrados en casa. El muestro es
suficiente para extrapolarlo a la población, no digo ya a nivel mundial, pero
al menos sirve para tener una idea suficiente. Podría clasificarlos en tres
categorías: los que tienen espacio suficiente para moverse y no tienen que
echar mano de algún artilugio, los que contaban con algún aparato y son asiduos
de la práctica deportiva y, por último, los que han desempolvado una máquina en
estado óptimo y piensan amortizar ahora la inversión. Yo soy de los que,
precisamente ahora, lo único que me
apetece es jugar al tenis. El tenis es un deporte que se para a cada instante.
Das tres pelotazos y te comes un plátano. El resto no te dan tantos momentos
para sentarte en una silla y beberte un refresco. En el extremo opuesto está el
ciclismo: un deporte para sufridores, mártires, de bárbaros.
Siempre he considerado que es muy
buena señal de inteligencia por los amigos que tienes y que puedes ser muy torpe
en función de los enemigos que eliges. Escoger un enemigo requiere un sistema,
una habilidad. Yo no tengo enemigos declarados, espero que tampoco ocultos,
pero sí hago un gran esfuerzo por ser amigo de personas talentosas del tipo que
sea, vale para cambiar una rueda, arreglar el calentador o escribir una novela.
La ambición material la detesto. Por suerte, ambición y talento son incompatibles, así
que lo tengo muy fácil. Y qué decir de cuando derrochando humildad llegamos a admitir como nuestro
único defecto es el orgullo y lo que hacemos es convertirlo en virtud. Visto así, soberbia tampoco nos
falta.
Esta
noche, como vengo haciendo todas, haré la ronda por mis amigos y familiares. Charlaremos
sobre las lecturas, las salidas a por víveres, desavenencias con vecinos
hostiles... Las cosas son como se comentan, juzgan, archivan y olvidan. Es muy saludable en estos tiempos cambiar de opinión tantas veces como se considere porque los acontecimientos evolucionan de manera imprevista y sin aparente control. Lo que nos pondría de
peor humor es tener alguna idea, un dogma y no tener a quien soltársela, a pesar
de que al poco rato sabemos de inmediata caducidad.
Buenos días. Sobre enemigos, muchas veces son como las meigas, no se ven pero haberlos hailos.
ResponderEliminarMás vale no tener enemigos, eso siempre, pero tampoco se puede ser moneda de oro para venirle bien a todos.
Prefiero cien enemigos declarados a un envidioso oculto, es más, muchas veces me enorgullezco de tener los enemigos declarados que se que tengo, pues si miro su currículum social casi todos, por no decir todos, los son a la vez de otras personas que como yo son notorias por sus actividades adtruistas.
Estos suelen ser a la vez los más aduladores de los que ostentan cargos de poder político local, normalmente bien remunerados. Cuando eres apasionado de algo, y tomas riendas o partido, te mueves, man que sea sin lucro alguno, tendrás garantia de que has ganado enemigos pero nunca envidiosos.Creo que prefiero estos enemigos a la vergüenza agena que causan en mi los falsos aduladores.
Cuando yo tendría pocos más de 20 años, me dio un consejo un encargado de obras de una gran empresa del grupo Rumasa, la Hispano Alemana se llamaba la empresa, Patricio el hombre. Me dijo, niño en la vida es bueno que haya algunas personas que digan que eres un hijo puta. Lo que nunca deben decir de ti es pobrecito.
Sí, y todavía de peor calaña es el envidioso oculto entre los amigos. De esos sí que hay que prevenirse. Saludos, primo.
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