sábado, 4 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte I)


Decimoctavo día

            En verano solían llevarnos mi padre y un tío mío a una piscina, en una venta a unos siete kilómetros del pueblo a la orilla del río Guadalhorce, con forma de riñón y un pequeño trampolín de obra y de escasa altura, pero la suficiente para tener la sensación de levitar cuando te arrojabas. Marchábamos en un Simca Novecientos de mi tío, un gran utilitario para la época, donde cabíamos, aparte de los adultos, una infinidad de cabezas en frenético júbilo. Vestidos ya de bañistas, cuando llegábamos no lanzábamos al agua helada, cosa que no era de extrañar pues ninguna piscina en la infancia tuvo la temperatura cálida, y de un color verde sombrío, de agua abisal. Lo mejor de todo es que apenas sabíamos nadar, flotar sí. Los niños nunca mostramos el menor reparo en tirarnos y chapotear. Dentro del agua tiritaba de frío, fuera seguía tiritando arropado con una pequeña toalla y apacentándome al sol como un pajarillo caído del nido. Rodeando las instalaciones dedicadas al baño había una hermosa alameda por la que se veía discurrir el río y allí estaban colocadas unas mesas y sillas de hierro en las que mi padre y mi tío, felices, se tomaban una cerveza con unas patatas fritas.

            Todos llevábamos un pequeño hatillo con un bocadillo, lo más seguro de mortadela o salchichón, y una pera. Como ya íbamos en bañador, regresábamos con el puesto, con los ojos vidriosos y el pelo aún mojado. El desfase notable entre calorías ingeridas y las consumidas, nos convertía en la sombra de los que horas antes marchaban con toalla al hombro.

En aquella época aún no conocíamos las piscinas públicas, y menos los cursos de verano para aprender a nadar. Pertenecimos a una generación de aprendizajes espontáneos, por imitación y sin conciencia del peligro. Si hemos llegado vivos a adultos es más por una combinación entre el instinto de conservación, suerte y el continuo entrenamiento de las destrezas motrices.  Nos escolarizaban a los seis años. Una gran suerte porque todo ese tiempo antes de entrar en la escuela lo dedicamos a la exploración, tomándole el pulso a la vida. Cuando pisamos el colegio se había desarrollado el alma del pionero, la búsqueda incansable de la libertad y de aventuras. Nuestros adultos velaban por nosotros haciéndonos recaer la responsabilidad de lo que nos pasara y de las consecuencias . El objetivo principal cuando estábamos enfrascados en un juego (hoy día sería difícil catalogar muchos de ese modo) era que a ellos no les llegase información censurable de nuestras correrías. Cosa harto difícil pues estábamos cercados por infinidad de ojos que nos vigilaban, fueses a donde fueses. En cualquier momento te cruzabas con un familiar, la vecina, el conocido del amigo del pariente y ya estabas perdido. La delación, el inmiscuirse en nuestras vidas, era algo que les apasionaba a los mayores. La noticia, antes de que entraras por la puerta de tu casa, llegaba con todo lujo de detalles. Tu madre recibía los datos exhaustivos que en tal sitio, haciendo tal cosa y acompañado de los que no debías, estabas labrándote un futuro de marginal.

2 comentarios:

  1. Hoy me pareces mucho más cercano.
    Nosotros somos de la cultura fluvial como lo fueron las primeras civilizaciones, que se desarrollan alrededor de un río. Éufrates, Jordán y Nilo. Luego más modernamnete vinieron los bárbaros del norte, los de los bosques de abetos y cambiaron la historia.
    Pero eso es otro asunto.
    Nosotros recordamos nuestros primeros baños en los remansos. El aprovechar el día para coger cangrejos y de camino, si pasabas por una huerta, coger la fruta que estuviese en sazón. ¡Dios mío como picaban las higueras y las boqueras que dejaban los higos!.
    La primera poesía que aprendimos, que no fuese de la catequesis, era aquello "Y que yo me la llevé al río..." Antes sólo sabíamos lo de "Jesusito de mi vida..."
    Somos seres de agua y de río y cuando vemos un cauce seco o un cauce convertido en un vertedero de plástico se nos rompe el alma. Estamos confinados pero la naturaleza lo agradece. En poco la tierra parece otra. A lo mejor está pandemia es un mecanismo de defensa de este planeta que nos acoge.

    ResponderEliminar