Decimonoveno
día.
Llegaba el verano y con él las
vacaciones. Ningún niño tenía programado nada, así que se presentaban por
delante una eternidad de días sin contenido, de existencia errante con unas
horas fijas de presencia en tu casa en la que tenías que estar: almorzar, cenar
y la siesta. Como patio de recreo gozabas de varios kilómetros del pueblo a la
redonda. Te despertaba el trajín de la calle. Escuchabas las voces pregonando
chumbos, el coche que vendía “pollos de las patas gordas”, que también llevaba
patos pequeñitos que se convertían a las pocas semanas en animales voraces y
con un destino incierto porque lo ponían todo perdido de excrementos. Nadie te
llamaba para salir de la cama. No aguantabas más, te llegaba el olor de los tejeringos que tu madre había
traído y un café de cebada recién hecho entraba por el dormitorio comunal de todos
los hermanos. Desayunabas. Te acicalabas al estilo de la época, escurriéndote a
la calle disimuladamente y evitando tropezar con tu padre o tu madre. A esas
horas ellos llevaban un buen rato en sus faenas. Mi padre con su obsesivo sentido
del aprovechamiento del tiempo, enfrascado en la organización del colegio a la
vuelta de las vacaciones, lo último que quería ver era a un hijo inactivo y sin
nada aprovechable que hacer. Corrías el riesgo de que te sentara a repasar matemáticas
a su lado. Albergaba la sospecha de que eras un negado y todo el repaso de la materia sería poco para sacarte del pozo de la ignorancia. La mañana se podía convertir
en un auténtico infierno si no lograbas darle esquinazo. Mi madre, en compañía
de mi abuela que le ayudaba en la logística familiar, pasaba la mañana en el trajín
de las tareas domésticas.
Con
todos los sentidos en alerta, escapabas. Una confluencia de callejones y su
conexión con el núcleo principal del pueblo, la plaza, convertía la calle donde
vivías en una de las más transitadas en las que se desarrollaba una
actividad humana difícil hoy de imaginar. Los negocios iban desde zapateros de
vaso lleno de vino, tiendas de comestibles, lecherías, droguería; en varios portales
se vendían hortalizas, melones y sandías, alfalfa fresca para los conejos, casi
todo de las propias huertas del pueblo. La calle estaba sumida en un fragor de
ruidos; voces, del cansino paso de bestias de carga, la marcha de algún que otro vehículo. Te cruzabas con una reata de mulas cargadas con serones llenos de escombro de
alguna obra camino del vertedero como una caravana del desierto, el puesto del hombre con cuchillo en ristre y su capacho de
su mercancía gritando a pleno pulmón ¡chumbos!, el mismo que te llegaba en el duermevela momentos antes como un gallo de corral y una ingente columna de amas de casa que venía del mercado con un cesto donde casi siempre asomaba un ramillete de acelgas. Te apartabas para que pasara la
furgoneta de venta ambulante que apenas podía circular. Un bullicio ideal para camuflarte y pasar desapercibido.
Los amigos llegaban de manera pausada sin
número fijo, ni siquiera el lugar estaba determinado, aunque casi siempre
coincidíamos en el escalón de un portal de la plaza. Un día éramos cinco, seis,
y otro estabas tú solo. Observábamos el trajín de la vida como insectos, pues nadie reparaba en analizar lo que veía y hacer
metafísica, por algo éramos niños operativos, con la lógica de una sencilla
máquina cuyos engranajes vitales lo único que pedían era ejercicio. Mientras el
desayuno se asentaba, gozábamos de la vista del mundo moviéndose a nuestro
alrededor con el soniquete de fondo de la “sulfurera”, la única industria
encastrada en el pueblo que nos acompañaba todo el año con su ruido de válvulas
de vapores y cuya chimenea, símbolo del frustrado progreso, desapareció en los
años ochenta. A las dos de la tarde, su sirena se oía varios kilómetros a la
redonda y nos advertía del poco tiempo que nos quedaba para regresar a casa a
almorzar, allá donde estuvieses.
La forma en que se decidía que aquel día íbamos a ir a bañarnos al río, como quijotes sin raciocinio en pos de aventuras, estaba fuera de toda lógica.
Me gustas tu cierto aire bucólico y cándido de una dulce niñez. Siempre debe haber, como en todos los grupos un metepatas, un abogado del diablo y ese quizás sea hoy yo.
ResponderEliminarTe leo y recuerdo las Cosas del Campo de Muñoz Rojas, Delibes y su Camino y Jiménez y su Platero.
Conocí también otra niñez, a pesar que como dice la gente, mi padre tenía economato.
Por mi casa pasaba muy de mañana, cuando las escarchas hacían de cal los campos, un chiquillo de unos ocho o nueve años que iba a un cortijo a guardar los guarros. Le llamaban Vedriles. Era porquero. Mi madre le ponía un café calentito y muchas veces le daba alguna prenda de ropa, porque de verdad iba casi andrajoso.
En mi colegio el único que tenía zapatos de material, así se llamaba a la piel, era yo. Mis compañeros llevaban unas sandalias de goma y en invierno se ponían calcetines con todos sus remiendos. De todo mi colegio el único que hizo el examen de ingreso fui yo.
Mi gente ayudaba en lo que podía y las familias era normal que cenaran café de cebada y un trozo de pan con manteca colorá. Esta manteca provenía de la matanzas de los "señoritos" que vendían a bajo precio las mantecas de los chorizos y la morcilla.
Tengo un amigo, hoy con carrera universitaria, al que su familia mandó a un cortijo y él dice que se doctoró haciendo la carrera que entonces se podía hacer. Fue pavero, porquero y vaquero. Luego de mayor en una escuela de adultos hizo el graduado, luego el bachiller y mientras trabajaba la universidad.
En muchas casas había en un rincón multitud de latas y cacharros para recoger el agua de las goteras en los días de lluvia. En las camas, a la hora de dormir, se echaban todo lo que encontraban, hasta la camilla de la mesa de estufa. Seguiría pero...
En fin.
Uno tiene cierta vocación de díscolo.
A mi me gusta lo que escribes, y jamás te llevaría la contraria. Admiro mucho a la gente de pluma.
Lo siento.
ResponderEliminarA lo borbónico, diré: "Lo siento no volverá a suceder".
Con tres palabras debe bastar para un comentario
De eso nada. La suerte que tengo de tener amigos con unas vidas con historias tan interesantes y poder participar de ellas. Un abrazo.
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