(El Torcal)
Vigésimo
cuarto día
La gente se ganaba la vida como
podía. Todo el mundo tenía una actividad. Desde la perspectiva de niño, el
mundo de los adultos era todo frenesí, movimiento, ir de aquí para allá y voces,
muchas voces. Te despertaban los gritos de tu madre, los mismos que oías en
forma de mil amenazas. Las tabernas estaban llenas de hombres vociferantes. El
que vendía huevos a domicilio, gritaba desde el portal, con un punto de
picardía, sí teníamos huevos. Las mujeres charlaban esperando su turno para
comprar mientras se ponían al día. Pasado el mediodía, la celeridad se iba
frenando, como si las energías se estuviesen reponiendo. En mi familia las
rutinas continuaban.
En noviembre de 1975 el dictador
falleció. Se declaró una semana de duelo, que traducido al argot de estudiante
era que te regalaban un oasis de tiempo de infinita felicidad. Mi primo estaba
haciendo ya sus pinitos en el mercado laboral. El primer día de luto nacional, estuve con él toda la mañana mientras ayudaba a su padre a empapelar una pared
en un comercio de electrodomésticos. Su padre pretendía enseñarle el oficio. Él
procuraba hacerlo lo peor posible quejándose todo el tiempo. Por algún motivo,
nos quedamos solos y nos dedicamos a indagar entre los aparatos que por allí
había. Buscábamos imanes. A los muchachos de mi generación los imanes nos
atraían como las alhajas a las reinas. Sé que estropeamos unos altavoces que ya no funcionaban, suponíamos, para extraerlos. ¿De dónde procedía aquel
ancestral apego a apropiarte de algo por el simple hecho de que estaba
arrumbado y creías que ya no tenía utilidad?
Aquella edad en la que los adultos comenzaban
a perder la distancia hacia nosotros, pero aún mantenían ese brillo frío de estrellas
en el firmamento, dejamos el colegio y el mundo, a los pocos meses, se había transformado en otro muy diferente, que unido a los prodigiosos cambios que operaba la naturaleza
en tu cuerpo, fueron los culpables de verte por la vida como una brújula sin norte. Palpabas una neblina de objetivos de los que
te tendrías que hacer responsable, cercándote en un mundo más estrecho de miras
donde el juego había perdido su función vital. Es muy curioso que comiences a
hacerte adulto en el mismo momento que la historia prepara un cambio cultural y
social en la sociedad. No me refiero a que ya podías ver el primer pecho en
papel cuché. La gente comenzó a ser más efusiva en sus declaraciones, aunque aún
persistían en los más mayores las ganas de no comentar y de no meterse en
camisa de once varas. El cambio a más libertad nos llegaba precisamente para
facilitar una madurez con menos hipocresía. Pero todo poco a poco, como la humedad
que se filtra de un pozo. Las generaciones que nos precedían y que nunca
repararon en nuestra existencia, sembraban en nuestras conciencias de adolescentes
los modos de ser rebelde en sus diferentes poses de cuestionar todo lo
cuestionable. La solidez de los argumentos era lo que menos importaba. La
rabia, el coraje, la lucha…, una dialéctica manoseada por todos y que dejó
colgado para el resto de sus vidas a más de uno. Para una gran mayoría de
aquellos jóvenes de barba y gafas de pasta dura era salir en la foto de los actores pujantes del cambio social llenando nuestras cabezas de baratijas
teóricas hilvanadas entre bocanadas de humo de porros. Una perfidia más de
aquellos pequeños burgueses con ropajes de mitificados revolucionarios.
Nosotros los observábamos con el pragmatismo que aún nos duraba de la infancia
de niños correosos, duros y de pedrada ligera. También nos adaptamos a los
tiempos de idealistas calzando lo último en zapatillas Paredes y niquis Fred Perry. Revolucionarios de marca
liberados por fin del sentido práctico de tu madre para que vistieras los pantalones de campana y las
camisas de cuello de pico con estampados de playa de tu hermano mayor que te
hacían ir con cinco años de retraso de la fecha del calendario.
Los compañeros que venían de otras localidades sin instituto a estudiar se hacían pasar por mundanos cosmopolitas, cuando en sus casas todavía
se hacía matanza por San Martín. Los mirabas y los detestabas por la tremenda
suerte de liberarse de sus familias, de no
padecer aquella vigilancia que no cejaba las veinticuatro horas para echarte en
cara que no habías tocado un libro.


Yo me movía en lo que se llamaba el mundillo de la clandestinidad. Siempre en la órbita del “partido”. Cuando asesinaron a Carrero Blanco. A este se le llamaba el de las “Ceas”, por sus peludas cejas.
ResponderEliminarMe presenté en el colegio. Conté que se había muerto el de la ceas. Y un compañero me dijo, que si él tendría problemas con su 124.
Cuando murió el dictador, a los pocos meses apareció con El País debajo del sobaco. Me extraño. Es que se había afiliado al pesoe.
Ese es mi recuerdo de aquella época. La cantidad de antifranquistas que surgieron de un día para otro.
Cuantas vivencias. A nosotros nos tocó la transición al cien por cien, la política y con ella, pasamos de niños a adolescentes, pero no a los adolescentes de ahora, aquella adolescencia conllebava en sí el ser un hombre a la vez, a pesar de la mayoría de edad ser a los 21 año. Con 15 trabajaba de peon albañil, 10 horas al día 5 días y madio a la semana, a temporadas a poco y pala. Normal que con 20 fuésemos padres..
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