Vigésimo
quinto día.
Los vientos del desarrollo llegaron.
Cuadrillas de obreros fueron levantando calle por calle el suelo y se perdieron para
siempre aquellos empedrados de cantos blancos; las farolas que se encendían al
atardecer a cargo de un empleado municipal que portaba una vara con la que
accionaba, una a una, el interruptor en las calles principales; en los callejones
una esmirriada bombilla sujeta a algo parecido a un plato boca abajo, alumbraba apenas unos metros; también, el viento del progreso hizo que desaperecieran los dos hombres que
arrastraban una enorme manguera todas las tardes de verano, abriendo las bocas
de riego y enganchándola para baldear y refrescar. El agua describía un arco
por el que los niños pasábamos y el regante, padre de familia numerosa, nos
rociaba de agua regocijándose de la broma. Y no dejó de soplar hasta que un día
mi abuela, que se sentaba todas las tardes en su
puerta con las vecinas a hacer su labor de ganchillo, ya no se vio más. Hablando y ,entre ellas, acusándose de copiarse los patrones, como si de niñas de colegio se tratase, por ser quién hacía el paño más primoroso. Arrastró el aire a aquellos
derrengados hombres que las noches de
calor se tumbaban en las aceras, las mismas que eran barridas una y otra vez por
mujeres de mangas arremangadas y con beatas en las rodillas de fregar los
suelos postradas; el retumbar de huestes de niños corriendo por las costanas de
las calles, apareciendo en los lugares más remotos del pueblo y huyendo porque eran territorios vedados en guerra de pandillas por una
enemistad que se fundamentaba en algo tan primitivo como el territorio. Giró la
veleta hacia la dirección del progreso. Pasamos a costumbres más “modernas”. La
televisión arrasó con el ajetreo nocturno en las calles. Las familias, pegadas
al televisor, hipnotizadas y descubriendo
que las formas de vivir eran más anchas y que nuestras vidas mejorarían si las
llenabas de un sinfín de necesidades.
Entonces coincidió que Féliz Rodríguez de la
Fuente nos mostró el mundo de la
naturaleza, los animales salvajes, las aves… y que allí, sin tener que ir
lejos, en aquellos cerros tan cercanos podía tú mismo ser un Féliz. Siempre
habías mirado aquellas sierras de la comarca como si la distancia las hiciese
pertenecer a un país extranjero. Una pulsión en forma de jugo corría por tus
venas pidiendo descubrirlas, que te convirtieras en un aventurero
abriéndote a aquellos confines ignotos como si se tratase de descubrir el
Orinoco.
Cuatro muchachos nos
agenciamos una tienda de campaña, cuerdas, sacos de dormir y más pertrechos
originales o caseros. Los curas del pueblo nos cedieron un local a trasmano de
la Parroquía por el se accedía cruzando un callejón inmundo y oscuro. Allí
montamos la sede. Lo llamamos club de espeleología; un cuartucho con un
ventanuco y una puerta cerrada que daba a la sacristía y que se supone que no
se podía abrir, cosa para nosotros imposible de soportar. El local constaba de
una mesa, sillas y un armario donde guardábamos el material, todo viejo y que en su día sería el mobiliario humilde de alguien que habitó aquella morada. En el armario guardábamos los cascos de obra
adaptados con un pequeño portalámparas y una pila de petaca para la espeleología,
maromas de distinto tamaño, mochilas y otros enseres de dudosa utilidad, salvo
la botella de Licor 43 que uno de los socios sisó del bar donde trabajaba su
padre. Nuestras asambleas, con un vaso de aquella empalagosa bebida en la mano, emulaban a los
personajes de las películas, ideando empresas y chifladuras,
muchas de las cuales deberían estar en los manuales de las insensateces que los
adolescentes son capaces de hacer a su libre albedrío.
Mis padres, como siempre, no eran amigos de
mis devaneos naturalistas porque me robaban horas de estudio, cosa que se
constataba con unas notas suficientes pero en absoluto dignas. ¡Estudia!, me
soltaban, cada vez que me veían tramar mi escapatoria. Algún que otro día,
siempre con un examen a las puertas, se me hizo tarde mi regreso del club de
inconscientes espeleólogos. Me encontraba con el pestillo de la puerta de entrada
a casa ya echado. Mi madre abría un poco el postigo del balcón y me decía que a
esas horas yo ya no vivía allí. ¿Dónde, pues? No me quedaba otra que buscar
refugio en casa de mi abuela que me acogía como se debe de acoger al nieto pródigo. Una de tantas lecciones en toda regla que no aprendí definitivamente hasta que
mi madre se presentó en el club un día que se nos había ido el santo al cielo
amaestrando una culebra enorme y disfrutando viendo cómo se ponía a la altura
de nuestras rodillas. Ni siquiera llamó a la puerta. Entró hecha una furia y con la mirada habría fulminado al asombrado reptil cuando vio
el panorama. Mi vida iba a dar un giro completo. Se terminaron las tardes en el
club. A partir de aquel día mis movimientos se parecerían más y mejor a los de
aquel pobre ofidio para evitar la vigilancia a la que sería sometido en pos de
aventuras.
Montilla no llega aquí! Era el grito al de la manguera
ResponderEliminarSí. No llega o no aleja aquí.
ResponderEliminarNo aleá más bien
EliminarHoy voy a admirar tus milustracines. Se identifica perfectamente el Torcal y sus formaciones.
ResponderEliminarEn las otras me parecen ver unos dólmenes, al menos los ortostatos, a los que les faltan las cubiertas. Un hombre renacentista es lo que es mi amigo José Manuel
Qué bueno.
ResponderEliminarQue memoria primo, me estoy partiendo de la risa al recordar aquellas cosas que hacíamos y nos pasaron. El inacabable licor 43, y la bicha de casi dos metros que para su control la teníamos con una cuerda atada del cuello a la mitad y de la mitad ala cola, lo que le impedía su deslizamiento serpenteante. Pasear con ella del cuello a ratos, sin dejarla que se calentará demasiado, recuerdo como agquiria fuerza y vigor en cuanto pasaba unos minutos pegada al cuerpo, por lo que aprobechando el fresco de las noches primaverales, cuando las calles eran un bullicio de vida, salir con aquella bestia al cuello por calles y plazas del pueblo, nos hacia sentirnos héroes capaces de manejar a aquella temida criatura. Hoy dia, aparte de casí imposible por extintas, sería un grave delito.
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