Vigésimo octavo día
Aquel
verano fue el primero que vi a mi padre hacer ejercicio. Tomó la saludable costumbre
de hacer una especie de tabla de gimnasia que aprendería, imagino, de niño en
el seminario. Un barreño en el patio había estado al sol toda la tarde, le servía para darse una ducha al final de su
sesión gimnástica. Milagrosamente, yo había aprobado el curso y eso bastaba en
mi casa para otorgarme un salvoconducto y poder respirar los aires de libertad
que tanto me llamaban. Ya no íbamos al río a bañarnos. Los dos amigos cogíamos
el autobús después de comer con destino a Málaga, pagábamos un billete hasta
una pedanía a diez kilómetros. A esas calcinantes horas, el núcleo de casas eran
más el decorado de un pueblo abandonado en el que el único signo de vida era un
perro buscando una sombra.
Nos apeábamos y emprendíamos la marcha, sin el
menor atisbo de sombra, de más de dos kilómetros hasta tomar un camino por
medio de una finca de sedientos almendros. Al llegar a lo alto de la loma aparecía
la laguna, majestuosa, inaccesible, cercada por pastizales de juncos y con un
collar de ovas por todo el perímetro en las zonas poco profundas que se
adentraba como una manta extendida en la oscura y secreta profundidad. La zona
de baños desde la que podías acceder estaba delimitada por un promontorio que
terminaba en pendiente en busca del agua y con salientes desde los que te
lanzabas. Teníamos la laguna para nosotros. En la absoluta confianza de
nuestras fuerzas, nos fuimos convirtiendo en animales acuáticos, dando brazadas
sobre una negrura en la que flotaba alguna ova desprendida enredándose en las manos.
Cansado, si querías recuperar las fuerzas te girabas y flotabas en el agua
salobre, notando cómo el espíritu se desprendía del cuerpo: sólo el alma
perdiéndose en el incandescente cielo.
Los días festivos coincidíamos con otros bañistas
que ambientaban el paraje con un radiocasete gigante del que no parabas de oír
al grupo Triana. Aquella melodía que decía “Yo quisiera saber si tu alma es igual a la de
cualquier mujer…cada noche mi vida es para ti como un juego cualquiera y nada
más… nararanana eeheheh… cada noche mi vida….” Una
melodía que tenía la propiedad de convertir aquella cegadora luz, al agua como
tinta, la vegetación pajiza, la mirada desconfiada de una tortuga que asomaba
la cabeza, las huidizas fochas en el
extremo opuesto, el vuelo de los abejarucos con su plumaje tropical, en un
edén; el paraíso del que teníamos que marcharnos para no perder el autobús de
regreso exponiéndonos a tener que caminar varias horas de noche hasta el pueblo.
Regresábamos. En la pedanía, a la
espera del autobús, siempre nos quedaba tiempo para entrar en un solitario bar
atendido por un hombre mayor al que le preguntábamos si tenía zumos. Él
respondía que sí, que los tenía de pera, piña y “maracatón”. Nos mirábamos conteniendo
la risa, al tiempo que empinábamos el botijo de agua fresca y gratis. Al pobre señor se le quedaba la expresión
congelada de si le estaríamos tomando el pelo a la vista que siempre
preguntábamos lo mismo y no consumíamos.
En el patio de mi casa, aún quedaba
cantidad en el barreño para quitarme los sahumerios pegados a mi piel de aguas pantanosas
y caminatas.
Según tu madre, la laguna era la culpable de más de una cosa
ResponderEliminarJajaja
ResponderEliminarHola José Manuel! Te felicito por todos tus escritos, la verdad, que te sigo desde que estamos obligados a permanecer en casa y en esta situación en la cual, diponemos de mas tiempo para meditar, tus historias me trasladan a mi infancia... y lo estoy disfrutando muchisimo!!! Espero y deseo que estes perfectamente de salud al igual que tu Madi, tus hijos y tu nietita!!! Saludos. Carmen.
ResponderEliminarMuchas gracias, Carmen. Celebro que te guste y nos haga un poco más llevaderos estos días. Trasládale mis deseos de salud también a toda tu familia, y en esepcial a tu hermana enfermera. Un abrazo.
ResponderEliminarEsas deben ser las lagunas endorreicas de Archidona.
ResponderEliminarRecuerdo haber ido una vez.
Desde una piedra me dispuse a una espectacular zambullida, miré al agua y vi una junquera que se movía de una manera rara. Me agaché, observé bien y era una colonia de cientos o quizás miles de culebras de agua. Aún no se me ha ido el miedo del cuerpo.