martes, 7 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte III)


Stonehegen

Vigésimo día

Quién podía pensar que íbamos al río a bañarnos, si ni siquiera nosotros lo sabíamos momentos antes. El río estaba a unos dos kilómetros del pueblo en caída libre. Llegábamos en poco tiempo por una pendiente de secarrales y con los oídos perforados del canto achicharrante de las cigarras. El sol por encima de nuestras molleras, recalentándo los pocos sesos que teníamos. Cuando te encontrabas ya frente al remanso, zambullías tu esmirriado cuerpo en calzoncillos, mirando de reojo las orillas con sus oscuridades y oquedades que no presagiaban nada bueno. Al regreso, el hambre y el cansancio nos mortificaba. Una cuerda de niños tostados como granos de café, subíamos la pendiente camino del pueblo con un paso mortecino, sin fuerzas, arrastrando los pies dentro de unas sandalias.

En casa te esperaba la misma pregunta. ¿De dónde vienes, que parece que te has estado revolcando por el suelo? Apenas tenías energía para llevarte la cuchara a la boca y no estabas para muchas explicaciones.

 Cuando abrieron la piscina municipal, ya no tenían sentido los baños naturistas. Les pedíamos a nuestras madres el dinero de la entrada infantil.  Provistos de  una toalla y con aquellos bañadores que gastábamos confeccionados de retales de sombrillas de playa, teníamos tiempo hasta la hora del almuerzo; otros, en cambio, podían estar hasta el cierre al atardecer.

¿Es extraño que te dejaran ir sólo? No, porque en cierta forma tu madre confiaba que siempre estabas tutelado por alguien. Un hermano mayor, un primo, o la misma idea gregaria de que como ibas en grupo  estabas bien  acompañado y protegido. Entrabas pagando en taquilla tu tique y por un sendero ibas al vestuario, un chambado donde estabas obligado a dejar tus pocas pertenencias atendido por un señor, vestido con unos enormes calzones de baño de los que sobresalía una oronda barriga, cogía tus pertenencias y  te entregaba un chapita con número atravesada de un imperdible para que te lo engancharas en el bañador como aquellos colgantes que veíamos en las películas de guerra cuando se los arrancaban del cuello a los soldados caídos en combate. La visión de cerca de la piscina lograba que una sensación incierta y poco placentera te subiera por la boca de estómago, porque tenías el suficiente conocimiento de saber que estabas excluido de los niños que se contaban con los dedos de una mano que sabían nadar y cuya mejor muestra de competencia natatoria era estar metido todo el tiempo en el agua hasta que tu piel adquiría la textura de un pollo desplumado, lanzándote a las profundidades, emerger y agarrarte al borde antes de que te faltara la respiración; de la visión del vaso de unas dimensiones oceánicas para nuestro tamaño; de que te podías resbalar en el borde y desnucarte para siempre; que la parte más profunda llegaba hasta los cinco metros y así se evitaba que los que se tiraban de uno de los tres trampolines con una altura de rascacielos no se clavaran en el fondo; que el agua tenía una temperatura de glaciar pues venía directamente del nacimiento en una ladera de la montaña y salía por los rebosaderos camino de las huertas del pueblo; que todo lo que se sumergiera más de un metro ya era invisible a los ojos de cualquiera... En definitiva, que o eras un valiente o para qué habías ido.

           Tampoco podías contar con el socorrista, un hombre lobo apostado la mayor parte del tiempo en el mostrador del bar dedicado a trasegar cerveza y vigilar especialmente a las bañistas. Para él, el resto apenas existíamos, a no ser que tiraras algún papel al suelo o te pusieras a hacer el ganso. Rara vez nos advertía que estabas metiéndote en una zona que no hacías pie y te advertía que allá tú si te ahogabas.

De regreso a casa, sin ninguna sombra, con hambre de siete perros y calcinados hasta las entrañas, aún nos quedaban energías para adentrarnos en  algún descampado o derrumbe, hurgar entre la maleza, aprovisionarnos de un palo y llegar a casa con él como si de una báculo se tratara.


1 comentario:

  1. Los ríos.
    El puente de Lucena está a cuatro km. de Antequera.
    La primera vez, que en la siesta me escapé para ir a un remanso, aún no estaba en la escuela.
    Me ponía los calzoncillos en la cabeza para secarlos. Al llegar a Antequera me echaba saliva y me restregaba las piernas para que no se nortara en la piel.

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